“¿Quién dijo que la cultura no era una industria?”

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Posted July 27, 2012 by Miss K. in Entrevistas
Foto de Claudia Celli Simo publicada en Flickr

Miss K entrevista a Edoardo Nesi

Escribió un lúcido ensayo en forma de relato sobre las razones de la Gran Depresión europea, así, en mayúsculas. “La historia de mi gente” es un libro necesario, que ha sido celebrado por miles de lectores y reconocido con los más prestigiosos premios (Strega 2011 entre otros). Pero su tarea no terminó ahí: ha escrito un nuevo libro, “Una vida sin ayer”, que Salamandra publicará en octubre, donde Edoardo Nesi (economista, empresario textil desmantelado, gran escritor; Prato, 1964) cuenta a las nuevas generaciones que el futuro es posible y está en sus manos.

Edoardo Nesi es una suerte de visionario que hace ya dos años alarmaba sobre las peligrosas teorías liberales a ultranza de un profesor de economía, rector entonces de la Universidad Bocconi (factoría de las élites italianas). El profesor era Mario Monti, que dos años después dirige los designios de Italia desde una no electa Presidencia de Gobierno, orquestada con urgencia para un país en vías de “rescate”. Tiene miedo Nesi, y así, temeroso, suena esta mañana al teléfono desde su casa en la Toscana:

el nuevo mundo necesita gente joven para tomar decisiones. Nuestros septuagenarios dirigentes son incapaces de dar respuesta a los problemas de la gente, porque continúan aplicando un sistema de valores antiguo que hoy está obsoleto”.

Y ¿cuál sería la diferencia capaz de devolvernos el futuro?, le pregunto.

Construir sin mirar el pasado inmediato, volver a hacer uso de nuestro legado cultural, el mismo que hemos vendido al mercado globalizado con la falsa idea de que todos somos iguales en el planeta

Y pone un pequeño ejemplo, muy gráfico:

en torno a la Torre de Pisa cientos de comerciantes ambulantes aprovechan el tránsito de gente que en masa acude a contemplar nuestros patrimonio histórico, artístico y cultural. Pero ¿quiénes se benefician de ese negocio irregular? ¿Quién dijo que la cultura no era una industria?”.

