Aguantando la risa con Eduardo Mendoza

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Posted June 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Acababa de recibir el Premi Planeta (2010) con su novela Riña de gatos. Madrid 1936 (Booket Logista). Sátira patria en los prolegómenos de la Guerra Civil sin mencionar la G.C. No defrauda Mendoza, capaz de reírse, serísimo y súper documentado siempre, del más pintado; en este caso, José Antonio Primo de Rivera. Tampoco dejan de sorprender sus opiniones sobre lo social y la política, lo catalán y lo global. Y por si fuese poco, nos habla de sus pasiones íntimas.

“No entiendo cómo puede estar conquistando el mundo un país (China) que sólo vende budas de porcelana y plástico en unas tiendas horrorosas”

Nos ha confesado una de sus más íntimas pasiones, sino la más íntima: limpiar zapatos. Y uno de sus fetiches preferidos: el lavavajillas Fairy, “porque es el único que no engaña: los platos quedan tan relucientes como en el anuncio”.
Ha ganado el Premio Planeta con “Riña de Gatos”, una sátira o enredo sobre el paisaje humano de Madrid en los prolegómenos de la Guerra Civil, verídica y creíble la sátira de tan surrealista. Y se dispone el premiado a iniciar, en un par de horas, el tour “Corteinglés-NHs”: esto es, bolos y más bolos por España y sus provincias firmando y presentando la novela. Está resignado a ello y así, resignado y amable, nos recibe en su casa “transparente”, sita en “la única calle londinense de Barcelona”. Y es verdad que lo son, la calle, arbolada y majestuosa bajo la vista altiva del Tibidabo; y la casa, acristalada: la luz del día nos visita y nos nubla de continuo como en las salas de cine. Mendoza, Eduardo (Barcelona, 1943) es un señor muy hogareño (oficio de escritor), muy apañado con lo doméstico, y hoy le parece que el salón de su casa está revuelto (que no lo está en absoluto) y se deshace en disculpas ridículas. Cuando confiese su debilidad por la plancha (“a veces, en lugar de salir a tomar un gin tonic, que entonces ya no vuelvo, me plancho por ejemplo una camisa”), por la cocina requemaruja (copia recetas del programa de Arguiñano), por el orden y la limpieza, sólo entonces entendemos que no eran un cumplido las disculpas. Es que él lo siente así. Nota: sería agotador abrir paréntesis en cada respuesta con la consabida acotación (risa), de modo que sobreentiéndala, la risa de principio a fin.
-Si tenemos que creernos que el premio no estaba pactado, dígame, ¿a qué jurado se le hubiera pasado por alto la autoría del manuscrito, que lleva a fuego el sello de su ironía?
El jurado no sabe nunca quién se ha presentado y, de los siete, que son todos amigos y me conocen bien, sólo dos adivinaron que el manuscrito era mío. El Planeta no es tan amañado como muchos creen, aunque sí se pide a determinados escritores que se presenten.
-¿Ha llegado más allá en su capacidad de ironizar sobre lo trascendente?
Es la primera vez que me he planteado algo que siempre quise evitar, porque era demasiado próximo: la Guerra Civil. De la que no hablo en la novela, de hecho ningún personaje sabe que va a suceder, y eso es lo que me interesa. Nací en el 43 y la guerra era el tema de conversación, no había otro, de modo que para mí era casi una historia de familia. Pero el tiempo te distancia, y después de que una generación más nueva ha hablado del asunto con menos implicación moral (Javier Cercas especialmente), casi como novela de aventuras, me he sentido más liberado para entrar en él sin tomar postura.
-¿Por qué no se agota esta guerra como asunto literario y cinematográfico? ¿Acaso debiéramos saber algo más sobre lo que ocurrió para poder sellar la memoria de una vez?
El poder discutir de ello abiertamente, el debate público sobre la Memoria Histórica, ha servido para que dejemos de sentirlo como el pecado original que cada uno lleva en su alma. Y no se agota porque junto a la II Guerra Mundial y el Holocausto es para los occidentales el último gran cuestionamiento de nuestra civilización. A igual que las novelas del XIX sólo hablaban de las guerras napoleónicas, nosotros nos quedamos con los años 30: la última explosión. Pero por fin Europa ha entrado en decadencia y nos hemos quedado al margen; ahora, que los países emergentes hagan lo suyo.
-¿China será la próxima protagonista?
No se puede hacer profecía, puede que sea un nuevo ciclo histórico o un globo que se pinche. Yo personalmente no entiendo cómo puede estar conquistando el mundo un país que sólo vende budas de porcelana y plástico en unas tiendas horrorosas. No tienen recursos naturales ni industria ni armamento. ¿Sólo con chucherías se han adueñado de la deuda externa de Estados Unidos? Claro, a base de un doble margen de beneficio; pero ¿cuánto les durará?, ¿se producirá una revolución social? Y además, los chinos no me caen bien, no son simpáticos. Y los japoneses me parecen los más tontos del mundo.
