José María Guelbenzu, adiós al amor

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Posted April 17, 2012 by Miss K. in Entrevistas
José María Guelbenzu

Miss Kindle entrevista a José María Guelbenzu

Dice que nunca más volverá a escribir del amor ni de su generación, la que eclosionó intelectualmente en los 60, porque lo ha dicho todo y se ha quedado vacío con su última novela, “El amor verdadero”. Mira al futuro con hondo cabreo: la riqueza que se ha cargado la solidaridad y la técnica que ha sustituido a la ciencia. Pero confía en el regreso de los dioses, que nos devolverán el saber.

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Hemos confundido la libertad con la tecnología, que es un mecanismo que puede dominar cualquier idiota

Quien piense que va a obtener gratis una información auténtica, creíble y contrastada, está muy equivocado

Se hace la noche al entrar en casa de José María Guelbenzu. Son las cinco de la tarde, el sol cae a fuego sobre las calles de Madrid, y anda el escritor revuelto, malhumorado con el tiempo. “Tenemos un problema y es que no se puede abrir (postigos y contras a cal y canto); no hay quién lo resista, y así hasta las 10 de la noche al menos”. JMG preside la comunidad de vecinos y se niega a que esos trastos horrendos del aire acondicionado afeen la bella fachada del edificio noble, aledaños del Casón del Buen Retiro y la Puerta de Alcalá. Así que anda Guelbenzu desnudo. Quiero decir que ha dejado su sempiterna chaqueta de sastre colgada en el respaldo de una silla y ni siquiera para las fotos va a vestirla, y desnudo anda porque, peor aún, se le ha quedado el armario vacío, ni perchas quedaron, ni baldas, nada. Todo se lo ha dejado en su última novela, El amor verdadero (Siruela),  la memoria y el sentimiento enteros, y no tiene ni idea de qué otro asunto podría surgirle y provocar de nuevo su escritura, desnudo y perdido. Y cabreado también, con el calor y con la tecnología y con este mundo de necios tecnócratas y directores de empresa que padecemos.

Dice que hasta hace bien poco, mientras no fue padre, y no lo fue hasta la cincuentena (15 y 12 años tienen sus hijos y él, 66; Madrid, 1944), era un inconsciente que carecía de la dimensión del tiempo. Viéndole avanzar por los salones ordenados de su casa, tan preocupado, tan pendiente y cauto, cuesta creer que otrora su vida fuera bohemia. Llegó a los 60 y percibió la presencia ineludible de la muerte: un infarto de miocardio y un desprendimiento de retina se encargaron de recordárselo: ¡eh, que soy el tiempo, que aquí un día nos morimos! Sintió vacío y vértigo, lo escribió y exorcizó en Esta pared de hielo, y para poder hacerlo hubo de intercalar su escritura estrenándose en el género policial. Seis años después, su serie negra cuenta ya cuatro títulos, tiene el quinto escrito y su angustia cabalga serena.

-¿De qué va a escribir cuando ya no escriba de amor?

No tengo ni la menor idea. Es la primera vez que termino una novela y no consigo pensar en la siguiente, y esta sensación de futuro es desagradable. Supongo que se debe a que cierra un ciclo, no sólo sobre el amor, sino sobre mi generación, y he sacado todo lo que tenía guardado en el armario, incluidas las perchas. Me he quedado desolado, sin respuesta.

-¿Qué otro sentimiento distinto al amor mueve la existencia?

La venganza, la ira, el odio, la traición, la muerte…

-Salvo la muerte, ¿no deriva todo del amor?

No, más bien del deseo.

-Sus protagonistas asumen los riesgos y consecuencias de mantener vivo el amor a través del tiempo, ¿cuesta mucho esa permanencia?

Sí, hay que hacer un verdadero esfuerzo para mantenerse juntos y ser felices, más allá de los tres primeros años o el flash amoroso. Y para ello se necesita capacidad de ponerse en el lugar del otro y tenacidad. Sucede que la palabra esfuerzo o sacrificio asusta mucho, porque conservamos la concepción católica de la existencia, que considera que el trabajo es un castigo sin contrapartidas. Mi actitud en cambio se parece más a ésta de los protestantes donde el trabajo es un estímulo, y en este caso concreto el esfuerzo depende de dos personas, e implica respeto mutuo y admiración.

-¿La pasión no puede formar parte del amor verdadero?

¡Cómo no!, la pasión es estupenda, lo que ocurre es que va transformándose. El arrebato sabemos que tiene un plazo, pero la pasión continúa en el encuentro amoroso, variando sus formas y ritmos.

-Así pues, ¿su intención ahora es dedicarse de pleno al género negro que tanto frecuenta últimamente?

