Con Albert Espinosa, al calor del verano

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Posted August 4, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Miss K entrevista a Albert Espinosa

Miss K.- ¿Con qué “la goza” Albert Espinosa en verano?
Albert Espinosa.- Me vuelve loco el sol, odio el aire acondicionado, es mi criptonita: me debilita; sólo voy a cines sin refrigeración. Me gustan mucho las piscinas con césped, a ser posible natural. Puedo pasarme 5 horas tirado al sol escribiendo a mano en una libreta, con el lápiz bien afilado, y nadando y escuchando música, para mí eso es el verano. Soy capaz de ir a Menorca y tirarme en la piscina del hotel en lugar de ir a una playa. Nado una hora diaria todos los días: es como una reunión que no me puedo saltar, y allí a donde viajo siempre busco una piscina, a través de mi grupo de piscineros de Facebook.

Hay algo en la inteligencia infantil que debiéramos aprovechar: podría cambiarnos la visión negativa del mundo adulto. Albert Espinosa.

Bibliografía de Albert Espinosa en Kindle

Siempre he confiado en los desconocidos, el desconocido es tu mejor aliado

Los adultos encontramos soluciones difíciles a problemas fáciles y los niños, a la inversa

La entrevista se hizo al calor del verano y de las desorbitantes cifras de venta de su última novela: “Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven” fue el libro más vendido en lengua castellana en el 2011. Sus historias vitalistas y proféticas arrastran en la calle y en las redes legiones de acólitos. El laureado autor de Planta Cuarta, historia autobiográfica sobre su adolescencia en un pabellón de oncología, a base de filosofía positivista se ha convertido en el guru de generaciones desesperadas.

Albert Espinosa es un tipo fuerte y con mucha suerte (la que se busca) que entre los 14 y los 24 años vivió en un hospital padeciendo un cáncer de huesos con dos metástasis que le robaron la pierna izquierda, el pulmón ídem y un trozo de hígado. Le dieron un mes de vida (con 15 años) y un 1,5% de probabilidades de cura. Su fuerza pudo con todo. Con 37 años (bcn, 1973) fue, por este orden, el escritor español más vendido en 2011 (Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven, ed. Grijalbo), el creador de televisión con más share en Cataluña (la serie Polseres Vermelles, que arranca su segunda temporada en septiembre y que se está vendiendo en medio mundo), aclamado autor y actor de teatro (con su compañía Los pelones), director de cine y guionista (la historia que escribió sobre su adolescencia hospitalaria, aquella de Planta cuarta que dirigió Antonio Mercero, adaptada al alemán representó a Suiza en la carrera de los Oscar).

No se abrumen: lo que Espinosa hace por encima de todo y siempre es jugar. Aprendió a jugar en el hospital y el juego le permitió seguir viviendo. Fueron 10 años librando un pacto de sangre con sus colegas, pabellón pediátrico de oncología (cada alma que perdían, la dividían entre los supervivientes; 3,7 le tocaron a él); transformando la muerte en vida y las perdidas, en ganancias. Ahora, claro, siente que disfruta un tiempo prestado y extraordinario, y continúa en la ruleta, que por cierto es uno de sus juegos preferidos.

Le hemos traído a la playa de la Barceloneta, junto a la piscina del Hotel W, donde nadie se baña; y él mirando con ojos golosos el agua, y siguiendo los pasos de una dama trapisonda que le ha teñido de rosa el pelaje al canelo, paseando el chigua-gua apretado a sus pechos. El verano para Espinosa es tiempo de piscina a poder ser con césped, piscinas azulísimas donde se tira al sol con un cuaderno escogido y un lápiz bien afilado, y nada y escribe y escribe y nada, teniendo cuidado de no mojar su pierna hidráulica.

Miss K.- ¿Sigue pensando que la vida es alegre?

Albert Espinosa.- Totalmente, vivo un tiempo extra que no me esperaba e intento gozar cada momento. Los tres cánceres me hicieron perder el miedo a la muerte: tengo 4,7 vidas, gracias al pacto de repartirnos la vida de los que morían. Encima me están ocurriendo cosas personales y laborales muy buenas.

