Con Ruiz Zafón en la cueva de sus dragones

0
Posted July 18, 2012 by Miss K. in Entrevistas
Ruiz Zafón en la cueva de sus dragones

El encuentro sucede en “la cueva de los dragones” (así le llama él), entorno de la Sagrada Familia (Barcelona) o el barrio de CRZ (así firma). No imaginen que se trata de un cubículo de acceso críptico y paredes rezumantes, transido de niebla. Nada. Esto (su estudio) es un piso moderno que huele a casa nueva prematuramente descuidada; concedamos, tal vez esté poco aireada porque en ella se concitan cada noche las pasiones del genio: música y literatura. Sus habitantes son dragones. Pero no, tampoco imaginen dragones telúricos surgidos de las entrañas de la tierra en llamas. Bah, muñecotes de cómic, y hasta los hay de tebeo y cuarto de niños. Los dragones, dice él, son sus “primitos”. CRZ es un niño grande. Tierno y tremendamente grande: un hijo aventajado de su generación, ésta que nació en los 60 y que asomada a la adolescencia se dio de bruces con un mundo que nadie osara contarle. No, no me digas que lo mismo se repite cada decenio en cualquier lugar, porque NO: entre unos padres de posguerra civil española y un hijo adolescente postfranquista median varios decenios pero una sola generación. Así que a CRZ le tocó ser el raro.
Y a ver si pillas pronto la mordacidad de sus respuestas, porque a mí me ha llevado un rato (por veces, cierto sinsabor.)
Había nacido normal (clase media, barrio medio, tardofranquismo y mediocridad la-la-lá) y creció con conciencia de raro, sí: “el colegio me aburría”: jesuitas de mano blanda (máxima liberalidad de la Iglesia por entonces, hoy perdida) y 3.000 alumnos baby-boom sin rastro de rebeldía. “Una fábrica de galletas”. ¿Cómo dice? “Sí, de galletas”. Mariafontaneda, sin duda, que le aburrían, “tiempo de espera”; y él, ya se sabe, ocupó el tiempo dibujando y contando a los niños historias de miedo que inventaba y hacía creíbles, los niños aterrorizados y las madres protestando en tutorías. Había nacido con suerte y no la desdeñó: salió de la factoría y corrió, a facultades de la nada o menos que nada (Ciencias de la Información, un solo año) y, fuera ya, vampiros rifándose su talento (agencias de publicidad) y él, sus pesetas. Creció dibujando historias, fascinado por la estructura. Y ¿qué es la estructura? “Matemáticas, música, arquitectura: todo lo que está bien hecho”. Estudió música por su cuenta (aprendió piano como quien aprehende el manejo del teclado con método ciego y, esto sí, lo lamenta) y aquí nos tienes, vísperas de un Sant Jordi más, una nueva apoteosis de su éxito, escuchando en su cueva (vacía) de dragones (de trapo) la banda sonora que él mismo compuso para escribir “La sombra del viento”. Llega el sonido desde el ordenador y, en su pantalla, Los Ángeles, L.A., California, USA, el no lugar donde el tierno niño grande ha encontrado por fin su sitio.
CRZ.-El mundo entero está en Los Ángeles, un lugar donde se vive entre aquí y allí, un sitio y otro, no hay un núcleo preciso, entre Beverly Hills y West Hollywood.
M.K..-Un poco como es su vida ahora.
CRZ.-Sí, de aquí para allá.
M.K.-Será por eso que no tiene hijos.
CRZ.-Mis hijos son los libros.
M.K.-¿Cómo se siente cuando le llaman “niño prodigio de la Literatura”, a sus 41 años?
CRZ.-No sabía que nadie me llamara así. Me lo tomaré como una gentileza para con mi encanto juvenil.
M.K.-De su infancia cuenta sobre todo que fue una casa frente a la Sagrada Familia. Si la infancia es la patria del escritor, ¿qué significa esa casa?
CRZ.-Era el domicilio familiar en el que me crié, un edificio cualquiera de pisos en el ensanche barcelonés. Yo diría que la patria del escritor, y del lector, es quizás la memoria, porque el ser humano será 75% agua, pero el resto es lo que recordamos. Mi memoria es de dvd: tengo la desgracia de acordarme de todo.
M.K.-La arquitectura, que tanto peso tiene en su literatura, ¿puede acaso hacernos mejores o peores?
CRZ.-La arquitectura sostiene, pero lo que nos hace mejores o peores como personas son, por un lado, las cartas que nos da la vida, que no las elegimos, y por otro, cómo las jugamos, que sí depende de nosotros. Aunque lo que apunta es interesante: habría que ver hasta qué punto el espacio personal, o la falta de él en estos días de viviendas minúsculas y de generaciones enteras que no pueden ni acceder a tener su propio hogar, nos condiciona como personas. Probablemente es más difícil ser una buena persona y un ciudadano ejemplar cuando se vive en una pocilga de 20 metros cuadrados.
M.K.-Zafón, tengo entendido que fue usted un niño asaz brillante, pitagoritas, ¿se recuerda insoportable?
CRZ.-En absoluto. Era un encanto y un modelo de urbanidad y civismo. Más o menos como hoy.