No, no, en absoluto. Y yo lo llamaría más bien policíaco. Escribí la primera de estas novelas con nostalgia de la gran literatura inglesa de intriga, y sin voluntad de continuar, pero me di cuenta de que había un personaje fantástico que no podía dejar abandonado, así que decidí seguir con él en nuevas entregas.

-El personaje que es una juez, ¿usted no se cuestiona cómo alguien sano y en sus cabales elige ser juez y colocarse por encima del destino?

Yo no tengo esa visión, aunque sí comparto que todos los jueces en un grado u otro se consideran superiores al resto de sus congéneres, porque la conciencia de juzgarlos les hace sentirse así, lo cual es una primera e importante desconexión con la realidad. Ahora, yo he conocido jueces que son personas sensacionales, y otros, miserables.

-¿Qué mueve a los asesinos si no es la fuerza del amor, el desamor, el odio, etcétera, caras todas ellas de lo mismo y vuelvo al principio?

No, yo creo que aunque sí existe el asesino por amor, por lo general el asesinato lo inducen sentimientos siniestros y negativos, poco nobles: pérdida, codicia, rencor, envidia… El que mata no engrandece nada, aparte de su propio ego.

-¿Puede ser el asesinato una encrucijada más del destino? ¿Existe un asesino potencial dentro de cada uno de nosotros?

Sí, estoy convencido de que cualquiera puede por azar ser capaz de matar en un ataque de desesperación. Es más, creo que hay gente que no es asesina por cobardía, no por falta de deseo. Albergamos un último reducto en nuestro interior que desconocemos, pero que está ahí, una contraposición entre Eros y Thanatos que podemos llegar a descontrolar.

-¿Alguna vez deseó matar o cree que pudiera ocurrirle?

No recuerdo haberlo deseado, pero sí la sensación de estar cerca. Hay una última capacidad de reflexión, un resorte autoeducativo que te retiene. Pero los seres humanos tenemos la pulsión de muerte como cualquier animal que ataca.

-Guelbenzu, se ha dicho que El amor verdadero es su mejor novela, una obra cenital que culmina no sólo su trilogía dedicada al amor sino toda su anterior narrativa. ¿Tiene la impresión de que un ciclo ideológico claudica o es usted quien claudica de lo que está sucediendo?

No, es simplemente una reflexión final desde la vejez de una generación: los españoles que en los años 60 tomamos conciencia de las cosas. Y el final es agridulce, porque se levantó contra lo establecido con  la intención de cambiar las cosas y finalmente no consiguió tomar el poder, pero es feliz porque hay al menos un valor importante que conserva en el tiempo, y éste es el amor.

-¿Cómo afronta su generación este siglo XXI?

Como espectadores, nuestro tiempo ha pasado.

-Crónica de un naufragio anunciado, ¿debiéramos llamarle así?

Es una ruptura muy honda de las coordenadas mundiales. La caída del Muro de Berlín cobra cada día más importancia, porque provoca un desequilibrio de fuerzas que descoloca no sólo a la izquierda, sino al capitalismo, como estamos viendo. Es un siglo de crisis. Pero las crisis no son negativas, son revulsivos.

-¿No se siente responsable del incierto futuro de sus hijos?

Sí, absolutamente.  La sensación es de crisis magmática, y todos sabemos que el dinero no tiene ideología. Y la pérdida de la solidaridad, que para nosotros fue tan importante, es gravísima, y tiene que ver con el aumento de la riqueza.   Pero todo satura, y en cuanto el vacío se instale y el magma no se pueda soportar más, la sociedad reaccionará. Son cosas que dicta la experiencia. Y además este país tendrá que caer en muchos errores hasta que la conciencia democrática se instale, pero para eso tienen que pasar un mínimo de 100 años, y llevamos apenas 35.

-Guelbenzu, si el porqué de la existencia fue el tema capital en la literatura del siglo pasado, ¿cuál sería el de este nuevo siglo: la destrucción del hombre por el hombre? ¿Podría ser eso lo que busca?

