José Manuel Caballero Bonald y Miss K.

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Posted February 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
José Manuel Caballero Bonaldj

Es el poeta de la noche, el renovador del género nocturno, que recientemente se ha compilado en la antología “Ruido de muchas aguas”. Cuenta cómo eran las madrugadas cuando su generación literaria (ya desaparecida) perseguía la libertad robada por las calles y tugurios de Madrid, y cómo su noche se ha vuelto apacible ahora que ya sólo espera terminar el que será su último poemario. Nos acerca a su poesía, construida de memoria en el insomnio.

Ya no es hoy su noche aquélla sin paredes, el peligro hermoso de cuando eran jóvenes y en la autodestrucción del alcohol se rebelaban contra lo establecido. Ya no es aquella libertad o aventura que en las noches de Madrid reunía al poeta con sus coetáneos, Ángel González en busca siempre del último bar de puerto secano, Paco Rabal, García Hortelano, Carlos Barral y tropas afines, oponiéndose al sumiso, transgrediendo la norma, desafiando la cordura hasta la amanecida. Ya no es. Los amigos se fueron y los lugares de encuentro dejaron de ser míticos, el Oliver, Club Dickens, cabaret Moroco.

Me gusta anticipar los sueños en la memoria, aunque luego casi nunca ocurran como los pienso”

Pero es más plácida ésta hoy su noche, confiesa, ahora que ve el futuro estrecho y angosto de tiempo, que ha renunciado a navegar (con dolor), el poeta de la noche y de la mar, y de la mar nocturna y madre mediadora y nuestra; ahora que a escribir más novela o más memoria ha renunciado también (sin pena, no le quedan ganas). Sólo espera el poeta acabar sus últimos versos, que son su última voluntad y su libro último, y que sea éste poéticamente duradero (espera). Nos adelanta en Ruido de mucha aguas (ed. Visor), antología de poemas del mar y de la noche, un fragmento del libro que terminará y publicará el invierno próximo, “y será mi último libro, creo”.

Habla o declama José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926): su intención es la misma siempre; la poesía es para el bardo “un género de ficción”, narrativa preciosista que construye de memoria en el insomnio.

-De usted han dicho que es el “renovador del género, el reinventor del nocturno”, ¿cómo le sienta el epíteto?

Eso lo dice Aurora Luque, que es quien ha elaborado con mucho talento esta antología temática, de la noche y del mar. El nocturno, ya se sabe,  es una vertiente de la música y de la poesía de clima romántico, y yo soy una mezcla de romántico y de surrealista, que no son dos tendencias tan distintas como parece.

-Entonces, ¿serían los maestros románticos y los surrealistas a quienes renueva?

Empecé a escribir porque la vida de Espronceda me deslumbró. Fue un luchador por la libertad enfrentado al absolutismo de Fernando VII, fundó una sociedad secreta, sufrió cárceles y exilios, se batió en la revolución de París de 1830, volvió a Madrid y se escapó con la mujer de otro, que luego le abandonó. Yuna noche, un nocturno, paseando por la calle Santa Isabel vio una ventana iluminada, se asomó y descubrió el velatorio de su amante muerta: es la síntesis extrema del romanticismo. Y eso me quedó grabado hasta hoy mismo, todavía me asomo yo también a la que se supone que es esa ventana.

-¿Qué es eso que la noche alumbra y desaparece a la luz del día?, ¿es la libertad vertiginosa que linda con el vacío?

Sí, y muchas cosas más. Durante la noche ocurren cosas que de día no pueden ocurrir, su oscuridad te preserva. La noche nos acogía en su clandestinidad, era como un desafío a lo establecido, un enfrentamiento a la norma de los biempensantes. Y la noche literariamente hablando puede ser una metáfora de la incertidumbre, la libertad, la aventura, la cortina de niebla que se interpone entre el pensamiento y la escritura.

-Caballero, ¿teme la noche o la celebra? Ambas cosas se aprecian en sus poemas.

Depende del personaje del poema, que no siempre soy yo: la verdad de la poesía se inventa, se genera a medida que se escribe el poema. Como decía Machado, también la verdad se inventa. Y a veces ese personaje puede recelar de la noche. Pero para mí es sobre todo la celebración del espacio vital más incitante desde el punto de vista poético.

-Y es la hora de la pregunta, ¿tiene respuesta la pregunta?

Las preguntas que se hace el poeta no suelen tener respuesta, son preguntas perdidas pero necesarias porque la incertidumbre es también un acicate para seguir preguntándose. La duda es esencial, muy positiva. Si yo tuviera respuestas para todo, no escribiría. Suelo decir que el que está seguro de todo es lo más parecido a un imbécil.

