Isabel Allende entrevistada por Miss K.

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Posted February 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Cumple la novelista 70 años y 30, aquella larga carta que se convirtió en el primer best seller del boom latinoamericano escrito por una mujer: La casa de los espíritus. Con ella repasamos la actualidad sociopolítica, sus obsesiones de siempre (el poder impune, la fortaleza femenina) y sus mayores inquietudes hoy, centradas en los peligros que atenazan a los jóvenes y que se plantean en su reciente novela, El cuaderno de Maya, la más moderna de las que jamás haya escrito.

Quiero que cunda el pánico y que todos salgamos a la calle, porque hay que acabar con este sistema basado en la codicia: es insostenible”

“No me siento vulnerable por desvelar mi alma en lo que cuento: al contrario, uno se siente débil y vulnerable por lo que esconde”

Isabel Allende se recuesta en la espalda de Chema Conesa, agachado siempre buscando trebejos en su macuto de fotógrafo, para darle a entender, melosa, lo cansada que está después de cuatro días de premio y agasajos, y agradecerle que no la mueva más allá de la ventana. Ha venido a Madrid a recoger el Premio Ciudad de Alcalá de Henares de las Artes y las Letras. “Me he sentido queridísima”, 200 personas esperaban a las puertas, cubierto el aforo para escuchar sus siempre lúcidas palabras. Hoy ha tenido recepción en la Zarzuela y a ella le sorprende que el Rey la llamara por su nombre como conociéndola, en cambio no le sorprende acordarse de mí (12 años hace de la última, cientos de entrevista por medio). Los 57 millones de libros vendidos en sólo 30 años no le han robado a la escritora un ápice de su natural. Isabel Allende (Lima, 1942) sigue siendo la primera mujer en atreverse con el Realismo Mágico, la que relató en directo el dolor de la muerte de su hija Paula, la sobrina del presidente Allende que huyó de Chile para siempre, y que por siempre ya se sentirá extranjera en el mundo; visionaria, femenina, valiente, convencida de la pervivencia del espíritu, la bondad natural del hombre y el absurdo de un mundo de recursos limitados pero organizado en torno a la codicia. “Estamos atendiendo al comienzo de un cambio muy positivo que van a protagonizar los jóvenes. Yo quiero que cunda el pánico”.

Isabel ha conseguido por fin sellar sus temores de madre haciendo, sí, una buena conclusión de su maternidad. Ahora está volcada en los peligros que afrontan los jóvenes (de ello nos habla en El cuaderno de Maya, su última novela, que en cuatro meses ha vendido 250.000 ejemplares en España): sus tres adorados y vulnerable nietos, y los dos hijos drogodependientes, la tercera fallecida, de su marido, el abogado y también escritor Willie Gordon. Allende es todo entrega: nos invita a cenar, pide unos camarones, al precio que van, y resulta que a ella no le gustan. Lástima, están gordos reventones los crustáceos.

-Han pasado 30 años desde que escribiera y publicara su primera novela, La casa de los espíritus (13 millones de ejemplares vendidos), y le pregunto: ¿uno se pasa la vida escribiendo lo mismo de mil maneras distintas?

No en mi caso, aunque haya personajes recurrentes: mujeres fuertes, padres ausentes, sustitutos de padres… Pero mis temas son muy distintos y también, los géneros y los escenarios. No, no escribo el mismo libro, pero uno explora siempre sus obsesiones o inquietudes, y éstas, sí, son las mismas. Las más evidentes en mí son el poder con impunidad, que a veces puede tomar forma de machismo, de militarismo, esclavismo, y la solidaridad, generalmente entre mujeres: eso es lo que he observado en mi vida. Me sería muy difícil escribir sobre algo en lo que no crea, o no sienta y me apasione.

-La suya, ¿es la novela de su familia?, ¿continúa escribiendo de su memoria familiar, “recordando lo que nunca pasó”, como un día le dijo su nieta?

