Miss K. visita a David Camus, el nieto.

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Posted February 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Es nieto del gran Albert Camus. Y pese a ello, se atreve a escribir. Va por la décima novela publicada. Aquí hablamos no de su última entrega sino de “Caballeros de la Vera Cruz”, que hace unos tes años se convirtió en best-seller en Francia y posteriormente fue traducida a seis idiomas. La novela es una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá? Un escenario, las Cruzadas, que hoy nos remite más que nunca a la actualidad. Y un mensaje: “la existencia o  no de Dios nada cambia en la naturaleza del ser humano”.

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David Camus es un joven  de 35 años que esconde una larga historia detrás de su mirada, huidiza, visionaria, sonrojada a veces como a punto del llanto: te habla y de pronto hace un silencio, la vista tendida, ¿es locura (o lucidez) o es el amaneramiento de una educación antigua? Las dos cosas. “Mis verdaderos padres fueron los libros: ellos me han educado. He sido siempre muy independiente, apenas tenía seis años y ya me iba a pasear durante largas  horas por las calles de París, solo, a veces sin siquiera avisar. Siempre supe que no podía contar con mis padres y eso fue duro. Tampoco para ellos fue fácil: me marché muy pronto; tal vez el mismo día que nací”. Nació en París, nieto del gran Albert Camus, autor de La peste o El extranjero, premio Nobel de Literatura en 1957 (tres años antes de su muerte en accidente de coche, tenía 46 años). Nada supo David de la celebridad de su abuelo hasta los nueve años; su abuelo es un tabú en la familia, una sombra demasiado oscura para soportar, una presencia que enloquecía. “Mi abuelo fue el mejor amigo, el mejor padre que uno pudiera soñar, pero ¿te imaginas lo que es ser hijo de semejante celebridad? Debió de ser muy duro para mi padre, y además no olvides que lo perdió con sólo 13 años”. Cuenta David Camus que él de niño confundía caricias con coscorrones, el amor con la violencia, y así creció: violento y enfermo de literatura, sin saberlo. De la violencia se deshizo años más tarde, renombrando los sentimientos y cambiándola por amor: “a base de dar amor sublimé mis carencias”. La “vergonzosa enfermedad de la escritura” la ha afrontado publicando por primera vez una novela, después de otras ocho que lleva guardadas.

-¿Por respeto?

-No es una cuestión de respeto, sino el hecho de ser juzgado. Sé que tengo que tener mucho cuidado, y al  mismo tiempo nunca he tenido prisa por publicar, sólo por escribir. Mientras esperaba el momento, he hecho muchas otras cosas: realización de televisión, guiones, traducción, edición… Tenía que estar muy seguro de publicar por la calidad de mi escritura, no por mi nombre. De hecho, tuve tres oportunidades anteriores de publicar, presentándome como persona anónima, pero no quise: eran sólo pruebas que me ponía a mí mismo.