M.K.- ¿Cómo logró superar un cáncer tan agresivo, fue un milagro?

A.E.- No, creo fue un empeño y fue la suerte, y la fuerza. Cuando le dijeron a mis padres que aquel era mi último mes de vida, nos fuimos a Menorca y decidimos luchar, así que ahora todos los veranos me voy un mes allí para decir: aquí estoy yo. Yo creo que hay una fuerza por vivir que le aparece a uno cuando tiene cáncer, lo noto cuando visito a los niños enfermos, y esto lo hago todas las semanas. Un médico nos dijo que las pérdidas no sucedían en balde, que si uno hacía el duelo adecuado, esas muertes se podían transformar en vidas, y eso nos ayudó mucho: hacíamos una lista de los deseos de aquellos que se iban y los perseguíamos, para que vivieran en nosotros.

M.K.- El germen de esta novela, ¿es una vez más autobiográfico?

A.S.- El punto de partida, sí. Tenía la idea de escribir la historia de alguien que busca niños perdidos y que en esto su novia le deja, entonces visite a un pintor de Mallorca y en un cuadro suyo encontré el final: mis historias siempre parten de un final que merezca una historia. Y parte de una frase: “cuando crees que conoces todas las respuestas, llega el universo y te cambia todas las preguntas”; yo creo que aquí se resume la emoción de vivir.

M.K.- Quiero decir si a usted también le plantó la novia de un día para otro.

A.E.- No, no, no. Lo autobiográfico son esas dos perlas o personas que el protagonista encuentra y le enseñan la vida, esos dos personajes y su energía son reales, pero no la historia en sí.

M.K.- ¿Así es que usted va por ahí provocando estos encuentros fortuitos, buscando diamantes y perlas, haciendo amigos, vaya?

A.E.- Sí, yo cada año busco 12 perlas o personas a las que conozco y marcan mi año, y entre ellas siempre encuentro uno o dos diamantes con los que parar el mundo. Es fundamental: llevo 10 años buscando perlas y, excepto una, todas continúan en mi vida.

M.K.- ¿Fue Albert Espinosa ese niño al que el azar tantas cosas le enseñó?

A.E.- Sí, porque dejé el colegio con 14 años y no volví a una clase hasta los 24 años, en Ingeniería Industrial. Me crié en un hospital, y todos aquellos desconocidos que eran los compañeros de habitación, médicos, celadores, etcétera, tenían que convertirse en amigos al cabo de horas, porque con ellos compartiría mi vida. Siempre he confiado en los desconocidos, el desconocido es tu mejor aliado.

M.K.- Es un relato plagado de casualidades. ¿La casualidad existe o es lo que el deseo de uno quiere que suceda?

A.E.- Las casualidades son para mí marcas fluorescentes de la vida, que te indican lo que debes seguir o no. Siempre que veo el número 65, por ejemplo, sé que es una marca que el destino me pone, es el número que más suerte me ha traído.

M.K.- ¿La casualidad no está en el deseo o la aversión del que mira, que de otro modo no repararía en el hecho casual?

A.E.- El destino no está marcado, la casualidad es una marca que puedes seguir o no. Pero si juegas a favor del universo, éste te premia.

M.K.- ¿Su éxito es una casualidad o es un deseo?

A.E.- Creo que es una mezcla de suerte, y 20 años de trabajo y ganas.

M.K.- Su protagonista suele ser un niño, ¿sólo en la infancia el deseo es tan útil? ¿Sigue siendo Albert Espinosa ese niño que no crece del todo?

A.E.- Sí, al haber vivido una infancia y adolescencia tan extrañas, las siento como si fueran eternas. Y tengo muchos amigos niños, sobre todo desde que hago la serie Polseres Vermelles. Creo que su punto de vista es muy interesante: los adultos encontramos soluciones difíciles a problemas fáciles y ellos, a la inversa. Sería estupendo recibir al menos una clase diaria de los niños, para que nos transmitan su visión de las cosas; en cambio lo que hacemos en los colegios es transmitirles a ellos a la visión adulta, que hemos comprobado que es equivocada. Yo me dejo aconsejar mucho por ellos para la serie, me fío mucho de su potencial: hay algo en la inteligencia infantil que debiéramos aprovechar, dejarnos seducir podría cambiarnos la visión negativa del mundo adulto. Como se decía en El principito, no debiéramos dejar que los niños duerman, porque cada día son un año mayores.