M.K.-¿Su éxito estaba escrito?, ¿lo supo desde niño, como Daniel, su gran personaje?
CRZ.-Me parece que el éxito se lo escribe uno, trabajando. De niño nunca tuve la certeza de que fuera a tener o no éxito. No creo que nadie la tenga: en esa época uno tiene sueños y aspiraciones más o menos imposibles. Pero sí tenía una firme ambición.
M.K.-Si “la casualidad no existe”, como tantas veces se dice en sus novelas, ¿qué margen tiene la voluntad de uno frente al destino?
CRZ.-Las personas acabamos siendo lo que somos por propia mano. No creo que haya un destino prefijado que nos gobierne, como mucho será el inconsciente, que es difícil de dominar, pero hay que hacer el esfuerzo.
M.K.-¿Usted domina el suyo?
CRZ.-Intento que no me domine a mí y supongo que, con el tiempo, he acabado conociéndome bastante bien, sí.
M.K.-Sigo su biografía. Atrás el colegio de jesuitas, sus pasos fueron bien certeros: a)Ciencias de la Información, b) agencias de publicidad, y c) cine en la meca del cine. ¿No son estos los mimbres de la literatura que hoy vende, los infalibles ingredientes del éxito?
CRZ.-No. La literatura que vende, desde los días de Cervantes y Shakespeare, pasando por Dickens, Tolstoi y hasta hoy, es la que cuenta historias de un modo eficaz y profesional. No creo que el éxito sea una cuestión de ingredientes. Eso son los flanes de sobre. Los éxitos o los fracasos son algo más complicados.
M.K.-¿Le descubrieron los jóvenes o usted descubrió el filón del lector joven?
CRZ.-No creo que los jóvenes sean un filón. Son lectores, acaso más avispados, menos pacientes e infinitamente menos proclives a aceptar los prejuicios y el esnobismo que tan a menudo emboba la percepción del mundo literario de los mal llamados adultos. Para mí es un placer y un honor que algunos jóvenes decidan concederme su tiempo y su atención y disfruten con lo que escribo.
M.K.-Ruiz Zafón, anuncian, el escritor español de mayor éxito del siglo XXI. Sin embargo a usted el suceso no le ha conmovido, dice, porque llevaba tiempo en esto aunque nadie hable del éxito de sus novelas de juventud. ¿Por eso ha vendido sus derechos a Planeta, para que se sepa?
CRZ.-No se precipite, que el siglo XXI acaba de empezar y habrá quien tenga más éxito que yo. Las cuatro novelas juveniles que publiqué antes de “La sombra del viento” nunca estuvieron ni bien editadas ni bien distribuidas, y lo que ahora quiero, como cualquier escritor, no es que se hable de ellas, sino que se lean y se disfruten. Afortunadamente son libros que se han leído y se siguen leyendo.
M.K.-Usted mismo ha contado que “La sombra del viento” no fue un hallazgo de Planeta. ¿De quién era aquella mano que contra toda norma abrió su plica en el fallo del Premio Fernando Lara 2000 y se empeñó en que la editorial le publicara?
CRZ.-La historia empieza en manos de una lectora de Planeta que estaba seleccionando originales que se presentaban al premio Fernando Lara. Ella fue la primera descubridora de la novela, que paulatinamente pasó de mano en mano dentro de la editorial, hasta llegar al jurado donde, a través de la generosa actuación del tristemente fallecido Terenci Moix, su existencia se hizo pública y se transmitió a Planeta la recomendación de publicarla.
M.K.-En principio fue el boca/oreja lo que hizo funcionar el libro pero ahora, muy al contrario, CRZ vive en un sin parar, de aquí a la China y lo sucesivo. ¿La promoción puede llegar a secarle el cerebro a uno, puede acabar generando Bartleblys?
CRZ.-Yo creo que el cerebro se seca más de no usarlo, no de viajar y ver mundo. Es un privilegio poder promocionar tu obra en tan diferentes países donde despierta interés y es muy bien acogida; aunque a veces se coma tiempo y energía, es enriquecedor.
M.K.-¿Por qué entonces decide no dar más entrevistas en España? ¿No teme que pueda considerarse soberbia?
CRZ.-No creo que sea soberbia, sino más bien un deseo de no aburrir. Entiendo que un escritor debe conceder entrevistas cuando publica una obra, cosa que yo no hago desde hace ya un tiempo. Además estoy trabajando en una nueva novela y creo que es más sensato dedicar mi tiempo a ello que a aparecer en los medios diciendo bobadas, que es lo que uno acaba haciendo siempre. Hay por ahí docenas de escritores con talento que nadie se molesta en entrevistar y obras nuevas que nadie menciona, mientras que siempre vemos a los mismos 10 personajes de turno repitiendo el mismo discurso vacío.
M.K.-El éxito no le ha volado la cabeza, ¿y el dinero, cómo le ha cambiado, le ha hecho más conservador?