-De ahí que le pida a la noche que le libre de “lo indudable y lo clarividente”, que le salve “del irreprochable y sus acólitos”. ¿La perfección y la certeza son para usted abominables?

La perfección es una abstracción, la búsqueda de lo infinito. Un poema se puede corregir interminablemente toda la vida,  siempre habrá algo mejorable. Es como la felicidad: una especie de utopía a rachas. A mí me atraen mucho las utopías porque son como esperanzas siempre aplazadas, y eso las hace muy atractivas.

-Y útiles, ¿no?

Sí, claro, se busca sabiendo que no se va a alcanzar, pero es siempre un punto de partida. Llegar a la certeza en cambio va unido a personas muy poco fiables.

-¿Es la noche por ello, por la duda y la pregunta, su viaje al centro de sí mismo?

Conocerse a sí mismo es siempre aproximado, es una incerteza.

-Caballero, ¿hay muchas noches de insomnio detrás de todo esto, su poesía, su narrativa?

Sí. Tengo insomnios desde hace años y a veces, en medio de la noche, me dedico a hacer un poema de memoria. De pronto se me ocurre un primer verso posible, unas palabras con especial atractivo, incluso por su sonoridad, y a partir de ahí escribo los versos siguientes, pero siempre de memoria: no los paso al papel hasta que el poema se sostiene.

-¿Y eso sucede cuando amanece o se levanta en medio de la noche por miedo a olvidarlo?

No, nunca me levanto a escribir. Si me levantara ya no iba a dormir nunca.

 -¿Y nunca teme que se le descomponga?

Me paso días y días dándole vueltas a ese poema, lo voy componiendo de memoria en los momentos más inesperados, y esto suele suceder de noche. Siempre he trabajado mejor de noche que de día, necesito el silencio. Soy hipersensible a los ruidos, me producen sacudidas extrañas en el cerebro, no los soporto; a veces tengo que ir por la calle con tapones en los oídos… Y también necesito de la soledad, pero de una soledad relativa, encerrado en mi cuarto pero sabiendo que hay alguien al otro lado: no me gusta estar completamente solo.

-¿Es insomnio o es miedo a los sueños?

Es una cuestión psíquica, me desvelo de pronto y ya las cosas se complican. Pero aprovecho ese insomnio para trabajar de memoria. Incluso me gusta anticipar los sueños en la memoria, aunque luego casi nunca ocurran como pienso.

-…toda la noche entre emboscadas/ buscando las llaves que no abrían… ¿Es éste o cuál es ese sueño reiterado al que más teme?

Esa es una imagen recurrente que me desazona: trenes que pierdo, barcos que ya han partido; una metáfora de la intranquilidad. Ahora padezco de cierta insuficiencia circulatoria y mis sueños son muy confusos, una maraña de cosas complejas que no consigo recordar; tal vez es que mi cabeza está ya muy confusa. Pero no son angustiosos esos sueños, incluso tienen cierta placidez.

-¿Temía de niño la noche o no es usted el personaje del poema (Otra vez en lo oscuro): …pedía de beber/ por no sentirme solo…?

Ese es un recuerdo de infancia, durante la guerra o la inmediata posguerra. Durante algún tiempo me propuse recuperar la infancia en algunos poemas: usaba la poesía para canalizar la acusación de una realidad que detestaba en aquellos años inhóspitos del franquismo. Y ahí la infancia me servía como una especie de propuesta moral a distancia. Pedía de beber por no sentirme solo cuando oía los ruidos de la noche. Me quedaron recuerdos vagos pero algunos muy precisos, los pasos de alguien que huía por la calle, las descargas de los fusilamientos al amanecer, unos gritos…

-¿Sucede esta memoria en Jerez durante la Guerra Civil?, ¿cómo se vivió allí?

En Jerez estuve los 17 primeros años de mi vida, hasta que me fui a estudiar fuera. Mis recuerdos de la guerra son bastante difusos, cabos sueltos, pero conservo muchas imágenes de la posguerra inmediata, esas noches tristes, agobiantes, mal iluminadas, las restricciones, el hambre, el frío, el miedo… Un escenario terrible. En mi tierra la posguerra fue mucho peor que la guerra: las venganzas, las represiones, el hambre. Entonces yo me percaté de que los vencedores estaban persiguiendo al vencido hasta la muerte, y esto me hizo tomar conciencia, y empecé a sentirme al lado de los perdedores aunque por familia pertenecía a los vencedores.

-Caballero, ¿es la depresión ese “gran vértigo tentacular donde nunca amanece”? ¿Cuánto lo ha padecido?