-Pues volvamos a lo nuestro. Dice usted que no hubo dos bandos ni dos Españas enfrentadas, sino un auténtico guirigay, ¿fue éste el principal filón para escribir Riña de gatos?
Sí. Se trata de una reflexión ya tardía, revisionista, y un intento de superar el maniqueísmo. Y me interesaban mucho los personajes, y el más fascinante para mí fue José Antonio. Uno nunca sabe cuándo nace una novela, se van haciendo solas, pero en el 2003 se cumplió el centenario de su nacimiento y con tal motivo los periódicos sacaron una nota de 10 líneas en la página 9, y entonces pensé: hace unos años José Antonio tenía la avenida más importante de todos los pueblos de España y hoy importa menos que un jugador de segunda. Entonces busqué su historia, cómo lo manipulan y cómo, muerto ya, lo convierten en mártir y silencian a su entorno, que se desentiende.
-El Papa ha comparado nuestro laicismo de hoy con el anticlericalismo vandálico de la preguerra civil. ¿Acaso venía a alborotar los ánimos?
No sé cómo se le ocurrió decir este disparate. ¡Pero si vino a consagrar uno de los edificios más feos del mundo y allí estaban todos! Reyes, presidentes de Gobierno, ¡todos en misa…! Es verdad que éste es un país laico, pero yo no sé de nadie que vaya por ahí quemando iglesias, ni nadie tiene ya un cura escondido en el sótano. Vino en su línea dura, sí: la mujer en casa a cuidar de los niños; pero qué cosa, ¿no?
-Mendoza, tiene bemoles por su parte acercarse a la figura de José Antonio en clave de humor, ¿fue en realidad semejante paradigma de la estupidez patria, semejante botarate, capaz sin embargo de arrastrar legiones de jóvenes?
Después de atreverme con el niño Jesús (“El asombroso viaje de Pomponio Flato”), me atrevo con todo. Yo creo que sí, que era bastante botarate. Hace años tuve un proyecto para el que me leí todo el discurso programático de los falangistas y me sorprendió lo poco sólidos que eran: no tenían una ideología.
-¿Puro romanticismo?
Sí, y un furioso anticomunismo: esa es la clave. Y entonces, claro, pensaron: la democracia es un sistema corrupto y lo que se nos viene encima es el comunismo, y lo único que puede hacerle frente es el fascismo, que había convertido a países que estaban en situación precaria, como Italia y Alemania, en grandes potencias. Pero poco más pensaron. José Antonio proponía nacionalizar la banca, entonces iba a la derecha madrileña y a los bancos vascos a pedir dinero, y lo echaban escaleras abajo. Y en Barcelona quiso ganarse a los anarquistas, y también salió por piernas. Ah, es que no me entienden en ninguna parte; pero si es que no dices más que bobadas, hombre. Y aún así, atrajo a toda una generación de intelectuales y poetas románticos.
-Que no sabían si eran fascistas o anarquistas, ¿no es cierto que ambos extremos anduvieron próximos?, ¿no era esa la esencia del hedillismo, por ejemplo?
Sí, exacto, eran sobre todo antisistema. La mayoría de los intelectuales catalanes empezaron ahí de jóvenes y luego constituyeron la vertiente civilizada o progresista de la propaganda, que fundó la revista Destino y La Codorniz. Ahí están Cela, Eugenio d´Ors, Castellet, Ridruejo, Pla, Torrente Ballester… Y ahora no vale hacer de portero de discoteca de la Historia y decir éste entra y éste, no; porque si estás en aquel momento y has visto lo que ha pasado aquí y allá, ¿qué haces?
-Mendoza, esa forma suya de ironizar, ¿la aplica también a los asuntos domésticos y diarios? ¿La necesita para existir?
Es que no se me ocurre ser de otra manera, no he tenido opciones para elegir y comprobar con cuál vivo mejor. Toda la vida he sido así. Lo único que decides es llevar esto a la literatura o no, y yo decidí contar las historias tal y como soy. Además, es la mirada con la que todos vamos por la calle; se comprueba en la televisión: todo este belenestebismo, que debe de ser la política en la que vivimos inmersos, es como vernos a nosotros mismos en los espejos deformantes de la casa de la risa.
-¿Así es también como se ve Mendoza a sí mismo?
Yo no me veo, lo que es una suerte. Yo creo que no nos vemos y sobre esta base funciona el mundo: sólo vemos ideas que tenemos de nosotros mismos, y reflejos de otras miradas. El negocio más floreciente que existe, que es el de la moda, radica en que todas las mujeres crean que si se ponen aquel vestido serán iguales que Kate Moss. Así que compran el vestido, carísimo, se miran al espejo y, en lugar de pegarse un tiro, ven a Kate Moss: soy yo. En este barrio (Sant Gervasi, nivel) cierran todas las tiendas menos las de ropa fea de señora: esas no cierran nunca, cierran las panaderías. Nadie dice, como soy feo, me pondré ropa barata, o como no tengo gracia ni razón, me callaré; no, esto es una idea que nadie tiene de sí mismo, porque no nos vemos.