Sí, en todas mis novelas hay un núcleo que es la familia o lo que uno arma como familia a su alrededor. Yo he sido siempre extranjera en todo lugar, incluso cuando vuelvo a Chile, porque ya no calzo bien allí; pero donde vivo, California, he armado una pequeña familia o tribu que ahora se me está desestructurando, porque los niños americanos siguen el rito de iniciación de marcharse a la universidad más lejana posible, de modo que me quedo sin nietos, y para los bisnietos ya no voy a tener energía.

-¿Quién es Isabel Allende en medio de todo el elenco de personajes de sus novelas, dónde está?

Soy todos, vivo todas sus vidas y esto es lo maravilloso de mi trabajo. Incluso estoy en la piel del villano más cruel, seguro: uno va explorando su propia alma, su propia memoria.

-¿Se necesita cierto grado de exhibicionismo para ser escritor y desvelar su propia alma?

Yo no tengo ningún secreto, nada me ha pasado nada que no pueda contar; todo merece ser contado, veo historias por todas partes. Mira, cuando publiqué Paula, mucha gente me preguntó, ¿pero no te sientes expuesta contándolo todo? No, yo no me siento vulnerable por lo que cuento: al contrario, uno se siente débil y vulnerable por lo que esconde.

-Dice la hija escritora de Lucian Freud que “uno escribe pese a saber que su madre va a leerle”. ¿A usted nunca le regañó su madre por contar sus intimidades?

Sí, claro; pero si yo tengo que escoger entre ofender a mi madre o contar algo, lo cuento.

-Sintió placer por la narrativa desde niña, ¿por qué esperó a tener 40 años para escribir su primera novela?

Querida, ¡tenía que ganarme la vida! Para una mujer entonces era impensable ganarse la vida como novelista: los grandes escritores del boom latinoamericano eran todos hombres, era un club exclusivamente masculino. Tenía dos niños y dos o tres trabajos, porque el periodismo se pagaba pésimo; trabajábamos como locos los dos y siempre estábamos justitos de dinero. Y luego vino el golpe y el exilio en Venezuela, y entonces fue muchísimo peor, porque nos quedamos sin contactos. Conseguí trabajar como administrativa en una escuela, y hacía dos turnos, de 7 a 1 y de 1 a 7, 12 hora sin parar, los niños ya iban solos a la escuela y mi marido consiguió un trabajo como ingeniero civil en el medio de la selva.

-Además, no escribió La casa de los espíritus con intención de novelar sino de escribir una larga carta, ¿a quién iba dirigida la epístola?

A mi abuelo. Escribía en la cocina en una máquina de las de entonces: un solo error y había que rehacer la página. Finalmente, el manuscrito era un puro tipex y un recortable con trozos pegados con celo: ahora nos parece increíble cómo se hacían las cosas. Cuando mi madre lo leyó, me dijo: ¿por qué le pusiste el nombre de tu padre al villano? Yo no tenía ni idea de que mi padre tuviera ese segundo apellido, porque no lo conocí; abandonó a mi madre siendo nosotros tres muy pequeños, renunció a nuestra custodia y desapareció. El caso es que tuve que encontrar un nombre con el mismo número de letras para que cupiera encima del tipex, imagínate cómo eran las cosas.

-Y ¿por qué empleó su nombre si no lo conocía?

Tal vez lo había oído, pero no era consciente de ello.

-Isabel, nunca antes había hecho un paralelismo entre la más trepidante actualidad de Estados Unidos y la historia indígena de Chile, como en El cuaderno de Maya. ¿Qué ha motivado este cambio de registro?

Yo creo que se me está contagiando la estructura de la novela policíaca de mi marido, tengo que tener mucho cuidado (ríe). Siempre estamos discutiendo nuestros asuntos literarios, y sospecho que empiezo a pensar en clave de suspense. Pero además, es que quería contar una historia actual que interesara a mis nietos, porque los veo expuestos a peligros inimaginables, a través de internet y los medios: uno de los programas más populares de la televisión americana consiste en torturar a personas. Luego están la droga y el alcohol, algo que he visto muy de cerca porque los tres hijos de Willie (su esposo) han sido adictos, el mayor ha pasado en prisión la mitad de su vida y no tiene nada, la segunda murió por sobredosis y dejó una hija con parálisis cerebral por lo que consumió durante el embarazo, y el menor, fue heroinómano desde los 13 hasta hace cinco años, en que por fin se rehabilitó, pero emocional e intelectualmente se quedó estancado en su adolescencia, aunque tiene 35. Y esto no es un problema policial ni militar: hay que legalizar las drogas para acabar con el narcotráfico y la criminalidad, y emplear los recursos que se invierten en rehabilitación y educación. Claro, pero a nadie le conviene legalizarla porque es un gran negocio tal y como está establecido.

