Todas las vidas del “mejor escritor europeo de novela negra”: Víctor del Árbol

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Posted June 12, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Es policía desde hace 20 años pero antes aún era ya escritor. No lo supimos hasta que Francia le coronó como el mejor autor de novela negra en Europa y lo convirtió en un bestseller. “La tristeza del samurái”, un thriller de calado psicológico y escrito desde las vísceras y la experiencia, se ha editado en medio mundo. Víctor de Árbol nos desnuda el alma, advierte que sacará nueva novela en octubre y anuncia que dejará de ser un buen policía para ser sólo escritor.

Hemos quedado en el Modelo, bar de comidas frente a la cárcel de Barcelona, donde los fines de semana se reúnen las familias antes de acceder en turno de visita a sus presos. El local está cerrado por reformas, así que vagamos por las calles colindantes a la penitenciaría, desiertas en este puente de mayo, buscando un café donde sentarnos a conversar. Pero la conversación no espera.

-¿La modelo es tan terrible como la pinta usted en la novela?
-Es mucho peor, y huele a cárcel como ninguna otra.
-Y cómo es el olor a cárcel.
-La cárcel huele a desinfectante, a mugre, a sudor, a óxido, a hacinamiento.
-A mí aquí me huele a frijoles.
-Están preparando la cena (son las 5 de la tarde), se cena pronto en prisión.

El olor nos va a acompañar durante horas, penetrante, traído y llevado por ráfagas de viento las aceras a lo largo. Víctor del Árbol sabe de qué habla y escribe cuando se refiere a La Modelo. Estuvo varios años en lo que ellos llaman “la línea”, un servicio especial que los mossos d´esquadra hacen transportando presos peligrosos de aquí para allá, diseminándolos por presidios cuando existe riesgo de motín. Es mosso desde hace 20 años, antes fue seminarista, y desde hace 30, escritor: supo que lo sería con 14 años, cuando ganó su primer premio narrativo en el seminario, y desde entonces no lo dudó, no cejó. Entre tanto, ejerció de estudiante, soldador, sindicalista, etcétera, llevado siempre por una rebeldía contra la injusticia que es su forma de ser. Hoy tiene 44 (Barcelona, 1968) y acaba de ser reconocido en Francia con el premio a la mejor novela negra europea, Le Prix du Polar Européen, por La tristeza del samurái, (un thriller además histórico y sobre todo de hondura psicológica); bestseller en francés, en un solo año ha sido traducido a 8 idiomas y publicado en 12 países además de Hispanoamérica y Estados Unidos. Se ha pasado la vida escribiendo y ganando certámenes, pero no lo conocimos hasta que éste su último manuscrito cayó en manos de Gregori y Antonia Kerrigan (editor de Alrevés y agente literaria), para suerte de los lectores. Un autor que sabe lo que cuenta: conoce el miedo y escribe desde las vísceras.