-Acercándose tanto a la Historia y a la realidad, ¿no teme a veces caer en el ridículo?; o sea, decir chorradas.
Sí, por supuesto, y por eso también me protejo con el humor; y si alguien me dice, esto es una tontería, respondo, ya, era para hacer reír: siempre estoy cubierto. El humor es la red para hacer algunos saltos mortales, y si te caes decir, no, lo he hecho ex profeso.
-A primera vista es usted un señor comedido, ¿siente en la vida el pudor que no practica en la literatura?
Como soy tímido, me porto bien para que no me hagan salir a la pizarra. Sí, por eso me comporto con pudor.
-Se considera un hombre de suerte, ¿por qué?
Mucha suerte, sí. Todo lo que he hecho, siempre de forma poca reflexionada, me ha salido muy bien; profesionalmente no he podido tener más suerte. Escribí mi primer libro (La verdad sobre el caso Savolta) y no se publicó hasta dos años después, en el momento más oportuno, empezaba la Transición y lo que la novela contaba adquiría toda importancia. Escribo sobre Barcelona (La ciudad de los prodigios) y nos dan los Juegos Olímpicos. Siempre he caído de pie en cosas que no dependían de mí. Y las pocas decisiones inmediatas que he tomado, han tenido consecuencias a largo plazo muy beneficiosas: como irme a Nueva York equivocadamente (traductor de la ONU), creyendo que había pedido plaza para Ginebra, y la ciudad de repente se convierte en la capital cultural del mundo. Así que estoy encantado.
-¿Se hizo escritor porque hablaba demasiado?
Sí, hablaba por los codos. Pero como todo el que escribe, me hice escritor porque me gustaba leer y que me contaran cuentos y ver películas de indios, y quería imitar a aquellos que me producían tanta emoción. Y los que tienen mucha imaginación quieren ser indios o vaqueros, y los que no tenemos tanta, queremos ser el guionista. Los escritores no tenemos imaginación, por eso escribimos: para vivir un mundo fantástico, simbólico, como el hincha de fútbol que va al aeropuerto a recibir a su equipo y ser feliz. El resto, acabamos de entrenadores, o escritores.
-Mendoza, si el escritor, en su opinión, no ha de tener ideología política, ¿por qué usted sí la tiene?
Quisiera creer que no la tengo como escritor: como ciudadano es inevitable tenerla. En cuanto eliges un tema y unos personajes ya te pones en una tesitura ideológica, pero en el momento de escribir hay que procurar no hacer un malo y un bueno, y dejar el planteamiento abierto, sin que se note ver a favor de quién estás.
-Le pregunto como ciudadano: vuelve la derecha, ¿preparado?
No comulgo con las ideas de la derecha y preferiría una izquierda, pero estoy resignado a las alternancias de una democracia basada en el mercado y el desgaste, y hasta cierto punto creo que es bueno. Y la derecha española, que en algunos aspectos es muy vociferante, en lo práctico hasta ahora ha sido más respetuosa con las libertades sociales que las derechas europeas.
-Pues a ver qué pasa ahora, que vienen bastante calientes.
Sí, pero ya no se puede amordazar a la opinión. Los españoles somos mejores de lo que parecemos.
-Se va el tripartito, ¿por fin?
Sí, por fin. La gestión ha sido espantosa.
-Increíble, tratándose de catalanes, ¿no?
Pues no: uno se lo imagina perfectamente. Cataluña es muy feudal y cerrada, una sociedad de comerciantes muy parecida Italia, que ha vivido muchos siglos lejos del Estado y se ha acostumbrado a entenderse sólo consigo misma. Ahora le ha tocado abordar temas de Estado como la inmigración, el desempleo o la crisis, y lo ha hecho con su mentalidad de tendero.
-Nos someten cada día a más normativas y prohibiciones, ¿esto le parece de izquierdas?
Estamos mal acostumbrados; después de la II Guerra Mundial, Occidente ha mantenido la paz y la estabilidad a base de bienestar y libertad, y cuesta volver atrás. Mi generación fue la primera que no fue a la guerra, no hemos pasado hambre, hemos tenido abundancia material, y estamos tan quejosos, que hasta me da rabia. Si te das una vuelta por otro hemisferio, te preguntas, pero bueno, ¿de qué nos quejamos?
-Pero bueno, Mendoza, a este paso nos van a prohibir la risa. Y entonces, ¿qué?
No sé, como a mí ya sólo me interesa quedarme en casa y a lo sumo salir a cenar con cuatro amigos, no más, pues ya no me afectan las prohibiciones. Y los jóvenes cada vez practican más su exilio interior. El problema es que los viejos tenemos que jubilarnos de la vida civil, y nos negamos.

