Edgar Morin conversa con François Hollande: ¿tiene futuro Europa?

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Posted December 17, 2012 by Miss K. in Entrevistas
Edgar Morin conversa con François Hollande

“Diálogo sobre la política, la izquierda y la crisis entre François Hollande y Edgar Morin”

Es una entrevista de Nicolas Truong a dos bandas, donde ambas personalidades reflexionan sobre política, crisis y el papel de la izquierda en Europa hoy. Lo publica Paidós, y aprovecho para acercaros una entrevista con el pensador francés, que ha sido uno de los más lúcidos observadores de la realidad europea en el último siglo, y que continúa siéndolo a sus 91 años. Politólogo, antropólogo, sociólogo, historiador… y autor de medio centenar de libros.

“Los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo”

Pensador inclasificable, sus libros y estudios aúnan las ciencias y las humanidades. Historiador, sociólogo, escritor, investigador… propone una reforma radical de la enseñanza que empieza a fraguar con la UNESCO y advierte: sólo una mundialización del pensamiento nos salvará de la catástrofe. Además, analiza con visión de futuro los disturbios de Francia: “El destino de Europa es el mestizaje”.

Le han llamado “pensador planetario”, y a él le gusta. Predica una nueva mundialización entendida como la toma de conciencia de un destino común, un pensamiento global para evitar “la catástrofe”. Catástrofe es una palabra que se repite en su plática. Catástrofe es el futuro del hombre fragmentado, nacionalista, melancólico del pasado; y catástrofe es también lo que hoy sucede en su casa del Marais parisino porque, según va informando a los amigos que llaman, debe aplazar todas sus citas por una hemorragia de nariz que trae de su periplo por universidades de Centroamérica, recién llegado el pensador. Edgar Morin, que en realidad es Edgar Nahoum (París, 1921), hijo de inmigrantes sefardíes de Salónica, Grecia, que adoptó como nombre su apodo en la resistencia del PCF (Partido Comunista Francés) a los nazis, es un señor de aspecto rudo, mirada ceñuda, boca chillona, que conserva sin embargo la ternura de un niño y la coquetería de un joven romántico; tal es su espíritu. Morin, sociólogo, politólogo, antropólogo, escritor, historiador, investigador emérito del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS en francés), cuyas obras van desde la reflexión filosófica a la economía, tiene en su haber dos fórmulas magistrales de tiempo futuro. Una se refiere a la educación: unificar la cultura científica y las humanidades. La otra es una receta de vida feliz: mantener un punto de luz en la pasión, y una gota de pasión en el razonamiento.

Él mismo confiesa que necesita la combustión del amor para escribir y crear, y entonces le pregunto cómo se las ha arreglado a lo largo de sus 91 años de vida y su casi medio centenar de libros; que cuántas veces ha tenido que cambiar de pareja. Se sonroja, aparta sus ojos del trayecto de los míos y se explica:

R. Eh…, varias. Yo no busco la combustión, son encuentros que suceden. El hecho de escribir y publicar me ha permitido tener muchos amigos entre la gente que es sensible a mis libros. Gracias a mi obra recibo mucho amor, que a su vez me permite seguir produciendo.

P. Señor Morin, ¿qué es su “patria terrestre”?

R. Vivimos en un mundo interdependiente, necesitamos que la sociedad tome conciencia de su destino común para afrontar los peligros mortales y transformar la actual evolución, que se encamina al desastre. Existe un territorio comunicado y una economía global, es decir, una infraestructura de sociedad moderna, pero falta la conciencia del destino común, o sea, la estructura. La ONU y las instituciones económicas actuales no son suficientes.

P. ¿En qué debe consistir esta segunda mundialización en la que estaríamos inmersos?

R. La globalización económica ha sido muy cruel, pero ha ido paralela a una mundialización de los derechos humanos, las democracias y una cultura planetaria. Una mundialización humana que no reduzca el mundo a un asunto de mercado. Nuestra paradoja histórica es que Occidente ha sido el sujeto de la dominación, pero también el precursor de las ideas de emancipación: una corriente autocrítica que parte de Bartolomé de las Casas y que llega hasta hoy.