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Hace unos años, Edoardo Nesi le contó a su hija adolescente una historia sobre un mundo feliz construido sobre valores culturales. Ella le pidió que escribiera aquel cuento.
Miss K.- ¿Es este nuevo libro el cuento prometido?
Edoardo Nesi.- (Se sonríe) No, pero es probable que algún día lo escriba. Todos los días lamento cómo desperdiciamos nuestro legado cultural, porque hemos vendido nuestro alma y nuestra creatividad a la globalización bajo la errónea idea de que todo es igual, que el planeta es uno e idéntico.
-M.K.- Nuestros abuelos crearon un mundo próspero después de la II Guerra Mundial, crecieron de la nada; nosotros en cambio hemos crecido con todo para llegar a ser este pueblo empobrecido y sin esperanza de futuro para nuestros hijos. ¿Cuál de estas situaciones le parece más dura?
E-N.- La actualidad, sin duda. La gente que sobrevivió a la II Guerra Mundial encontró ante sí enormes posibilidades de recuperación. Y tendemos a olvidara que el movimiento económico que se produjo trajo consigo no sólo la prosperidad y el bienestar, sino las condiciones necesarias para el desarrollo de los derechos y las constituciones en la mayoría de los países europeos. Nuestros derechos y nuestro bienestar son recientes y son producto de aquel crecimiento económico, y son esos derechos los que ahora peligran.
M.K.- ¿Podríamos decir que somos la primera generación destinada a vivir peor de lo que vivieron nuestros padres?
E.N.- Sí, definitivamente, y es el mayor fracaso de nuestro tiempo: por primera vez, esta nueva generación heredará un mundo más pobre que el que recibieron sus padres, además de una realidad profundamente diversa, arbitraria e incierta. La gente mayor se empeña en decir que las nuevas generaciones no trabajan lo suficiente y no lo hacen bien, y esto me parece terriblemente injusto. Nuestra generación ha sido testigo del crecimiento del sistema económico, y tenemos que reconocer que las condiciones de vida eran muchísimo más fáciles entonces que ahora, después de su colapso. Basta observar por ejemplo las actuales condiciones de trabajo: ¿cómo puede cualificarse un trabajador si su puesto está sometido a una constante movilidad y temporalidad?
M.K.- Estamos convencidos de que el futuro será aún peor, ¿es ésta la razón de nuestro silencio y nuestra pasividad?
E.N.- No, yo creo que el problema es que parece que sólo existiera un sistema de valores. Mira por ejemplo Italia: la gente que toma las decisiones son todos septuagenarios, y yo me pregunto, ¿son válidos para afrontar los problemas de los jóvenes, cuando su sistema de valores está absolutamente obsoleto? Dicho de otro modo, ¿es su experiencia todavía válida, como solía serlo? No lo creo, porque este mundo globalizado es totalmente nuevo y no se puede entender desde su viejo sistema de valores. Este nuevo mundo necesita gente joven a la cabeza, allí donde se toman las decisiones.
M.K.- En España empieza a temerse una revuelta social, los más viejos comparan la situación de hoy con aquella que dio pie al levantamiento y la guerra civil. Entonces había un claro enemigo, que era el comunismo, pero ¿quién sería hoy nuestro enemigo?
E.N.- El problema es que resulta muy difícil señalar un enemigo, aparte del sistema de valores. Nuestra más bella y positiva idea de futuro era la construcción de Europa, y hoy está en gran peligro, porque se reduce a una teoría incapaz de afrontar los problemas reales de la gente. Hay una distancia insalvable entre el discurso de los líderes políticos europeos y lo que realmente la gente necesita. Hablar de un estallido social es poner el dedo en la llaga: yo creo que la gente está tomando conciencia de la gravedad de la situación, al menos aquí y en España, y realmente temo que sí se dé esa revuelta social en un futuro muy próximo.
M.K.- ¿Al punto de un levantamiento popular?
E.N.- Sí, porque naciones como Grecia, España o Italia necesitan respuesta a sus problemas: no podemos permitir que el sistema social se derrumbe de un día para otro, es un terrible shock. Mientras el desempleo no deja de crecer hasta cotas sin precedentes y nadie parecer tener la solución, no se toma medida alguna para atajarlo.
M.K.- ¿Tan temible le parece el panorama?
E.N.- Sí, claro. Mira lo que sucede en Italia: hace dos años, y así lo escribí en “La historia de mi gente”, Mario Monti era profesor y rector de la Universidad Bocconi, y fue uno de los grandes valedores de la globalización incontrolada. ¿Cómo va a ser ahora capaz de tomar medidas para cambiar esa situación cuando fue su precursor? Era una de las más influyentes voces internacionales a favor de este funcionamiento global del mundo, mientras yo escribía el libro alertando del peligro que esto supondría; y ahora, mira, es nuestro jefe de Gobierno, parece una desgraciada premonición.
M.K.- Hablaba también usted de “la invasión que vendrá”, alertándonos de una nueva y masiva migración procedente de China, ¿no es algo exagerado?
E.N.- Bueno, me refería a la situación concreta de Prato, mi ciudad (donde un 25% de la población es china). Pero realmente no creo que vayamos a recibir mucha más inmigración procedente de China, por el simple hecho de que la situación hoy es mucho más próspera allí que aquí. Allí viven un fuerte desarrollo económico frente a nuestra demoledora crisis: incluso los negocios chinos de Prato hoy están en crisis.
M.K.- Entrevisté recientemente al director de Altagamma, la asociación que reúne las más potentes firmas del mercado de lujo italiano o el llamado Made in Italy, y le pregunté si había leído su libro. Evidentemente, sí lo conocía, y me aseguró que nunca jamás en Italia se produciría un segundo caso como el de Prato, que tuvo que cerrar y desmantelar su próspera industria textil y curtidora a causa de la competencia feroz de los chinos. ¿Qué le diría usted al señor Branchini si pudiera escucharle?, ¿cree sus afirmaciones?
E.N.- Le diría que tome buena nota del caso que hemos sufrido en Prato, que es muy buen ejemplo a tener en cuenta en toda Europa. Primero porque ha sido el primer lugar europeo donde ha incidido la globalización, y segundo porque el sistema productivo que teníamos era ejemplar y debiera estudiarse en los libros de empresa: se basaba en pequeñas factorías que trabajaban coordinadamente para ofrecer un servicio de alta calidad, y que daba trabajo y cualificación a miles de personas que venían de zonas deprimidas, como el Sur de Italia, aprendían el oficio y tenían grandes posibilidades de llegar a ser ellos mismos empresarios. Y esto sucedió desde la posguerra hasta ayer mismo, que la globalización rompió la estabilidad de los precios de producción.
M.K.- Habla usted de muchos otros casos de centros manufactureros italianos donde la globalización rompió el status quo, ¿no es cierto entonces que el caso de Prato, si bien singular, no es único?
E.N.- Sí, es cierto, todo el sistema manufacturero italiano está en peligro, y no solamente me refiero a la producción textil, sino calzado, cerámicas… toda producción artesanal. Pero Prato fue un caso límite, sí.
M.K.- Edoardo, las generaciones anteriores a la nuestra, la nuestra también, crecieron maravillados por el dinero, olvidando los fundamentos culturales y el arte. Pone usted como ejemplo contrario la labor de mecenazgo de los Médici en la Florencia renacentista. ¿Es este olvido la raíz última de nuestra actual decadencia?
E.N.- Mira, recientemente un ministro de Economía italiano hizo esta declaración: “La cultura no da de comer, no se come”. Me parece de una ceguera alarmante. Pensemos sin ir más lejos en Pisa, aquí al lado, la cantidad de gente que se aprovecha del turismo cultural para vender miles de cachivaches baratos fabricados no sé dónde. ¿No crees que el Gobierno pudiera aprovechar mejor el beneficio que deja este turismo cultural en países como Italia y España? Pero no, abandonan la cultura porque no la consideran una industria productiva, cuando la cultura sí es una fuente de ingresos de primer orden.
M.K.- Ha citado al escritor norteamericano Richard Ford diciendo: “Nuestra economía sucumbirá a un acto de imaginación”. ¿Es éste el mensaje positivo que quiere dar a las jóvenes generaciones en su nuevo libro, “Una vida sin ayer”?
E.N.- Quiero decir, desde el respeto, que nuestro reciente pasado no va ayudar a los niños que hoy están en el colegio; que las nuevas generaciones deberán olvidar el ayer para empezar a pensar en el futuro. Es terrible que hoy no seamos capaces de planificar ni siquiera cómo viviremos dentro de un año. Nuestros padres confiaban en el mañana, sabían que siempre les depararía algo mejor, y nosotros tenemos que encontrar el camino para volver a confiar en un futuro, creerlo y luchar por ello. Y para ello, nuestros jóvenes necesitarán armarse de ideas renovadas que nosotros ni siquiera deberíamos intentar comprender, y convertirlas en realidades.


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