Con Matilde Asensi, en primicia

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Posted June 20, 2012 by Miss K. in Entrevistas
matilde asensi

Ha vendido 20 millones de libros en 10 años y su obra se estudia en las universidades de Toronto, Milán o la Sorbona, pero Matilde Asensi era hasta ayer “esa despreciable escritora de bestsellers” según el establishment de la literatura “buena” o minoritaria. El martes sale a la venta “La conjura de Cortés” (Planeta), tercera parte de su trilogía en torno a Catalina Solís, una mujer travestida en hombre que en su aventura desvela la oscura Historia del Siglo de Oro español.

Miss K., entrevistando a Matilde Asensi

Para quedar con Matilde Asensi hay que localizar un lugar donde a) se pueda fumar, luego esté al aire libre, pero b) no haya pájaros: sufre de ornitofobia. Nos hemos citado en una especie de muelle turístico de Alicante (Matilde es de aquí, vive aquí y evita viajar: tiene miedo cerval al avión), en el porche de un hotel impersonal. Fumamos y apenas un gorrión metomentodo viene a hacerle la pascua. Cumplimos objetivos. Me cuenta: que por fortuna ha dejado de ser “una despreciable bestseller que durante años no existió para la Literatura española” pese a haber vendido, en esos mismo años, o sea 10, unos 20 millones de libros. Internet está cambiando España, quizá deje de ser so different, concluye. Me cuenta que es ansiosa, nerviosa y miedosa (aunque todo es lo mismo y no hace falta que lo cuente, se percibe), y que en sus personajes desahoga éstas sus tribulaciones. Que nació con una vocación grabada a fuego en la frente (gesto de miércoles de ceniza), a saber: ser escritora, porque tal fue el sueño no cumplido de su abuelo y la ilusión jamás explícita de su madre, y que por tanto, nieta e hija mayor, a ello le predestinó la genealogía. Lectora empedernida desde niña y venga a ganar concursos en la escuela y el colegio mayor: siempre de monjas. Fue periodista, como su abuelo en cuestión, abuelo que luego abandonaría los hábitos por el más próspero negocio del ladrillo; ejerció ella con acierto en la Ser, Efe y RNE, pero el periodismo le hacía sentirse “atrapada de sol a sol” dando la noticia que no cesa. Así que fríamente planificó: opositó a funcionaria e hizo sus turnos en la ventanilla de urgencias de un hospital, como administrativa, y en el enorme tiempo libre que esto le dejaba, volvió a escribir como cuando era niña y estudiante. Ganó concursos de cuentos y uno de novela corta; y un día, un manuscrito (Iacobus, del 2001) cayó en manos de la editora Carmen Fernández de Blas: a la mañana siguiente fue declarada escritora, oficial. Su tercera novela (El último Catón) vendió millón y medio de ejemplares, y así hasta hoy.

Hoy cierra su trilogía Martín Ojo de Plata con La conjura de Cortés, y en torno a la novela me cuenta: que admira a las mujeres travestidas que poblaron el Siglo de Oro, que para ser libres se vistieron de hombres, como su protagonista, Catalina Solís: abundan en la literatura y las artes plásticas de aquellos siglos dorados, y muchas de ellas fueron enterradas y pasaron a la Historia como hombres. Que los españoles nada ganamos en la conquista de América, que todo lo malversaron reyes y curas, financiando guerras y cortes, provocando cuatro bancarrotas, mientras las gentes morían como ratas; por tanto, sostiene, inútil es el sentimiento de culpa. Y que su pasión es ésta, investigar la Historia, desvelar sus momentos oscuros y resolver los misterios a su manera (de literata).

Por último, Matilde Asensi (12 de junio de 1962), recién cumplidos los 50, dice que le sorprende su edad: “me siento mucho más joven, como de 36; y además, pienso vivir hasta los 100″. Buen viaje de tornavuelta, me dice al despedirnos, cual Catalina Solís, en su lengua quijotesca.

-Cuesta imaginar que una feminista pudiera sobrevivir en el Siglo de Oro español, ¿se lo propuso usted como reto o tiene base histórica, algún personaje real como referente?