P. Y ¿qué es el pensamiento “ecologizante”, señor Morin?

R. Una corriente que nace en los años 60 y cuya primera materialización se dio en el Club de Roma, año 70, que advertía que el desarrollo técnico constituye un peligro común. Luego se sucedieron las catástrofes como Chernóbil, las lluvias ácidas y el agujero de ozono, y así la conciencia ecológica se extendió a muchos sectores de la opinión pública y la política, de ahí las reuniones de Río de Janeiro, Kioto o Sudáfrica.

P. A su juicio somos víctimas de la tecnociencia burocratizada y el nacionalismo étnico. ¿Qué propone para liberarnos?

R. Tiene que darse una revolución del pensamiento científico, que en su modo clásico separa las disciplinas del saber y excluye el gran conocimiento. Por otro lado, los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo a que la occidentalización destruya la autenticidad y singularidad de las culturas. Cuanto más se extiende la mundialización, más crece la resistencia a conservar la identidad; una resistencia férrea que se asienta en las raíces étnicas y religiosas. Además, gran parte del planeta vive sin perspectiva de futuro, desengañada del progreso, que tiene sus rasgos regresionistas. Si a esta angustia de futuro le unimos un presente malo, la gente se vuelve hacia el pasado en busca de una solución. Y si a todo esto añadimos el fallecimiento de las fórmulas socialistas y de nuestra democracia, y la incapacidad de la economía liberal, el resultado es el resurgimiento de una visión del islam como oposición a la civilización occidental. Esta lucha de civilizaciones, planteada como lucha religiosa, es muy peligrosa.

P. Es un panorama muy sombrío…

R. No soy ni pesimista ni lo contrario: soy consciente y vigilante. Cuando un sistema no puede abordar sus problemas vitales, el desenlace es desintegración o metamorfosis. Hoy el sistema planetario es incapaz de solucionar problemas como el hambre o las guerras. Existe una probabilidad de catástrofe, pero también una improbable mejora: confío en los pensamientos minoritarios o dispersos de cambio en la evolución, pero hace falta mucha voluntad.

P. ¿Bastaría con retomar la filosofía como método de reflexión y conocimiento?

R. No, porque la filosofía también está cerrada en sí misma. Los científicos, los políticos, los expertos no reflexionan sobre los acontecimientos, sobre la actualidad más allá de hoy; no leen: no tienen un pensamiento global. En tiempo pasado la filosofía servía a los políticos para reflexionar; pensemos en Tocqueville, Proudhon, Marx… eran pensadores de la evolución del mundo. Hoy en día esto ya no existe, además nadie tendría tiempo de leer sus obras. Falta un pensamiento complejo para analizar una realidad compleja.

P. ¿La culpa es de la cultura científica, que fragmenta, que no promueve la reflexión?

R. No hay una culpa concreta, es producto de una evolución histórica que comenzó con la separación de la filosofía y la ciencia, cortando la comunicación entre ambos saberes. Y luego la ciencia se subdividió en disciplinas de lenguaje esotérico, y la técnica desarrolló el saber analítico y despreció la síntesis. Hay una inteligencia ciega: se necesita una resurrección del pensamiento complejo.

P. Pero, ¿a quién beneficia que el ciudadano no entienda, por ejemplo, el curso de la economía? ¿No es más fácil dominar a los ciegos?

R. Sí, pobrecitos que no pueden entender los asuntos de expertos y científicos, pero es evidente que los que dominan también están dominados por este modo de pensamiento.

P. Propuso ante la UNESCO una reforma educativa. ¿Lo fundamental en la primaria es la curiosidad natural?

R. Eso es evidente, todo parte de las preguntas esenciales que se plantean los niños: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. La reforma educativa necesita revisar los asuntos vitales: qué es la identidad humana, cuál es nuestra identidad física, nuestra relación con el universo o cuál es la realidad de nuestra subjetividad, asuntos que sólo encontramos en la literatura, que la educación rechaza como si fuera un lujo. No se enseña cómo afrontar la incertidumbre, ni la comprensión humana, ni el conocimiento como fuente de ilusiones y equivocaciones.