M.K.- ¿Sintió que le robaban parte de la infancia o se sintió perdido?

A.E.- Mi infancia/adolescencia fue muy diferente: la viví en un hospital en lugar de en un colegio, no íbamos a discotecas sino que nos perdíamos por sus cinco plantas, y no tenía moto sino silla de ruedas. No hice la transición a adulto en su momento y luego ya no quise hacerla: intento no olvidar nada de la infancia, vuelvo a ella constantemente.

M.K.- Hábleme de esa adolescencia en el hospital, ¿qué significa la palabra miedo, que tanto aparece en los pasillos y puertas de quirófano de ésta y otras de sus obras?

A.E.- Yo creo que hay muchos miedos que te pueden paralizar, de modo que cada vez que superas un miedo abres una nueva compuerta en tu vida. Los miedos suelen radicar en asuntos de la niñez y adolescencia, entonces hay que retroceder en el tiempo para entender qué los generó. Yo voy venciendo miedos a base de frases o herramientas que me regala la gente. Y lo fundamental, al final, es entender que casi nunca existe el porqué de las situaciones; insistir en preguntárselo sólo lleva a entristecerse, como preguntarse el porqué de una muerte. Yo prefiero pensar qué energía ha depositado en mí esa persona que se ha ido: vivo el duelo y convierto la pérdida en ganancia.

M.K.- Albert, ¿la vida es puro azar, como el juego?

A.E.- Sí, yo creo que sí: todo depende mucho de la suerte y las ganas. Si uno cree, crea: el creer y el crear están apenas a una vocal de distancia.

M.K.- “Apuesta siempre a lo que no necesites”, pretende ser una de las enseñanzas del libro, ¿a qué ha apostado usted en su vida?

A.E.- (Se ríe) Qué pregunta, ésta era la que no te iba a contestar, ¿no? Apuesto mucho por vivir y decir no a muchas cosas, aunque me equivoque, pero es que me gusta mucho mi barrio (Les Corts) y mi ciudad (bcn), y vivir cerca de mi familia y mis amigos. Así que rechazo muchas ofertas de otros países para ir a hacer series o películas.

M.K.- Hace unos cuantos años me dijo que su vocación era la de ingeniero/actor, ¿en qué se ha convertido, hacia dónde ha evolucionado?

A.E.- Actuar es todavía lo que más me gusta, porque es cuando mejor puedes observar tu escritura y cambiarla, ver cómo funcionan las emociones o hacer silencios. Por eso intento cada año estrenar una obra con mi compañía, Los pelones.

M.K.- “Perder puede ser gozoso, pues te hace entender mejor el valor de ganar”, es otra de las lecciones lapidarias del libro. ¿Dónde se siente más cómodo, entre los perdedores o los ganadores?

A.E.- A mí me gusta ganar, pero sé que de lo malo, de cualquier pérdida, siempre sacaré algo positivo, como cuando perdí la pierna, el pulmón o parte del hígado. No pienso, hostia qué terrible, sino que busco la ganancia que traerá escondida la pérdida toda vez que uno hace las cinco fases del duelo para comprenderla.

M.K.- Fases que ¿serían?

A.E.- Pérdida, negación, ira, negociación y aceptación.

M.K.- Todo en usted apunta sin embargo al libro Guiness de los récords, ¿en calidad de qué acabará figurando recordman?

A.E.- No me planteo nada de eso, los éxitos para mí son sólo libertad: sólo me interesa cuánto tiempo de libertad me van a permitir para vivir mi mundo de ternura y aventura. Esos récords a los que te refieres hacen posible que se expanda por el mundo mi filosofía amarilla.

M.K.- ¿Qué proporción de esa “expansión” le debe a las redes sociales?