-Ha dicho que sus argumentos no parten de escenas, recuerdos ni parecido, sino de una pregunta: ¿de qué pregunta surge La tristeza del samurái?
-Quiénes somos, quiénes querríamos ser y en qué nos hemos convertido, que es una pregunta que yo me hago a mí mismo: ese conflicto entre lo que soñamos y la realidad es lo que llamo la tristeza del samurái.
-Samurái como metáfora de lo que uno quisiera llegar a ser en la vida, un sueño que casi nunca se alcanza. Usted parece haberlo conseguido: ¿cree que ha llegado a ser el buen escritor que soñaba ser?
No. Estoy en ello, pero la gran novela que tengo en la cabeza aún no la he conseguido: me falta crecer, como persona y en confianza literaria. El éxito no es lo que digan los demás, ni la crítica ni la cifra de libros vendidos, sino una sensación personal de haber vaciado lo que llevas dentro; y eso, aún no me lo otorgo.
-Víctor, ¿la policía puede ser tan bestia como se cuenta en la novela?, ¿usted ha conocido o conoce a tipos así dentro de las Fuerzas del Orden?
No, yo esto no lo he visto. Describo la policía de una dictadura y un período de descomprensión que mal llamamos transición. En estas circunstancias, uno se siente impune y abusa de su impunidad: se convierte en el monstruo que todos llevamos dentro; y esto ocurre siempre, a menos que uno tenga unos principios morales muy firmes.
-¿La tortura es necesariamente un placer para el verdugo?
Es un fin, que va mucho más allá del dolor físico: la tortura pretende romper el alma del torturado. No consiste en obtener una información e infligir un daño, sino en romper a la víctima y poseerla, que acabe por entregarse y agradecerte que dejes de torturarla. Un torturador es necesariamente un psicópata que carece absolutamente de empatía.
-¿Y usted, disfruta escribiendo estas escenas de sadismo sin límite? Su lectura es por veces insoportable.
Lograr esa reacción es para mí fantástico como escritor: quiero que el lector sienta lo mismo que los personajes; si esto no sucede, si el lector no siente dolor, es que la novela no está bien escrita, es un fracaso. Y no, no disfruto escribiendo estas escenas: lo paso mal porque lo estoy sintiendo, pero tengo un compromiso conmigo mismo. Hay por ejemplo una escena relativa a la campaña de la División Azul en Leningrado que me hizo llorar mientras la escribía, te lo juro. Por eso tardo tanto en escribir una novela (unos tres años), porque me agota, me desbarata, el método se me va, lo vivo y me deja vacío. Y esto es lo que da hondura psicológica al thriller, a la intriga, que es sólo un hilo conductor. Mi obsesión es la realidad, siempre más sucia y compleja que la Literatura, que no es sino un espejo distorsionado. Y algo así no se consigue si no bajas al fondo de las vísceras: de ahí el escenario de esta novela (España, 1941-81), un espacio lleno de sombras donde esto es posible. Pero no trata de la Guerra Civil, sino de unos personajes asomados al abismo que no son arquetipos en función de la novela, sino reales.
-Empezó usted en el seminario, ¿qué hacía en un seminario, cultivarse como antiguamente hacían los jóvenes inquietos y sin posibles, o casarse con dios?
Nací en Torre Baró, una Barcelona invisible, un barrio de montaña que entonces ni siquiera existía como barrio: allí no llegaba ni el autobús. Mi entorno era conflictivo, y los únicos que se ocupaban de nosotros eran los llamados curas obreros. Tuve la suerte que uno de ellos vio algo en mí, el padre Pere, y me ayudó a escapar de allí, me fue apartando del peligro. Y llegó un momento en que yo también quise implicarme, quise seguir su trayectoria y me metí en el seminario diocesano de la Conreria: me pagaban los estudios y me permitieron irme de casa. Allí estuve de los 14 a los 18 años, y ellos me dieron los mimbres para ser quien soy hoy. Pero cuando pasé al convictorio, antes de entrar en el seminario para mayores, viví un conflicto personal con la Iglesia y con Dios, y me di cuenta de que no era mi camino. Conocí a mi primera mujer y me casé.
-Y, si no directamente, pasa de seminarista a mossu d´esquadra. Los mossus no tienen precisamente fama de buenos samaritanos… ¿Buscaba argumentos trabajando en la poli?
No creo que sea contradictorio: son dos cabos de una misma cuerda. Mi infancia y adolescencia estuvieron marcadas por un sentido muy hondo de rebeldía contra la injusticia. Yo quise ser sacerdote para hacer algo bueno por la gente, y con la misma idea me hice mossu en el 92. Entonces el cuerpo era algo muy nuevo, buscaban gente joven con ganas y convencidos de los valores democráticos. Luego a lo largo de estos 20 años me he dado cuenta de que lo legal y lo justo no siempre encaja. Jamás renegaré de este tiempo, pero en julio pediré una licencia y me iré: no puedo seguir sosteniendo estas dos vidas.
-Había empezado Historia y Derecho, y quería ser escritor, ¿por qué empuñó un arma en lugar de un lápiz para ganarse la vida, como copista, escribiente, maestro, qué se yo…?
No quería ser escritor: lo era, desde niño. Una cosa es tu vocación y otra, tus circunstancias, que a mí me llevaron a ser policía, un buen policía, pero yo siempre he tenido claro lo que quiero: si no escribo de 3 a 5 horas diarias, no soy yo.