P. ¿Qué dicen los expertos en educación secundaria cuando les explica que lo fundamental es magnificar las humanidades y el arte?

R. Son gente que vive en el inmovilismo y están tan ciegos que les satisface la situación actual de la enseñanza. Esta reforma, de la que soy un inspirador, ha tenido eco sobre todo en América Latina, y en España, Portugal e Italia, donde la están desarrollando en varios institutos.

P. ¿Por qué un ser sin capacidad para apreciar el arte es un ser incomprensivo?

R. Creo en las virtudes integradoras de la filosofía, la poesía y las artes en general. No se trata de leer por el placer de la literatura, sino como un modo de comprensión del mundo. Mi idea antropológica del ser humano no se reduce al ser racional, sino al ser poético, mitológico, lúdico. Actuamos por obligación, para sobrevivir, y éste es nuestro rasgo prosaico, pero luego está la cualidad poética, que son los sentimientos, las emociones, las comuniones, los placeres.

P. Según sus reflexiones, todos llevamos dentro un sabio (el homo sapiens, brillante) y un loco (el homo demens, oscuro), ¿sólo vive en paz aquél que logra conjugar sus dos yo?

R. No hay una frontera entre ambos, si bien uno puede perder toda su racionalidad cegado por una locura de odio o de amor. La cuestión está en salvaguardar una pequeña luz de razón en las pasiones, y conservar pasión en las razones. Éste es el juego de la naturaleza afectiva del humano: no existe la razón pura y fría.

P. ¿Usted ha conseguido ese equilibrio en su vida?

R. No hay un equilibrio estático, sino una dinámica permanente. La felicidad encierra infelicidad: si yo soy feliz porque amo a alguien, tengo que pagarlo con la posibilidad de que se muera o desaparezca. Ésta es la nueva sabiduría que debemos entender, porque ya no existe la sabiduría antigua, que se alcanzaba eliminando la pasión, la poesía de la vida.

P. Señor Morin, ¿cuál es su primera vocación, la metáfora, la escritura o la voluntad de comprensión?

R. La metáfora ayuda al entendimiento. La escritura se ha convertido en mi modo natural de comunicarme con los otros y con el universo, y de comprender: va todo junto. Un libro es como un árbol cuyas semillas se las lleva el viento, y así nacen nuevos árboles.

P. ¿Y su oficio?

R. Yo no tengo una carrera, sino una vida, que no puede reducirse a la sociología. Fui profesor en la Escuela Superior de Estudios Sociales de París, y en algunos países extranjeros, pero mi trabajo como director de investigación en el CNRS me ha permitido la libertad de evolucionar sin estar prisionero de una disciplina.

Edgar Morin disfruta sembrando su pensamiento, como semillas, viéndome esta mañana ahí enfrente con gesto admirado, abobada ante su lucidez y su tanto saber. Así que cuando anuncio una última pregunta, “¿la última?”, repite él, con pena. Sí, ¿qué le ocurre al hombre cuando busca la verdad absoluta?

R. Las únicas verdades absolutas son los hechos pequeños, como este encuentro. Pero sobre las grandes cuestiones no hay verdad absoluta, sólo misterio: son las limitaciones de la mente humana.

La máquina de afrancesar inmigrantes

Hablaba Edgar Morin hace años del colapso de lo que él llama “la máquina de afrancesar inmigrantes”, que tan bien había funcionado con las hordas extranjeras (incluidos sus propios padres) llegadas al país desde el siglo XIX. Pero pasan los años y el complejo de inferiorirdad de los inmigrantes aumenta, viven en barrios aislados, en situaciones insostenibles, un hecho explosivo que va gestándose hasta que en diciembre del pasado año estalla una lucha urbana (guerrillas contra la policía, quemas de coches) que se prolonga hasta nuestros días. Pero ni esto ni la reaccionaria respuesta oficial ensombrecen su pensamiento planetario, avieso, vigilante: “No me parece un fracaso total: sus propios ídolos pop les están pidiendo que dejen las revueltas y voten. A la vez, los franceses se han tenido que plantear ser más solidarios y menos racistas, pese a la reacción de miedo que manipula el Gobierno con sus medidas restrictivas.


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