Con frecuencia. He tenido mucho de ciclotímico y todavía me ocurre que paso del entusiasmo a la tristeza sin ningún motivo. Lo que no quiere decir que haya tenido brotes psicóticos, pero la depresión me ha perseguido y he pasado malas rachas. Me quedé en la cama sin levantarme bastante tiempo, me las iba arreglando con antidepresivos. Hay una rama de mi familia, los Bonald, que han tenido ciertos desarreglos psíquicos; cinco de ellos se metieron en la cama con 40 años o menos para no levantarse más, cinco acostados, como si la cama fuera el lugar más adecuado para vivir, digamos que una residencia estable. Yo me fui librando, pero la cama siempre me ha tentado, y cuando ya no tenía obligación de salir de casa, me levantaba tarde y al rato volvía a acostarme.

-¿Muchas noches de alcohol e ira?

Bueno, sí, algunas, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces, 20, 30 años como poco. El alcohol era también un medio de oponerse a los convencionalismos de la época. Era una forma de rebeldía, hacer lo contrario de lo que exigían las buenas maneras. Y políticamente hablando era la transgresión,  la oposición a los obedientes, a los gregarios, a los sumisos. La gente de mi edad bebía bastante, decía Ángel González que habíamos traído a la literatura española una nueva manera de vivir y de beber. Carlos Barral, Gil de Biedma, Goytisolo, Costafreda, Claudio… todos bebíamos, algunos más de la cuenta. Y todos murieron pronto, antes de tiempo, o se suicidaron.  Había un componente autodestructivo en el que yo quise indagar, buscar motivaciones, pero ya no escribiré sobre eso nunca. Era, creo, una actitud de desencanto, de defraudación.

-¿Es suya ese “alma que se parece a la botella vacía”?

Ese verso es de un poema muy verdadero, si es que en poesía se puede hablar de verdad. La poesía no tiene nada que ver con esos conceptos solemnes de la verdad, la justicia, la sinceridad… La poesía también es un género de ficción, puede uno inventarse lo que quiera de acuerdo con las necesidades del poema, que es antes que nada un hecho lingüístico. Ese es un poema de recapitulación: No beberé ya más hasta tan tarde: otra vez soy el tiempo que me queda. No querías excederte pero te bebías la botella, y de alguna forma el alma también se vaciaba. Es todo literatura.

-¿Qué les debe a los viandantes de la noche y su “primordial honor de la ebriedad”?

Tuve una época muy novelera en la que me atraía mucho el tugurio, el burdel en el sentido en que lo usan un Faulker o un Onetti. El tugurio tiene un atractivo literario evidente, puede ser uno de los ejes de la vida. Me gustaba mucho andar por ahí de noche, meterme en oscuridades tenebrosas, buscando o creyendo que vivía una aventura emocionante, algo muy novelero, ya digo.

 

-Y ¿qué hay Caballero de los mareos, vértigos del granito, pitidos de oídos, antelación de sucesos y otros fenómenos extraños de sus personajes?, ¿son también suyos?

No he llegado al milagro de anticiparme a los hechos, de oír los ruidos antes de que se produzcan, como el personaje de mi novela Campo de Agramante, pero sí he tenido acúfenos: oía ruidos persistentes, muy incómodos, que me alteraban, y entonces se sucedían los peores desajustes de la memoria. La memoria es un factor desencadenante de la acción literaria, siempre la tengo presente, pero a veces me invento esas experiencias, las deformo. En mis novelas hay algunos personajes que casi han vivido lo mismo que yo, y otros, todo lo contrario.

-¿Sigue siendo un narrador nocturno, aún ahora que los hijos ya no son niños que molesten sus días?

Ya no tengo tiempo ni ganas de escribir más novelas, ni el tercer tomo de mis memorias, a partir de la muerte de Franco: me da pereza. Ya ni escribo novelas ni viajo. Me dedico sustancialmente a la poesía: he terminado un libro que no quiero que salga hasta el próximo invierno, se está decantando, lo estoy revisando. En él está mi última voluntad, es como una larga memoria en poemas, y creo que es lo último que escribiré.

-“Somos el tiempo que nos queda” o “consisto en seguir esperando todavía”, ¿qué se espera a los 84 años, maestro?

Vivimos porque esperamos, no se sabe qué, pero siempre se espera algo. El pasado ya es para mí muy largo, y el futuro, muy corto. No me preocupa para nada esa escasez de futuro, no es el acabamiento para mí una reflexión obsesiva: he logrado tener una vida plácida, hago lo que quiero y, como decía mi querido Antonio Gades, me queda mucho pasado por delante. Lo único que ahora me importa es que este libro en el que trabajo me produzca el placer de creer que he hecho algo poéticamente duradero.


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