A.E.- No es significativa, pero ayuda a un contacto más directo con los lectores. En el grupo de Si tú me dices ven… hay ya 10.000 personas. Tengo 40.000 amigos entre mis cuentas de Facebook y Twitter, de modo que allí donde voy no necesito hacer mayor convocatoria. Las redes no sirven para nada si lo que haces es malo, pero si hay algo bueno en la historia, te comunican con el público, y como a mí me gustan los desconocidos, me encantan estas redes: me sirve para encontrar posibles perlas. Recibo unos 500 mails diarios y me gustaría responderlos todos, pero sólo puedo dedicarle cuatro horas las noches de miércoles y domingo.

M.K.- ¿Serán capaces de organizar los cambios que necesita el planeta?, ¿serán el soporte de poder del futuro?

A.E.- Más que para cambiar mundos, sirven para que gente con mundos parecidos y objetivos comunes pueda reunirse; pero al final necesitas ver a las personas con tus ojos. A mí este tipo de reuniones en la red me hacen sentir menos diferente, pero hasta que no nos veamos no cambiaremos nada.

M.K.- Volviendo a sus récords, se ha hecho el propósito de publicar una novela por año para su público, ¿escribe a la misma velocidad fulgurante que se lee esta novela?

A.E.- No lo cumpliré, porque tengo que escribir 15 capítulos de Polseres Vermelles para la segunda temporada. Es un sueño, porque una novela supone escribir en verano, a mano, junto a una piscina. Pero prefiero escribir la serie antes de que los niños crezcan.

M.K.- ¿Existe algún truco para que su lectura sea tan veloz?

A.E.- No, intento hacer el tipo de libro que a mí me gusta, que no se entretenga mucho en la descripción de espacios, que ocurra algo al final de cada capítulo, como un arpón que te lleve al final. Y siempre elimino lo que no es imprescindible.

M.K.- ¿Y por qué no termina las frases, y las deja languidecer con lacónicos puntos suspensivos? ¿Contagio de la escritura mecánica de las redes, chats y demás?

A.E.- No, tiene más que ver con la vida real. El punto final no te hace pensar, en cambio los suspensivos fomentan la inteligencia. Ocurre como en la vida, que uno se queda pensativo pero pasa a otro tema.

M.K.- La importancia vital que tienen los números, al menos en lo que escribe, ¿revela su alma de ingeniero? ¿Le sucede lo mismo en la vida real o sólo en la ficción?

A.E.- Sí, en Ingeniería encontré profesores que nos hablaban del poder de los números, y yo lo creo: los números, las listas, los porcentajes, no cambian nada pero ayudan a entender muchas cosas. Hay caminos en los números, y hay sentimientos.

M.K.- ¿Y el color, qué importancia tiene el color y por qué ha elegido un color tan denostado como el amarillo para identificarse?

A.E.- El amarillo me da fuerza y energía: empieza por una a, como amor y amistad. Así que creé los amarillos, esas 23 personas que encuentras ocasionalmente, que puedes sentir su energía y cercanía emocional, que quieres abrazar aunque no se puedan considerar amigos porque tal vez no vuelvas a verlos. Son una evolución de la amistad. A mí me trae suerte el amarillo, salvo en teatro: ahí sí que no me atrevo a usarlo.

M.K.- El viaje, también profético, “viajo para que me ocurran cosas”, dice. La ficción que ha escrito es un viaje incesante que escribió sin dejar de viajar, ¿encontró el lugar mágico que buscaba?

A.E.- Es la isla de Menorca, el lugar donde entro en consonancia conmigo mismo. Incluso en las ciudades siempre busco islas. Me gustan los viajes porque siempre te pasan muchas cosas, porque no tienes la seguridad de casa y estás más abierto a lo desconocido.

M.K.- Albert, creo que no he entendido bien el secreto final de la novela, el que revela el cuadro de portada, ¿se puede contar?

A.E.- Es que no hay secreto. Me llegó la frase: la de cuando el universo te cambia las preguntas, y encontré el cuadro, y el cuadro me iluminó la historia. Y una señora de 90 años en la panadería del barrio me dio el título: me dijo que su vida hubiera cambiado mucho si la gente que sentía lo mismo que ella le hubiera dicho: ven.


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