Las declaraciones de la editora francesa Françoise Verny sobre una de sus novelas guardadas, una historia de amor, han dado la vuelta al país: ella calificaba el manuscrito de “cojonudo” (couillue, sic), pero él se negaba a publicarlo. Que por qué, “porque aún no estaba preparado para ello, para afrontar la mirada de los otros, que inevitablemente me va a comparar con mi abuelo”. Para afrontar de una vez por todas el reto, para abrir “esa puerta prohibida que yo siempre he sabido que no debía abrir”, se armó de lo que más le conmueve, la violencia y la guerra (“me interesan desde que era niño”) o, lo que es lo mismo: “nuestra relación con la muerte y la religión”. Escogió un marco histórico brutal, las Cruzadas, un campo de batalla sin fin, una crueldad desmesurada, para plantear los asuntos capitales del ser humano: la certeza de la muerte, la angustia, la necesidad de creer en el más allá, en Dios, ¿quién es Dios? Albert Camus (nota de referencia) también se negaba a ser entendido como un escritor existencialista. “La mejor manera de no ser juzgado en exceso como su nieto era elegir algo distante a él, algo que mi abuelo jamás hubiera abordado. Era como desamortizar el debate. ¿Te imaginas lo que es tener que rivalizar con El extranjero, con La peste? La realidad es que la plaza de mi abuelo en este país está aún vacante: no existe nada entre el existencialismo de Sartre y Camus, y la nueva narrativa de Michel Houellebecq; nada, sólo hay vacío. La expectativa, pues, era demasiado grande, inabordable”. ¿Y el estilo?, le pregunto, su estilo algo gótico, tan diferente de la austeridad de su abuelo, ¿también un giro intencionado? “No, porque yo  nunca he emulado su estilo; mi gran referente estilístico es Balzac, de  modo que no fue necesario distanciarse. Los libros que más me gustan son esas historias enormes con muchísimos personajes, leerlas y releerlas, para mí un libro es un viaje, y me gusta perderme en él. Mi gran sueño como escritor es imposible: escribir una novela de 5.000 páginas y 500 personajes”.  Otra de las corazas de las que se ha servido, ésta sí, es el marco histórico, que presupone muchísima documentación y una mínima fidelidad a lo ocurrido. “Sí, es una escafandra: me gusta leer mucho, rodearme de mucha documentación y hacer síntesis. Para mí es todo un placer; el único problema es que se necesita mucho tiempo (tiempo, otra de sus peculiaridades: la medida del tiempo). Quería que el lector me creyera, que creyera mi historia, lo más precisa posible, y la documentación me da un enorme respaldo”. Su historia, minúscula, que no es la Historia, mayúscula, “soy fiel a los hechos, pero mi ambición no es ser historiador: me interesa por encima de todo la psicología de los personajes; contar mi historia dentro del contexto de la Historia, recreada”. Y así escribió el libro que a él le gustaría leer: una suerte de Tolkien mezclado con Balzac, clasicismo y fantasía, magia y realismo: “la verdad de una época es la ficción de otra”.

Y al final, qué, qué es lo que ha pasado, cómo ha sido la confrontación con el público: “desde el momento en que decido publicar, acepto ser el perdedor: es una lucha que no puedo ganar, nadie puede ganarla,  ni siquiera mi abuelo hubiera osado ganarla en mi situación”. En menos de un año: 40.000 libros vendidos en Francia y traducción a seis idiomas; todo un éxito.

-David, ¿qué ha heredado de su abuelo?

-El  nombre y problemas.

-¿Qué tipo de problemas?

-¿Sabes? Todo esto es muy extraño: has venido a entrevistarme no por mi libro, sino por mi abuelo. Y pese a ello estoy contento de que hayas venido. Lo único que necesito es tiempo, para que las cosas sucedan, puedo esperar.