Podría ser,  basado en el disparate de los poderes paralelos al Estado, y me refiero a las mafias, el narcotráfico y demás. Toda esta duplicidad conlleva un caos y una falta de definición: no sabemos dónde estamos, una sensación que se amplifica con el poder de la tecnología, que es el becerro de oro ante el que se arrodilla la sociedad. No me refiero a la ciencia, que es saber, sino a la tecnología, que es un mecanismo que puede dominar cualquier idiota y que hemos confundido con la libertad. ¿Qué es un hacker, más allá de un tipo capaz de saber cuánto se gasta la mujer de Obama en ropa? Pero también esto hastiará, porque es una estupidez completa que no sirve para nada trascendental; esperemos que no dure todo el siglo. Como dijo Jüng, el siglo XXI será de los titanes, pero no pasa nada porque volverán los dioses. Pues yo también lo creo, que volverán con sus maldades y puñeterías para hacer la vida más interesante, sustituyendo a un internet donde millones de necios sueltan sus necedades. Tarde o temprano esto se controlará, quien piense que va a obtener gratis una información auténtica, creíble y contrastada, está muy equivocado. O la paga o tendrá pseudoinformación, y allá el mundo que se cree a partir de la pseudoinformación. La gente está muy angustiada, pero esto tiene salida: Internet funcionará cuando se creen canales creíbles.

-José María Guelbenzu era un prometedor estudiante de Icade que se dejó ir por los derroteros de la Literatura, ¿fue inevitable?

A la altura de la reválida, con 14 años, yo ya estaba totalmente volcado a la creación, aún sin definir. Pero mis padres decidieron que si hacía Letras me moriría de hambre: me obligaron a ir por Ciencias, y ya luego escribiría libros si así lo deseaba. A partir de entonces vivo en un estado de bastante frustración, y finalmente abandono  la universidad. En segundo de Icade suspendí voluntariamente todas las asignaturas, para conseguir que me echaran, porque no me atrevía decirle a mi padre que no quería seguir estudiando dirección de empresa. Pero era demasiado tarde para pasarme a Filosofía y volver a empezar con latín y griego, así que me fui a Derecho, pero no me gustó y entonces me puse a trabajar. Entré en Cuadernos para el Diálogo y acabé siendo director de empresa, de las editoriales Taurus y Alfaguara, durante 18 años, algo bastante gracioso.

-Pues sí, ¿un perfecto autodidacta?

Bastante autodidacta, de la empresa y de la literatura; y lo siento, porque me falta el orden en el conocimiento, pero uno tiene que sobrevivir a su propio destino.

-¿De dónde le nacían tantas ganas de escribir, suficientes para llevarse todo lo demás por delante?

Para ser escritor necesitas primero una gran imaginación, y yo siempre la he tenido, y si además eres un niño menospreciado, te inventas mundos donde refugiarte.

-¿Por qué menospreciado?

Era excluido por intelectual y por ser poco hábil físicamente, y además tenía otro problema: llevaba gafas, que era casi una minusvalía. Pero ahí mis padres sí tuvieron un acierto: me metieron en  un gimnasio y terminé siendo un estupendo gimnasta, no había nadie en el colegio que me ganara con las anillas, paralelas y demás.

-Guelbenzu, y ¿qué le ocurrió hace unos años, cuando dice que sintió la presencia ineludible de la muerte?

Estuve a punto de perder la vista de un ojo, y esa sensación de la ceguera se me asemejó a la muerte: comienza la destrucción. Y me planteé: morir es desaparecer, una putada que no tiene nombre, después de una vida tan rica.  A continuación tuve un infarto también in extremis. Entonces te das cuenta de que a esta edad, los 60, parte de los amigos se mueren y los demás nos quedamos desencuadernados. Te vuelven a encuadernar, pero ya no eres una primera edición y tienes la obligación de cuidarte muchísimo.

-Tenía entonces una hija de sólo 4 años y un hijo de 7, ¿esto agudizó el vértigo?

Sí, claro. Tengo edad de ser abuelo, porque me he saltado una generación, y por tanto no he tenido conciencia del paso del tiempo, a los 58 años me sentía de 35, hasta que la aparición de unos niños te da la perspectiva.

-¿Por qué le faltaba esa perspectiva?

Porque siempre he sido un inconsciente para estas cosas.

-A la postre, Guelbenzu, ¿cómo diría que le ha tratado el destino?

Bien, no me arrepiento de nada ni viviría otra vida distinta.

El Norte, paisaje de la felicidad

JMG sitúa siempre sus mundos imaginarios en el Norte: lugares no reales pero con referencias inequívocas. Hijo de padre riojano, que sin embargo nació y ha vivido siempre en Madrid, el Norte ha sido y es para él el paraíso perdido al que vuelve. Al que volverá también este verano, calcetín y jerseys finos bajo las nubes que le esperan en Agosto, nubes como nieves perpetuas. “Cuando era un niño, la vida me parecía un peñazo, salvo los veranos, y los veranos eran en el Norte, dos y tres meses de Norte. Llevo la felicidad asociada a sus paisajes, desde el sur de Galicia, la ría de Vigo, hasta Guipúzcoa y La Rioja de mi padre. Y ahora veraneo en Cantabria lindando con Asturias”. Sueña ya con su verde gris de literatura.


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