Pedaleando con David Millar: la oscura trastienda del deporte de élite

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Posted July 2, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Fue durante cinco años la mayor y más limpia estrella del ciclismo británico. Perdió su guerra personal contra el doping y durante dos años consintió en drogarse para asegurar las victorias a su equipo, el Cofidis. En 2003 gana el campeonato mundial de ciclismo contrarreloj: una victoria amarga, sucia. Decide entonces dejar de inyectarse EPO. Demasiado tarde, la policía está sobre la pista. Lo detienen y condenan en 2004. David Millar construye un sórdido relato sobre la realidad de este deporte y su miseria personal en “Pedaleando en la oscuridad” (versión papel) (Editorial Contra). Su lucha contra el dopaje empieza a ver frutos, mientras él vuelve al T2our y a los Juegos Olímpicos.

Para entender su gloria y miseria desde aquí, para valorar su valentía y clamorosa sinceridad, habría que empezar diciendo que David Millar es para el ciclismo británico lo que Alberto Contador, para el español. Por sus gestas sobrehumanas y sus tribulaciones terrenas.
En el año 2004, ocho meses después de ganar el Campeonato del Mundo en Contrarreloj, Millar es acusado de doping. Lo encarcelan, le retiran los títulos, le confiscan todos sus bienes y lo vetan para la competición. Pero el campeón regresa, agotado el veto, y decide contarlo todo en un libro. Todo es: que el dopaje ha sido siempre la moneda de cambio más común en el ciclismo mundial desde que existe; que la delación se castigaba con el ostracismo: una ley del silencio no escrita u Omertà; que él se dopó durante dos años alentado y presionado por su propio equipo (Cofidis), el cual necesitaba no sólo sus victorias sino su victoria segura. Concluye que nunca el ciclismo ha sido tan limpio como hoy.
Vuelve ahora al Tour de Francia y ha sido admitido por el Comité Olímpico Internacional para participar en los Juegos de Londres. Millar (escocés nacido en Malta, 1977) vive desde hace años en la plácida ciudad de Girona, con su mujer, británica, y su hijo de 9 meses, Ignasi Millar. Vino a Barcelona tocado de gorrito sobre su esbelta figura, armado de verdad y exhibiendo un bagaje intelectual que sorprende en estos pagos deportivos, incluso en su élite. Su sinceridad no hace ascos ni a la más vil de las preguntas.

Miss K. pregunta:

-¿Vuelve al Tour para ganar la competición, para luchar contra el doping o para redimirse?
Vuelvo porque soy consciente de tener una profesión que adoro y en la que soy bueno, y esto es una enorme suerte, que yo mismo estropeé con la mala decisión de doparme. Volví porque quise tener una segunda oportunidad, y desde ese momento tuve claro que tenía la responsabilidad de contar mi historia y que para siempre seré un ex drogadicto. Lo vivo por tanto con una sensación agridulce.
Cuenta Miller en Pedaleando en la oscuridad que la decisión de drogarse fue suya, pero se deja entrever como víctima del entorno y las circunstancias. “Yo ganaba sin necesidad de doparme, por eso precisamente es tan difícil entender mi decisión. Pero para el equipo era una gran ventaja no que ganara, sino que garantizase la victoria. Y esa fue la razón por la que empecé; fue como una obligación profesional, o así al menos me lo expliqué a mí mismo”. Una acusación directa que incluso afina cuando asegura que el dopaje es una cultura omnipresente en el ciclismo. “En este contexto, uno tiene la sensación de que nunca dará lo mejor de sí mismo si no se dopa, porque el dopaje es lo que mantiene la gente a tu alrededor y es lo que ves. Ciertas personas de mi equipo tuvieron la habilidad de manipular mi decisión en este sentido, me presionaron, y el director del equipo recomendó que fuera hacer un entrenamiento de campo a casa del tío que suministraba la EPO al resto de los ciclistas, un lugar idílico en la Toscana, en un ambiente muy familiar. Fue todo muy sutil, pero la intención estaba clara”.
Si tan terrible le parecía, si tan firme era su decisión de permanecer limpio en un entorno sucio, si realmente no necesitaba reforzar su capacidad natural, cabría preguntarse por qué no lo denunció, qué miedo opera que impide una delación justificada. “El asunto es que te sentías desprotegido: el sistema deportivo era tan corrupto, era tan fácil doparse y que no te pillaran… Porque nuca se había hecho lo necesario para prevenirlo. No podías hacer nada contra ello, y nadie hablaba de ello aunque todo el mundo lo sabía, había una especie de Omertà. Si lo denunciabas, caías en el ostracismo y en el descrédito, incluso entre los fans: nadie querría creerte”.
Tampoco su caso fue fruto de una delación, sino de una larga operación policial para desmantelar una red de dopaje. Y así llegan hasta el Cofidis y su principal figura, David Millar, que había dejado la hormona EPO hacía ocho meses. Fue detenido el 22 de junio en un restaurante mientras cenaba, y conducido a un calabozo en la comisaría de Biarritz donde sería duramente interrogado durante tres días. Habían encontrado pruebas suficientes en los archivos del club, ratificadas ahora por su confesión. Fue despojado de todo, carrera, títulos, casa, cuentas bancarias, y durante siete años vivió para pagar las deudas. Lo primero que le retiraron fue su reciente título de campeón mundial en Contrarreloj. Pero ¿qué sentía Millar hacia aquel título, conquistado sin limpieza? “Nunca sentí nada porque lo gané tan fácilmente que carecía de sentido. Sueñas con tenerlo y, cuando lo consigues, no significa nada, porque no lo has ganado limpiamente. Por eso decidí dejar el doping, inmediatamente después”.
Qué opinarán ahora sus camaradas, cuando ven llegar al ciclista que ha contado toda la verdad, cómo será recibido de vuelta en el Tour. “Mis colegas me respetan y respetan lo que he hecho por cambiar este deporte; y más allá: el pelotón necesita una voz como la mía, yo he contestado un montón de preguntas difíciles que nadie quiso contestar. Y esta es la historia que han vivido los ciclistas de mi generación y anteriores, e incluso algunos más jóvenes, pero nadie se atrevió a contar”.
Habla en pasado, supongo, porque dice que hoy la mayoría ya no se dopa. Sin embargo, la Federal Drug Administration ha detectado nuevos y más sofisticados métodos de dopaje que no dejan huella detectable. ¿Llegará el día en que el ciclismo sea un deporte absoluta y definitivamente limpio? “Tal vez no absolutamente limpio, porque así es la vida: el ser humano siempre intentará hacer la trampa. Pero ahora mismo ya no existe un doping sistemático y ya no son mayoría los ciclistas que continúan dopándose. Y los que ganan las competiciones, en general no se han dopado, lo que antes era totalmente impensable. Por primera vez en su historia, por ejemplo, el Giro de Italia ha sido conquistado por un ciclista del que podemos afirmar, con una seguridad del 100%, que está totalmente limpio; y yo lo sé sin lugar a dudas porque es un compañero de mi equipo: un joven comprometido con el deporte y que jamás ha probado la EPO. Algo así, hace 10 años, sería impensable, un sueño. Teniendo en cuenta que el Giro es la prueba más dura del mundo, este dato es muy esperanzador”.