-¿Quién es el personaje de Maya y desde dónde le habla a usted?

No quiero enviarles un mensaje concreto a mis nietos, pero estos son los asuntos que hablamos con ellos; y Maya es una síntesis de todos estos jóvenes, mis nietos, que no han pasado por estos problemas pero están expuestos a todo, y los hijos de Willie.

-Isabel, hablando de violencia, el Gobierno de terror de Bush tras el 11-S la tenía a usted horrorizada. El legislativo de Obama pronto cumplirá mandato, ¿qué opinión tiene hoy del poder político de su país?

Todo el mundo está muy desilusionado, porque todos los que luchamos por la victoria de Obama sentimos que se ha perdido una gran oportunidad. Su Gobierno ha sido bueno, pero no se percibe por la desmoralización que aquí supone la tasa de desempleo, que es lo más grave que está ocurriendo en un país como éste, que funciona en base a la ética del trabajo. Obama procuró un Gobierno de conciliación, pero los republicanos, como la derecha chilena en tiempos de Allende, están dispuestos a quebrar al país con tal de echar al presidente. Cuando se tiene un matón al frente, lo que hay que hacer es agredir de vuelta, y ésta no es la forma de actuar de Obama: necesitamos un líder fuerte que responda a tanta agresividad. Pero yo creo que va a ser reelegido porque la oposición no tiene un buen candidato.

-Isabel, ¿la sociedad chilena ha superado el enfrentamiento o sigue absurdamente dividida en dos, como ocurre en España, mal al parecer endémico?

Creo que las generaciones jóvenes en España tienen una gran ansiedad por saber lo que ocurrió, es algo que pasa, también pasó en Alemania, porque la sociedad queda tan herida después de una guerra civil que se necesita un tiempo antes de resucitar el pasado y buscar la verdad: no puede haber sanación sin la verdad. En Chile se sabe ya lo que pasó, pero el país no va a curarse hasta que se encuentre al último desaparecido.

-Le cito “me criaron para ser una señora y no resultó”. Sin embargo fue usted quien casi obliga al matrimonio a su actual esposo, un solterón de anuncio de periódico según me contó usted misma. ¿Señora al fin o cómo se siente?

Mi mamá quería que yo fuera una dama presentable, a eso me refiero, y jamás lo seré. Me siento como siempre: un poco marginal, nunca estoy de acuerdo con la mayoría, cuestiono todas las normas… Y esto empezó siendo muy niña, cuestionando la religión en un país y una familia ultra católicos. Mi marido no era solterón, se había casado dos veces y le había ido pésimo, igual que con su rosario de amantes. No sé qué decía su anuncio, pero tengo 43 cartas de mujeres que le respondieron, y todas comienzan así: soy rubia, alta, peso tanto. Así que me imagino el anuncio: a mí me tocó convencerlo de que yo era la rubia más alta y delgada que iba a conseguir (risa).

-Nunca en sus cuentos aparece un padre cariñoso sino más bien lo contrario, ausente. Aquí hay un maravilloso y visionario abuelo digamos que postizo, ¿es su marido?

No lo había pensado, pero sí tiene mucho de Willie, aunque él es más brusco. Popo es el padre que yo siempre he deseado, una figura masculina envolvente, protectora, enorme, cálida, cariñosa y que te acepta hagas lo que hagas. Yo adoro a mi padrastro, que me crió desde los 10 años, pero en mi familia no había contacto físico. Y mi abuelo, a quien yo idolatraba, era severo, vestido de negro de pies a cabeza como un cuervo y con una enorme autodisciplina que he heredado. La suya es la voz interior que yo escucho, mi súper ego, que me dice: hay que superarse, y si te duele, callas; no quejarse, no pedir ayuda. Lo único que no he heredado de su familia es la desconfianza y la avaricia: eran campesinos vascos.