David no lo dice, pero de su abuelo, sin quererlo, sin sentirlo tal vez, ha heredado un profundo sentimiento existencialista que una y otra vez se entreteje en la conversación, como por arte de magia, como un camino sin salida que condujera siempre al mismo lugar: un laberinto: “la novela plantea preguntas pero ¿qué hacer cuando no hay respuestas? Hace falta comprender bien una cosa: los humanos vivimos en una situación insostenible, imposible, porque debemos afrontar el misterio: por un lado soportamos la mayor incertidumbre, ¿qué hay después de la muerte?, y al mismo tiempo, la mayor certidumbre, que vamos a morir. Cuando uno reflexiona sobre ambas cosas, se vuelve loco, entonces el hombre busca una verdad para salir de esta situación. Y lo que yo planteo en el libro es que vivir sin Dios o con Dios no cambia nada las cosas, porque el misterio persiste y he aquí el problema”. Pero no todos los lectores lo han comprendido, se lamenta Camus: “poco importa si la cruz es la verdadera (la Vera Cruz, donde Cristo fue crucificado) o no”. Lo que importa es nuestra relación con la verdad, la fantasía, la imaginación. “Efectivamente, las Cruzadas son un momento histórico formidable para demostrar que no es la verdad ni la razón lo que mueve el mundo, sino la locura y la ficción. El mejor ejemplo de hoy en día es Bush y la guerra de Irak: él ha inventado una historia para invadir la región, una cruzada. Para mí los enemigos son todos los extremismos y fundamentalismos, llámense Bush o Bin Laden. El  mundo se está radicalizando, y éste es el peligro y la razón última de este libro, que se lee como una novela de aventuras, sí.” ¿Por qué aventura, porque hoy es lo que vende, la épica, la Historia? “No, no, no, es una cuestión de placer. La Literatura conlleva forzosamente placer: cada uno lo encuentra a su modo; el mío son las intrigas, los misterios, la multitud de personajes, la Historia, etcétera, del mismo modo que me gusta la gastronomía copiosa, que los platos tengan mucho de todo. Para mí hubiera sido mucho más rentable escribir 60 páginas hablando de mí, formidable, pero Camus y una novela de aventuras… He tratado de reflejar la complejidad de la situación, representar todos los puntos de vista, de ahí la cantidad de personajes”.

El contexto histórico, las Cruzadas, no es en modo alguno fortuito (dijimos), y con esto que volvemos a la actualidad. Para el escritor, la situación actual de conflagración árabe contra la dominación occidental tiene su justificación en Israel: “¿Qué derecho nos asiste a los occidentales a colonizar un país, Israel, la única colonia occidental que persiste hoy en el mundo, como modo de resolver una guerra mundial de la que sólo nosotros fuimos responsables? Es necesario comprender que los árabes tienen que resistirse y defenderse”.

La controversia religiosa en torno a Los caballeros de la Vera Cruz” era inevitable. Y en seguida llegó: se interesaron primeramente los países más católicos (Italia, Polonia, España, Irlanda). Le han llamado de todo, antisemita, fundamentalista cristiano, o por ejemplo también le han acusado de una debilidad por los sarracenos: à chacun son goût. “En la naturaleza de toda religión, sea cual fuere, está presentarse como la verdad única y para todos. El problema es que esta verdad no se puede imponer y que el combate por imponerla no tiene razón de ser, no ha lugar, porque la existencia de Dios no cambia nada en la vida del ser humano, es la cuestión más intrascendente en la Historia de la humanidad. ¿Por qué la creencia religiosa se supone que otorga el derecho a matar y masacrar al otro? Es algo que se escapa a la lógica. Morgennes (el personaje protagonista) tiene el presentimiento de que Dios no existe, ¿te imaginas cómo podría vivir en semejante época, donde el ateísmo era inconcebible?” ¿Y hoy? “Hemos vivido una evolución, del politeísmo se pasó al monoteísmo, de éste al ateísmo, y creo que pronto vendrá algo nuevo”.

Mientras espera, la lógica de Camus se aferra al ateísmo, de nuevo el tiempo y el laberinto existencial: “Uno está seguro de morir pero la muerte es un misterio, y dado que esto es insoportable (¿quién podría aceptarlo?), necesita creer en Dios, en el paraíso, el más allá. Dios no es sino una respuesta a la angustia”. El corazón  mismo del existencialismo ateo: “sí, yo no quiero que la Iglesia se ocupe de lo que me va a suceder después de la muerte; ni la Iglesia ni nadie. Yo me salvo con mis sentimientos”.

La cuestión es: ¿es más lícito matar en nombre de Cristo o en nombre de Alá? “Ambos supuestos son terribles. Prefiero un ser violento que mata por el placer de la violencia, sin más reflexión, que alguien que dice amarme pero me mata en nombre de Dios: me parece mucho más grave”.