Cuando el libro de Millar publicó su primera edición en Inglaterra (en España van ya por la segunda, agotada la tirada inicial), el debate estuvo servido: el ciclista afirma que la falta de transparencia de las autoridades, o sea la FDA, respecto al caso Armstrong, ganador siete veces del Tour de Francia y sobre el que pende la duda del dopaje, pesa como una sombra sobre el ciclismo y así será mientras no esto no sea esclarecido a fondo. Hoy su tono se ha suavizado: “Creo que hubiera sido bueno llegar al fondo de la cuestión, pero es demasiado tarde. Honestamente, cada uno se ha hecho su propia opinión sobre Armstrong y debemos mirar hacia delante: el caso Armstrong ya no va a cambiar las cosas. Tenemos que aprender de los errores que cometimos, y admitirlos, y ésta es la forma de acabar con el doping y toda esta mentira, que no hizo sino destrozar al ciclismo. Y creo que estamos en el camino, hemos vuelto a ganarnos la confianza de los sponsors, de los fans y de los medios de comunicación”.
La gesta del corredor americano tras superar el cáncer ha sido puesta en duda por determinados científicos que aseguran que es humanamente imposible, que supera la capacidad natural del hombre. ¿Cuál sería esa “opinión propia” de Millar? “No sé si es realmente empírica esa afirmación, pero con o sin doping, lo que Lance hizo es insuperable; es una locura aún en el supuesto de que se hubiera dopado. El problema es que para construir un futuro no debemos olvidar el pasado pretendiendo que no hubiera sucedido”.
Llega el turno de Alberto Contador, y aquí el ciclista, que admira al colega español, pone el acento en los “fallos del sistema: no puede admitirse que tarden dos años en dilucidar si hubo o no hubo contaminación y que al final permanezcan tantas dudas”. ¿Sería Contador, en todo caso, necesariamente culpable de esa contaminación o pudo ser víctima de ello? “Se supone que él es inocente, pero el sistema lo culpa porque los deportistas somos responsables de esa supuesta contaminación, por mínima que sea, como ésta, casi imperceptible. Todo esto ha hecho mucho daño al ciclismo, y no creo que su equipo haya reaccionado bien, con aquella historia de la carne envasada en España… No hizo sino sembrar el pánico. Y es muy triste para Alberto, que es el ciclista con mayor talento de su generación y un chico adorable, mientras sabemos que otros se han dopado tan impunemente. El resultado es que aquel deportista maravilloso, limpio y claro que era, ahora se convertirá en un competidor furioso y amargo”.
-David, ¿víctima o culpable, cómo se siente?
-Ambas cosas. Me siento víctima del equipo, y de la situación que vivíamos: yo no era el tipo de deportista que se hubiera dopado en circunstancias normales, fue producto del entorno. Pero también soy culpable: fui yo quien tomó la decisión. Hace 10 años no tenía una personalidad estable. Pero he vivido tanto en mis 35 años, que he conseguido la calma y he ganado mucha espiritualidad y humildad. No me preocupa la crisis de la mediana edad, eso seguro”.
Estabilidad ganada, madurez aprendida a fuerza de los momentos tan duros vividos, me atrevo a decirle que, de todo lo que cuenta, lo que más me sorprende es cómo fue capaz de conquistar las más altas cimas del Giro, por ejemplo, arrastrando una resaca de alcohol; preguntarle cómo un deportista de élite soporta el ritmo nocturno de las copas (el libro se prodiga en fotos de las escenas más disolutas). “Si era capaz es porque tenía talento y edad para ello. Esto no es tan inusual, ocurre en todos los deportes, pero nunca se cuenta. Mira, los deportistas también somos jóvenes a los 20 años, no puedes vivir aislado en una urna. Lo que ocurre es que me pareció que no tenía sentido esconderlo en medio de esta confesión. Ahora en cambio, ni me acuerdo de la última vez que fui a una disco. Tengo un hijo de tan sólo 9 meses, y hasta hace poco me hubiera negado a que conociera la miseria del ciclismo; ahora en cambio me haría feliz que quisiera ser ciclista profesional, no lo desanimaría”. Nació en Girona y se llama Ignasi, Ignasi Millar.
Era un chico arrogante, confiesa, porque todo deportista de élite necesita serlo, “es lo que se espera de ti”. Hoy se siente un hombre maduro, fuerte aún, capaz de ganar, pero que ha equilibrado sus fuertes dosis de arrogancia con confianza en sí mismo. Una dura rehabilitación. “No, lo duro fue perderlo todo, eso es horrible, pero una vez que tocas el fondo se trata de volver a empezar. Lo hice con paciencia, paso a paso, despacio mientras pagaba mis deudas; y con pasión suficiente para volver a enamorarme de este deporte. Lo he rehecho todo, pago mis impuestos en España y llevo una vida muy tranquila que nunca imaginé tener. Ha sido complicado, pero lo he logrado”. Es copropietario del Garmin, su propio equipo, fundado en Colorado, y confía en poder competir al menos tres temporadas más.
Era un chico arrogante a punto de matricularse en la Escuela de Arte de Londres, pero tenía tan claro que lo que más le gustaba del mundo era el ciclismo, que declinó y se hizo profesional de la bici. Cuando se retire, sí, tal vez entonces se dedique al bello arte de la Literatura: no lo hace mal; de momento, busca argumento en las cumbres.

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