-Isabel, ¿se sigue reprochando usted, al cabo ya de tanta maternidad, el haberle fallado en alguna ocasión a sus hijos, por su trabajo, por haber tenido un breve amante…?

Siempre creí que teniendo ese amante le hice mucho daño a mis hijos, porque en cierta forma perdieron confianza en mí, sintieron que podía abandonarles en cualquier momento. Eso me lo ha contado ahora mi hijo, pero sin embargo no recuerda que estuviera ausente por mi trabajo. Y la realidad es que siempre estaba ocupada, nunca les ayudé con las tareas ni fui a las reuniones de padres, no tenía tiempo para llevarles a la peluquería, les cortaba el pelo yo misma en casa y, ¿ves?, eso sí me lo reprocha: haber llevado eternamente un corte de franciscano. También en las cartas que Paula escribió a su marido habla de una vida y un hogar felices: no da la impresión de que yo hubiera sido una mala madre.

-¿Continúa “vestida en la piel de la tristeza” por esto que no puede olvidar, la muerte de su hija Paula?

No soy una persona triste ni depresiva. Paula siempre está presente, pero su presencia es alegre y la tristeza, dulce.

-Una “tristeza dulce”; dígame, ¿cuánta positividad se necesita para transformar en dulce un sentimiento tan negativo?

Pregúntale a cualquier madre que haya pasado por esto, y te dirá lo mismo. Es inevitable, ya murió, no hay nada que hacer; y tú eliges vivir en la depresión o transformar su memoria en una compañía. Yo creo de verdad en la pervivencia del espíritu: todo es espíritu, que se encarna en algo objetivo que son nuestros cuerpos, y nada se pierde sino que se transforma. La gente es igual en todas partes, somos gotitas de un mismo ser o espíritu universal, y la muerte es sólo una transición, un cambio de estado.

-¿Sería entonces sabio no esperar nada?, ¿qué más espera usted?

Nada. ¡Qué más voy a esperar con todo lo que la vida me ha dado! Conservar a los míos es lo único que deseo, nada más. Hay que sacudirse el pesimismo de esta crisis económica, que tiene repercusiones sociales, sí, pero pongámonos a trabajar, a cambiar la cultura. Yo espero que la cosa se ponga tan mal que los jóvenes tengan que intervenir. Quiero que cunda el pánico y que todos salgamos a la calle, porque hay que acabar con este sistema basado en la codicia, es insostenible: vivimos en un planeta de recursos limitados. Pero ¡¿cómo a alguien se le puede ocurrir que el progreso, la ganancia y el consumo se den de modo indefinido en la Tierra?! Es enfermizo, esto tiene que estallar pronto.

 BONUS TRACK

El tío Salvador (Allende)

Salvador Allende era primo hermano de mi padre, y cuando mi padre se fue, y nunca más volvimos a verlo, continúo la relación entre mi madre y la familia del tío Salvador, su mujer y sus hijas. Algunos domingos íbamos de picinic al cerro San Cristóbal, y si había alguna celebración familiar, también participábamos; porque él era, digamos, el representante de la familia. Luego fue testigo de mi matrimonio, porque era gran amigo de mi padrastro, y cuando asumió la presidencia de Chile lo nombró embajador en la Argentina. Mi padrastro iba a informar al Gobierno cada dos meses, volábamos desde Buenos Aires y se organizaba una reunión familiar en Santiago. Realmente cuando más contacto tuvimos con él fue durante su presidencia”. La relación continúa con la prima, Isabel Allende, diputada, “sí, la pobre lo ha pasado tan mal con el suicidio de su hijo el diciembre pasado, fue algo atroz. No se conocen muy bien las causas del suicidio pero es ya el cuarto que se suicida en la familia, Salvador, su hermana, la hija mayor de ésta y ahora, el hijo de Isabel. Sí, se sabe que Salvador se suicidó; aunque la gente no quiera creerlo, la familia sí, porque él lo dejó muy claro: que nunca dejaría el Gobierno hasta terminar el periodo constitucional, que no se iba a entregar ni exiliar. Murió con las botas puestas”.

 


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