Un escritor de suerte

Es una de las pocas consideraciones que tiene sobre sí mismo. Que por qué: “Porque es verdad: profesionalmente no he podido tener más suerte. Escribí mi primer libro (“La verdad sobre el caso Savolta”) y no se publicó hasta dos años después, en el momento más oportuno, empezaba la Transición y lo que la novela contaba adquiría toda importancia. Escribo sobre Barcelona (“La ciudad de los prodigios”) y nos dan los Juegos Olímpicos. Siempre he caído de pie en cosas que no dependían de mí, e incluso en las pocas decisiones inmediatas y erróneas que he tomado, como aquella de irme a Nueva York equivocadamente creyendo que había pedido plaza para Ginebra (traductor de la ONU), y de pronto la ciudad se convierte en la capital cultural del mundo. Así que estoy encantado”. Encima ahora le dan el Planeta, justo cuando el futuro de los libros pende incierto de la galaxia electrónica y él mismo ya vislumbra su fin. Olvidé preguntarle qué opinaría Gurb de todo esto. Ya saben, el extraterrestre que se perdía en la Tierra bajo la apariencia de Marta Sánchez (“Sin noticias de Gurb”), de modo que él y sus colegas nos devolvían una mirada satírica de nuestra absurda existencia urbana.

Aprendiendo a leer

Le he pillado en una contradicción: por un lado dice que los niños no debieran buscar diversión en la lectura sino conocimiento, y por otro, que la novela ya no tiene más valor ni función que la de divertir: ¿en qué quedamos? “La novela se ha convertido en puro entretenimiento porque ha perdido su autoridad moral, pero sobrevive porque forma parte de nuestro ADN. Antes era la fuente de información de la humanidad occidental y ahora, cualquiera puede tener una gran experiencia vital: el señor que vende pescado se va de vacaciones al Himalaya con un sherpa, hacemos cosas rarísimas. Y entonces la novela, qué te va a contar. Se ha convertido en el entretenimiento de verano bajo la sombrilla, que me parece absurdo: yo en la playa disfruto del mar, del sol, de las chicas estupendas en top-less… ¡Cómo me voy a traer aquí una novela! Es como ir a ver un partido de fútbol con un libro”. Vale, y ahora, ¿cómo convencer a un niño de que lea no por diversión sino por ansias de conocimiento?, ¿cómo acaso lo logró él con sus dos hijos (de veintitantos)? “Leyéndoles cada noche cuando se iban a dormir. Me he leído El hobbit cuatro veces seguidas en voz alta, me aburría como un perro. Hasta que llegó un momento (9 años aprox.) en que a media novela les dije: si quieres saber lo que pasa, léelo”.

De Azaña a Zapatero

-Se intuye un paralelismo entre la actitud del presidente Azaña, empecinada en el diálogo, ciega a la realidad, y el buenismo de Zapatero en medio de la crisis diciendo que nuestra economía va bien y nuestra banca es la más saneada del planeta. Le pregunto sí es un efecto provocado o es una conclusión de lectora.
No se me había ocurrido ni creo que sean equiparables. Pero aún así, comprendo tu interpretación, sí, puede verse. Pero Azaña sí sabía del peligro que existía, y confío demasiado en que nadie se atrevería a dar el primer paso y en que el resto de Europa no permitiría un nuevo fascismo, y se equivocó. Y esto se lee en sus diarios después de la guerra: un desengaño tremendo del que se siente muy responsable. Azaña, junto a Prieto y Gil Robles, es uno de los poquísimos personajes que salen bien parados de aquel entonces, los únicos que no se aprovechan del poder. Pero claro, el aquel momento (vísperas o preparativos del Alzamiento), el desengaño es tan grande que está completamente solo, no tiene un partido detrás, se dedica a las coaliciones, como sucede ahora con los grupos bisagra.
-Pinta usted a José Antonio como un personaje de cómic, ¿en que se inspiró?
En sus biógrafos y en escritos de la época. Y sí, es un poco de cómic: era muy simpático, guapo, señorito y seductor, hasta sus enemigos parlamentarios como Indalecio Prieto coinciden en ello.


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