No me lo propuse, sino que las mujeres del XVII que rompían con la estructura patriarcal eran de por sí feministas. Claro que existieron y fueron muchas, como Isabel Barreto de Mendaña, convertida en almiranta de 60 galeones cruzando el Pacífico, vestida con las ropas de su marido muerto en plena travesía. Estas mujeres travestidas de hombre eran una realidad social que está reflejada en la literatura, el teatro, la pintura y demás artes del Siglo de Oro, y despertaron mi admiración. La nuestra era una sociedad como ahora es la musulmana: la mujer salía tapada y acompañada, era una esclava auténtica, y la que se rebelaba era de armas tomar. Hubo incluso almirantes de la flota británica que se descubrieron mujeres sólo a la hora de enterrar sus cuerpos. Muchas de estas mujeres fueron sepultadas como hombres y sus nombres auténticos se perdieron: me encantaría que fueran recuperadas para nuestra Historia.

-¿Es verdad que los hombres mataban impunemente a sus mujeres para volver a casarse, como se cuenta en el libro que hizo Hernán Cortés?

Sí, el caso de Cortés está documentado: la certeza de que había asesinado a su primera mujer era tal, que se le abrió una investigación; pero luego se silenció, ¡era el sagrado gran conquistador de la Nueva España! Pasa como con tantos políticos de hoy a quienes investigan por corrupción y se van de rositas. Si el maltrato ahora es algo común, imagínate cómo sería entonces.

-Tiene Catalina Solís bastante del mito de Orlando, mitad hombre mitad mujer, ¿le interesa especialmente la androginia?

No, mi personaje no es sexualmente ambiguo, se disfraza de hombre para hacer lo que quiere, pero se siente siempre mujer.

-Usted en cierto modo, ¿no es también esa escritora mujer que ha conquistado el tan masculino género de las aventuras históricas?

Nunca me lo he planteado así. Siempre ha habido una transición natural entre lo que me ha gustado leer y lo que he escrito. Me gusta Pérez-Reverte, y cuando me regalaron En el nombre de la rosa de Umberto Eco me quedé inmóvil en la cama hasta que lo terminé. Y esto no quiere decir que no me fascine Borges, o Yourcenar. Pero cuando me puse a escribir novela lo que me atraía era el género de aventuras, y en ningún momento pensé si era masculino o femenino. ¿Realmente persisten estos clichés?

-Existieron: la aventura era un género muy masculino en nuestra infancia, mientras a las niñas se nos recomendaba leer cursiladas. ¿Qué leía usted?

Tengo la inmensa suerte de venir de una familia muy lectora: los libros formaban parte de nuestra cotidianidad. Y en mi casa nunca he visto la distinción que mencionas.

-¿Tiene hermanos?

Somos tres hermanas, pero tengo primos y en casa de mis abuelos nunca hubo esas separaciones de las que hablas.

-Yo sí lo recuerdo, perfectamente: librerías diferenciadas en cuartos de chicos y chicas.

¿Sí? Jamás me habría imaginado una cosa así. Yo me leía Julio Verne entero, pero como mis primos o mis hermanas. Podíamos leer lo que nos apeteciera salvo los libros escondidos con llave, que yo los leía cuando mis padres se iban de casa.

-Fue heredera del sueño no cumplido de su abuelo, periodista de profesión y de vocación, escritor, ¿sus padres se lo inculcaron conscientemente?

Cuando nací me hicieron así (cruz en la frente) y me dijeron: tú vas a ser escritora, tu abuelo no pudo y tú lo serás; me tocó por ser la mayor. Yo creo que mi madre sí, tenía un deseo consciente y lo declaraba abiertamente: me jaleaba, qué bien escribe mi niña, ¡y ha ganado el concurso del colegio! (los ganaba todos). Su frase era: esta niña ganará el Nobel. Probablemente proyectó en mí lo que ella no se atrevió a ser, tiempos de la Sección Femenina y todo ese rollo espantoso. Por eso digo que nací condenada, pero es una condena que me encanta.

-Si su vocación heredada era ésta de la escritura, ¿por qué dejó el periodismo? ¿Fue para usted un oficio demasiado esclavo?