CRZ.-El éxito no me ha volado nada, ni la cabeza ni los pies. Soy el mismo que era antes y sigo haciendo lo mismo: contar historias. En todo caso, más que volverme conservador, lo que me produce la buena acogida de los lectores es un sentimiento de gratitud y también de serenidad, porque me confirma que aquello que intento hacer tiene una cabida en el mundo: puedo alegrar un poquito la vida de algunos semejantes.
M.K.-“La sombra del viento” es algo así como un grito contra la destrucción de la Historia y la justificación por tanto del neoliberalismo a ultranza, donde ¿el Cementerio de los Libros es un trasunto de la memoria?
CRZ.-Me encanta cuando se pone usted apocalíptica, aunque me ha asustado un poco con eso del neoliberalismo a ultranza. El cementerio de los libros olvidados es ciertamente una metáfora transparente de la memoria, de libros e ideas, personas y mundos olvidados. La falsificación de la Historia y la invención de un pasado que nunca fue para justificar un presente y un futuro que nunca debió ser, es algo muy viejo, una industria en sí misma: lamentablemente, ni siquiera los neocons tienen la exclusiva.
M.K.-“Odiar de veras es un talento que se aprende con los años” (cita de “La sombra…”), ¿lo ha conseguido ya o prefiere conservarse inmaduro?
CRZ.-Son palabras de un personaje de la novela, no mías. Pero yo me temo que tengo la cabeza un tanto fría para el odio, que me parece una pérdida de tiempo y energía y, en general, un error estratégico.
M.K.-La fascinación por el mal, lo prohibido, el maligno, es patrimonio común, pero en su caso (en su literatura al menos) es tan pronunciada que me gustaría preguntarle si tiene relación con algún episodio vital, ¿lo ha analizado?
CRZ.-A riesgo de generalizar y banalizar, lo que llamamos “el mal” es parte de nuestra propia naturaleza y del equilibro y la lucha constante de las cosas. Como narrador, lógicamente, me interesa y lo empleo. Y como persona, sin duda, lo veo constantemente, siempre presente a su manera: esa manera mediocre, hipócrita, codiciosa, envidiosa y maliciosa que nos recuerda las miserias que cada uno tenemos dentro.
M.K.-¿Cómo lo lleva con tu atracción por el mal, la repugnancia del propio deseo?
CRZ.-Me temo que me confunde usted con el Profesor Moriarty o con el Conde Drácula. Pero yo en general me llevo divinamente con todas mis atracciones.
M.K.-Me llama la atención que, después de tanta repercusión, se sepa tan poco de su historia personal. ¿Cuánto hay de usted en el niño que nace al mundo al saber que es un hijo putativo?
CRZ.-Pues nada. No soy hijo putativo ni ilegítimo ni adoptado. Mi historia es mucho más común y similar a la de la mayoría, desprovista de todo melodrama: crecí dentro de mi propia familia, con mi padre, mi madre y un hermano mayor.
M.K.-¿Tuvo la familia algo que ver con su literatura?
CRZ.-No. Mi padre es aficionado a la lectura, pero el tema no es una tradición familar. A mi familia, en general a la gente, siempre les parecí un raro: nunca han sabido dónde ponerme.
M.K.-¿Daniel era usted?
CRZ.-No. El personaje de la novela que más se me parece es Julián Carax, que a ratos es casi una caricatura de mí mismo. Preferiría parecerme a Daniel, que es una versión amable de mí, pero lamentablemente soy más escéptico. En el fondo, hay cosas mías en todos los personajes de la historia: siempre son parte de uno mismo.
M.K.-¿Volveremos a encontrarlos algún día?
CRZ.-Tal vez. Dese un paseo por las Ramblas, o váyase de librerías de viejo y seguro que tropieza con Daniel y con Fermín, en alguna de sus aventuras secretas. De Daniel respondo, pero con Fermín allá se las apañe usted solita…

Genero o puridad.

Es un abanderado de la literatura de género, aquella que también lleva por nombre literatura de kiosco: misterio, novela negra, folletín o folletón, serie B; en fin, aquella que los airados intelectuales no consideran del todo digna de puridad: “prejuicios”, dice él, “los fantasmas y lo sobrenatural están en toda la literatura, desde Shakespeare hasta hoy”. Para CRZ, en cambio, el desafío es alejarse de la realidad y seguir siendo creíble, “y emocionar: arrancar al lector de su indiferencia”. Por ello escribe, música y por veces dibuja sus historias armadas sobre cuatro puntos cardinales: la fascinación por el miedo (“me divierte; el primer impulso biológico de la mente es el miedo a lo desconocido”), arquitectura intravenosa, el viaje al pasado (la Historia y la memoria) y el destino que uno y su inconsciente se construyen. Estructura pura: así contempla el mundo su proverbial cabeza. Zafón, que conquistó legiones de lectores jóvenes, que va por el mundo seguido de una estela zafoniana de misterio e ironía, se dirige ahora con las mismas novelas a las “mal llamadas” almas adultas. Apuesto a que se le rinden.


0 Comments



Be the first to comment!


Leave a Response


(required)

','

'); } ?>