Balzac es su gran referente literario. Su temario (ideario) está en los personajes de Dostoievski, por su forma de abordar la violencia, la inexistencia de Dios, la humillación, la vergüenza, la locura y la muerte, “todos ellos son asuntos que conozco muy bien”.  ¿Por qué este interés casi atávico sobre la violencia? “Porque mi vida fue muy violenta hasta… los 20 años, más o menos. Fui violentado y fui muy violento, mucho, continuamente. Pero un día, de repente, crecí y me pregunté qué era lo que me había faltado en la infancia, y descubrí que el mejor modo de obtener lo que deseas es darlo tú mismo. Si yo quería que me amaran y quería dulzura, yo  mismo tenía que ofrecerlo: y funcionó. Por eso también me interesé en las historias de guerra, los héroes fantásticos, el cómic… ; intentando comprender la violencia a gran escala, me refugié, me perdí en los libros: mi única felicidad. Los libros fueron mis padres, incluso mis abuelos, a mí nadie me habló de mi célebre abuelo, era un tabú: su sombra era insoportable”.

-Camus, ¿por qué escribir le parece una enfermedad vergonzante?

-¿Sabes qué?, Morgennes es una treta, es el personaje que cualquiera puede identificar conmigo. De este modo intento disfrazar lo mal que me siento: tengo la impresión de ser un criminal, de haber hecho algo muy malo y por lo que tendré que pagar una condena. Tengo vergüenza, preferiría poder vivir sin escritura, pero no soy capaz. Y sé que estoy luchando contra lo imposible, que es igualar al gran Camus, porque la comparación es inevitable y ganarle es imposible. Sé que mi futuro es el fracaso, no juego con la ventaja de un futuro incierto. Sólo tengo un aliado, que es el tiempo, la lentitud, la paciencia: acabo de fabricarme unas alas y quiero volar aunque al final sé que terminaré cayéndome.

David me acompaña largo hasta la parada del metro, Porte O´rléans, París sur. En el camino hace frío, apuramos el paso, pero hablamos lento de literatura y de tantas mujeres víctimas del amor que se confunde con violencia: “Uno comete la violencia primero contra sí mismo y segundo contra el que más ama. Cuando sólo has conocido la violencia, y el amor te llega, tu respuesta es la violencia, porque es el sentimiento más profundo que conoces”.

Apoyo:

Me recibe al final del corredor, mudo el corredor, más seis pisos a pie, muda la escalera de incendios; me recibe con Clementina en brazos. La dulce Clementina (un mes) es la razón que impide a David Camus, padre, sus viajes a la propia infancia y la escritura remota, lo que es lo mismo, la casa familiar de Lourmarin, en la Provenza, custodiada por la tía Catherine, entre idénticos olores, mismos colores y sabores que alumbraran las últimas obras del gran Camus. Donde el padre del existencialismo encontraría su jovencísima muerte en una carretera al azar. Hay una cámara, imaginaria, que el nieto Camus se instala en la cabeza cuando escribe, y describe planos y luces, hijos del cine, sí, pero nietos de colores y resplandores en las arenas de Argelia. Así es su puesta en escena, tan cinematográfica, reclamados ya los derechos de su obra por Hollywood, fruto de su gusto entre Bergman y Hitchcok, y no de los juegos de rol, como se ha dicho, donde Camus adolescente derramó su imaginación. Ganó concursos nacionales, como máster, ese que inventa una historia, a modo teatral, que luego otros cuentan o interpretan e incluso pintan sobre campos de batalla a pequeña escala. “Pero eso fue sólo un juego, nada tiene que ver con esta novela”. La novela, Clementina mediante, tiene en su cabeza una larga estela detrás: trabaja ya en las siguientes entregas, que sumadas a estas 492 páginas, llegarán a las 2.500, con una estructura narrativa en forma de cruz y un personaje capital: Morgennes: “tarde un año y medio en darme cuenta de que el nombre que había inventado significa la muerte me perturba: (la) mor(t) (me) gene”. He aquí su filosofía.

 


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