Imagínate un periodista de radio en provincias que tiene que cubrirlo todo, ¿vale? Disponible las 24 horas, trabajando sin horario y fines de semana incluidos, y luego hacía la crónica para Efe, porque había que llegar a fin de mes. No tenía tiempo ni para leer y no escribía más de 25 líneas seguidas. Es un oficio muy esclavo, sí, y me sentí atrapada. Y un día pensé: me quedan 40 años de vida laborable y no quiero seguir haciendo esto el resto de mi vida; pero si yo quería escribir, qué hago en una unidad móvil entrevistando a la madre de una niña que se ha suicidado porque ha bajado en sus notas, destrozada la mujer. Pues me voy: nadie lo entendió.

-Lo planifico fríamente y opositó a funcionaria, pero ¿qué demonios fue a hacer al servicio de urgencias de un hospital?

Sí, con toda la frialdad y la inconsciencia de la juventud, porque ¿de dónde saqué yo que me iba a ir bien escribiendo, si hasta me había olvidado de cómo se hacía? Trabajé como administrativa en una ventanilla de urgencias, de 8 a 3 más guardias, lo que me dejaba muchísimo tiempo libre: y ahí empecé a escribir y me di cuenta de que no sabía escribir. Pero seguí un plan trazado sólo por mi subconsciente, obedecí mi intuición con una certeza y una seguridad que a mí misma hoy me sorprende. Empecé a enviar cuentos y a ganar premios, y con aquello y mi sueldo iba viviendo. Hasta ganar un millón de pesetas con el Felipe Trigo de Novela Corta del 96: me sentí más rica que Onasis. Me metí con novela, mandé mis dos primeros manuscritos a editoriales, sin padrinos ni amigos, hasta que un día Iacobus cayó en manos de Fernández de Blas: la mañana siguiente empezó todo esto.

-Matilde, se considera usted una persona “muy normal” que trabaja de noche y duerme de día, que procura no salir de Alicante y que sin embargo conquista a legiones de seguidores, ¿se considera además una persona sociable?

Sí, soy sociable, creo, y simpática y normal. Mi trabajo me obliga al aislamiento, y ahí también soy feliz: me gusta mucho lo que hago.

-Ha introducido un elemento nuevo en la trilogía: Catalina Solís conoce el amor. ¿Algo similar le ha ocurrido a su autora o por qué si no ha decidido ahora hablar de amoríos?

No, no es la primera vez, aunque las editoras se empeñen en decirlo así: qué rollo. Lamento decepcionarte, pero no, no me ha ocurrido nada especial. Los lectores me preguntan por el amor y yo respondo que no soy Federico Moccia, que no es mi tema; mi tema es la aventura y la Historia.

-¿Escribe sólo con el ánimo de entretener o qué más se propone ofrecer a sus lectores?

Sólo sé que no puedo remediarlo: descubro un misterio en la Historia y no puedo parar, tengo que investigar y saber qué pasó y darle mi interpretación. Soy una especie de detective histórico en busca de la verdad, para arrojar luz sobre determinados momentos manipulados u ocultos de la Historia, y resolverlos a mi manera inventando una aventura. Y tengo la suerte de que lo que a mí me gusta y me hace ser la persona más feliz del mundo, le gusta a mis lectores.

-Investigadora, ¿y un poco periodista?

Totalmente, del periodismo me quedó el olfato para seguir una historia.

-Creo que ha manejado un secreto para conseguir que los personajes de Martín Ojo de Plata hablaran el castellano del Siglo de Oro, ¿le importaría revelarlo?

Empezar el día leyendo un fragmento del Quijote o del Guzmán de Alfarache, porque es la manera de hacer una imitación ligera del castellano del Siglo de Oro, impregnándome de la música de sus escritores. Leo un rato, y cuando noto que la lectura va fluida, que ya no me frena el lenguaje, me digo: ya estoy, y salto al ordenador.

-Matilde, la tesis generalmente aceptada es que España expolió la riqueza de Latinoamérica, y usted sin embargo mantiene que no fue así. ¿Quién se habría quedado con todo aquello, los piratas acaso, el fondo del mar, los bancos europeos…?