-Ese “atrapador de historias” que dice ser, ¿realmente no estuvo detrás de su ingreso en el cuerpo de policía?
Inconscientemente, seguro que sí. Ser policía no es nada literario pero, si no caes en los tópicos y arquetipos, tiene algo muy válido para un escritor: ves a la gente como es de verdad, porque cuando llegan a su límite, ahí estás tú, solo, frente a esa persona que tiene miedo, llora, te ataca, está desesperada. Y esto alimenta. Pero no, nunca he tomado una historia real de mi trabajo ni nada más allá de los sentimientos. Yo conozco en persona el miedo, y también los malos tratos, y el sentimiento suicida o la muerte como escape. No escribo desde la academia, sino desde la experiencia.
-Volvamos a la novela. La Transición española se perfila en su opinión como el gran error de nuestra Historia reciente, ¿qué debía haber ocurrido para que fuera más justa?
Se hicieron muchas cosas mal: no se depuraron los sistemas judicial y policial, ni los servicios de inteligencia, ni se juzgó a los responsables criminales de la represión franquista. Así se hubiera dado una transición real y no seguiríamos con el mismo discurso. Sólo hubo depuración después del 23F, que fue una zafiedad, una boutade que se permitió sucediera, a mi juicio, para que fracasara y sentar así las bases de un nuevo orden monárquico.
-Los odios estaban a flor de piel y se aceptó el silencio para rehuir de nuevo el enfrentamiento, pero en su opinión “el olvido y el perdón no son posibles”. Si no tratáramos de perdonar, ¿qué seríamos sino monstruos?
Sí, seríamos monstruos: tenemos que tratar de perdonar, pero el perdón sólo existe en el olvido y es imposible olvidar lo que no ha quedado cerrado.
-Pero ¿cómo vamos perdonar si partimos de que no es posible?
Uno puede aprender a vivir con el rencor y es entonces cuando dice: te perdono. Pero mientras hay memoria, no hay perdón.
-¿Por qué elige una leyenda de samurái, qué tiene que ver el franquismo y su colofón con la soterrada violencia de la cultura japonesa?
La yakuza, mafia japonesa, creó toda una ideología para disfrazar sus crímenes y convertir a sus violentos asesinos en nobles caballeros. La tristeza de mi samurái, su leyenda, es una metáfora de la ideología de la yakuza.
-Víctor, ¿qué cosas no ha perdonado usted, no quiere o no puede perdonar?
No perdonaré nunca a quienes hacen daño a un ser débil que no se puede defender. No podré perdonar nunca a un padre que maltrata a sus hijos.
-Antes aún del seminario, su vocación nació en una biblioteca donde su madre les dejaba a usted y sus 3 hermanos menores, mientras ella trabajaba limpiando casas, ¿dónde sucedía esto?
En el distrito de Nou Barris, la biblioteca de la Guineueta.
-¿Y su padre?, ¿por qué nunca se refiere a su padre?
Mi padre es una ausencia en mi vida. Jamás nos hemos entendido, es muy visceral, viene de una tradición muy violenta, y lo curioso es que nuestras vidas en cierto sentido se han repetido: también él se marcho con 14 años de casa, se apuntó a la Legión, fue boxeador y otras cosas… (silencio). Siempre hemos competido en todo, y un padre no puede competir con su hijo, pero para él la vida es una guerra contra el mundo. Por suerte yo crecí de otra manera, aprendí otras sensibilidades junto a mi madre, que me tuvo con 14 años también. Acaban de divorciarse hace apenas cuatro años.
-Después de este reconocimiento unánime del público lector, editoriales y jurados internacionales, ¿sería capaz de volver a enfrentarse a los 15 M?
Sin ningún problema: he defendido siempre las reivindicaciones del 15 M, pero no su uso partidista del espacio y los derechos comunes; no existe libertad sin responsabilidad, y esto no es de derechas: lo decía ya Montesquieu. No tengo ningún conflicto personal con mi trabajo, estoy muy orgulloso de él, porque sé quién soy. Sólo tengo un conflicto con el reloj: necesito tiempo para seguir escribiendo, ya no necesito ser mossu.

Mis zapatos son mi patria
Sostiene el escritor que su único ideario político es el humanismo: defiende por ejemplo la necesidad de la Memoria Histórica, acusa las medias tintas de la Transición, que no llevó a cabo las depuraciones necesarias, y defiende las reivindicaciones de los 15M pero no dudaría en desalojarlos del espacio público cuando abusan de de él en aras de una libertad a su juicio mal entendida. Y por último, cita a Torcuato Luca de Tena entre sus referentes literarios, algo a todas luces insólito: el escritor que el Movimiento imponía en sus lecciones de Literatura y Formación del Pensamiento Político. “Me da igual quién fuera Luca de Tena, pero una de las mejores novelas que he leído en mi vida es Los renglones torcidos de Dios. Como me da igual lo que piensen Vargas Llosa o García Márquez, a mí me interesan sus obras. Mi única ideología es humana, la política la hacen buena o mala las personas; y pueden acusarme de tibio, perfecto, pero yo sólo intento que se imponga el sentido común. Las banderas sólo sirven para desviar la atención de lo importante: mi patria está en mis zapatos, que dijera Miguel Hernández”.


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