Sí expoliamos la riqueza de Hispanoamérica, pero no se la quedó España, sino los monarcas, aquellos Austrias menores que encima provocaron cuatro bancarrotas, y la Iglesia católica. Con ello financiaron las guerras de España contra cualquier país que se declarara no católico, y el resto lo dilapidaron en catedrales y llevando a su corte de un lado a otro en permanente fiesta. Y endeudada, la corona acabó por entregar Venezuela a los banqueros alemanes, los Fugger, mientras los españoles morían como ratas miserables de hambre, ignorancia, frío y enfermedad.

-La Historia siempre se repite, pero ¿el sentimiento de culpa de los españoles hacia Hispanoamérica no está justificado?

Que se sientan culpables los monarcas, que nosotros no vimos nada de aquello. Y la prueba está en la picaresca: sólo hay que leer la literatura de la época o contemplar la pintura para entenderlo, aunque la Historia oficial no lo explique.

-Matilde, cumple 50 años habiendo conseguido ser uno de los escasos escritores de este país que vive de su literatura. ¿Cumple satisfecha?, ¿qué emoción, si alguna, le produce cumplir esta edad meridiana hoy de la vida?

Me sorprende, porque me siento mucho más joven, como de 35 o 36. Por lo demás creo que no me afecta, no noto nada especial. Además, estoy dispuesta y segura de llegar a los 100.

-Mencionemos el cine, ¿no hay un solo director en este país a la altura de sus aventuras?

¿Quién sabe hacer cine de aventuras en este país?, ¿quién tiene el ritmo suficiente?

-Amenábar, por ejemplo.

Amenábar y Almodóvar son dos creadores, no son sólo directores de cine, son artistas geniales. Pero al margen de ellos, el cine en este país, como la literatura que hasta ahora se reseñaba, es sólo auto reflexivo, y un poco lamentable, por eso no gusta al público. Los jóvenes interesantes emigran o ruedan en inglés al margen del sistema, que está copado. Llevo toda mi vida esperando a Steven (Splieberg) y George (Lucas), pero ni Steven ni George han querido saber nada de mí (se burla): cuando vengan tal vez sea demasiado tarde.

-La próxima, Matilde, ¿será por fin la ciencia-ficción?, ¿se atreverá?

Me fascina lo imaginativa y creativa que es la ciencia-ficción, la buena, pero soy de letras con latín y griego. Además, es muy difícil triunfar con un género en este país, porque España es different. Afortunadamente el público no es tonto y empieza a leer al margen de lo que diga la crítica: internet ha acabado con el establishment de la literatura etiquetada como buena, la que vende 2.000 ejemplares, frente al millón y medio que por ejemplo vendió mi Catón.

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Matilde y el miedo

Dice Matilde Asensi que escribe aventura porque es muy miedosa. ¿Para escapar de una realidad que le asusta? “Supongo que sí. Tengo ansiedad y soy muy nerviosa. Es una ansiedad heredada. Y desahogo en mis personajes esa frustración que me generan los miedos: ellos hacen lo que yo haría si no fuera tan cobardica. Me da miedo volar y otras cosas, lo normal en un ansioso, no enloquezco; y tengo ornitofobia: o sea, una serie de taras que se ajustan al rol del escritor (risa). Pero poco a poco voy haciendo, me subo en el avión con mis lexatines; me sugestiono y me resigno, subo pensando que me voy a morir, lo he aceptado: si me toca me tocó, qué le vamos a hacer”. Y aquí empieza a pelearse con Lola Sanz, su agente de prensa, por la cantidad de aviones que le tocará coger durante la promoción, que dice se los oculta. Cuenta que la fobia a los pájaros es de las más persistentes, y que no tiene tratamiento real: “no hay nada garantizado, de modo que asumo esto  de ir por la calle esquivando palomas, porque las veo todas, pero ya me he hecho a ello, y en mi casa no hay palomas”. ¿Y el género humano?, porque éste sí que asusta. “No son como las palomas, mi trato con la gente es de normalidad”. 

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