Mi última carta a Josefina Aldecoa

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Posted April 18, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Fue una de sus últimas entrevistas, y fue la última vez que tuve el placer de escucharla. Josefina Aldecoa o Josefa Rodríguez Álvarez, viuda del escritor Ignacio Aldecoa, nació en La Robla, León, el 8 de marzo de 1926, y falleció en su bellísima casa de Mazcuerras, Cantabria, el 16 de marzo de 2011. Escritora y pedagoga, infatigable, a sus 79 años conservaba intacta la pasión por la literatura y la educación, y la vocación de ayuda que, mientras su salud lo permitió, le mantuvo día a día al frente de su colegio, el Estilo, en Madrid. A Josefina Aldecoa le movía un instinto solidario fruto de su concepto existencialista de la vida. Publicó numerosas novelas, cuentos, relatos y ensayos de pedagogía. Lo último, “En la distancia”: reflexiones desde su memoria, la memoria que pronto iba a diluirse en sus pensamientos lúcidos. En esta entrevista, se palpa su optimismo vital, pese a que continuamente y con hondo pesar, recuerda el legado cultural de la República truncado por la dictadura.

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A LA ATENCIÓN DE JOSEFINA ALDECOA

Querida Josefina, espero que el texto sea de tu agrado. He tenido que reducirlo a algo  más de la mitad de lo que había escrito en un principio. Pero, de todos modos, creo que te refleja, y refleja sobre todo tu postura en el mundo desde la atalaya del tiempo y la experiencia, y tu visión de los jóvenes de hoy, que son el leit motiv de esta serie. Te llamaré el lunes por la mañana al colegio, para ver cómo va tu lectura. Millones de gracias de nuevo, por tu tiempo, tu saber y tu generosidad. Un beso, Miss K.

ÚLTIMA ENTREVISTA A JOSEFINA ALDECOA

Despunta fría esta mañana de árboles desnudos, soleados en la otra acera, calle Serrano arriba, Madrid, colonia de El Viso. El despacho de la directora del colegio huele a infancia de otro tiempo. Josefina Aldecoa lleva el carmín a juego con el cuello vuelto de su jersey morado, bajo la chaqueta de un traje en napa fina y negra. Elegante, impecable, bella a sus 79 años; La Robla, León, 1926. Dice que de la vida ya sólo espera serenidad, y que es mucho. Se escuchan gritos de niños en el patio, sueltos ya, mientras Josefina habla: “que mi vida, en este momento tan avanzado, transcurra con tranquilidad. Nada más, no deseo nada más excepcional, que ya lo es bastante”.

Le recuerdo uno de los asuntos más reiterados en esa especie de ramillete de causas existenciales que han ido labrando toda su obra, escrita y no escrita, sus novelas y relatos y su pedagogía, y que es la responsabilidad ante la elección de nuestra propia vida. Le pregunto si su gran elección fue acaso la literatura o fue encontrar y unirse a su esposo, el escritor Ignacio Aldecoa, fallecido con jovencísimos 44 años. “Son cosas paralelas. Cuando yo encontré a Ignacio ya la literatura era mi forma de entender la vida, fue una coincidencia de pasiones, intereses, amores, atracción. No fue si quiera una elección”. Se conocieron con 25 años, ella, y él, 26; y se casaron enseguida, en el 52. Hacía tiempo que Josefina Rodríguez había descubierto el encanto fabulador de la  memoria (“la literatura es fruto de la inspiración de la memoria, que recrea lo que uno atiende”). Siempre tuvo el deseo de expresarse, le nació de su pasión lectora. Y empezó con 17 años escribiendo eso que ella llama “poesía para romperla”, que nunca publicó; publicó, sí, cuentos en revistas universitarias, y la primera recopilación literaria es del año 61.

Hace apenas dos años publicó la escritora su mayor obra de la memoria, su propia memoria, reflexiones. “En la distancia”, que para ella supuso “sangre, sudor y lágrimas. Lo pasé mal escribiéndolo, repasando y reviviendo mi vida, pero después me quedé muy tranquila”. Se lee en las intenciones del libro: “al final del viaje, cerca del puerto definitivo que se adivina en la niebla (…)” ¿Piensa mucho Josefina en ese puerto?; la nada o el arribo, ¿qué siente frente a ello? “Siempre he tenido muy presente la idea de la muerte, lo cual no quiere decir que me torture ni me preocupe, al margen de la enfermedad. La brevedad de la existencia es algo con lo que cuentas”. ¿Ha cambiado su actitud a lo largo del tiempo? “No, siempre ha sido serena. Se deriva de tu propio sentido de la vida, de tu formación cultural y religiosa: yo soy totalmente agnóstica. Sé que la muerte está ahí. Me horroriza y me afecta la de los demás, me parece injusta; pero en la mía no pienso, realmente, no me hago a la idea: llegará cuando tenga que llegar”.

Habla con frecuencia la escritora y pedagoga de la bondad del tiempo, de la lucidez y la tolerancia que favorece el paso de los años. Su tiempo personal, que ahora es la vejez, “sin duda”. “Una etapa natural muy interesante si uno tiene salud y equilibrio, porque te despojas de lo superfluo y percibes todo con mucha más serenidad. Cuando somos jóvenes vivimos mucho más implicados hacia los otros, en cambio en la vejez hay un ensimismamiento: dejas de enajenarte o vivir en lo ajeno. Puede ser una etapa muy fructífera y generosa”. Su vejez, que por eso le estamos entrevistando, es como ésta que ella pinta, “sí, tengo buena salud y conservo el apasionamiento”. De ahí que, serena y generosa, trabaje más que hace 40 años, tal vez escriba más y, seguro, la reclamen más cada día. Literatura y pedagogía, dos facetas de su vida que, dice, le proporcionan un equilibrio ideal: “la literatura es un trabajo física y mentalmente solitario, y el colegio o la educación es algo social y compartido. Me gustan las personas, poder ayudar, pero también necesito la introspección”. La arquitectura y la construcción literarias son tarea de verano y vacaciones largas, vampirizada por la fábula en el pabellón de invierno de sus jardines de Cantabria; durante el curso, la directora se rodea de blocks donde va tomando infatigables notas. Pero la literatura no tiene horario, puede ocurrir que  necesite escribir un apunte, un olor o un fragmento a media  noche, para que no se le escape. En el colegio, que es como su casa, transcurren las mañanas. Sus tareas escolares reposan ordenadas en una agenda “tremenda” que hoy ha rescatado su hija Susana, codirectora del centro, para dejarnos hablar; una agenda negra, grande y gruesa que consultará varias veces a lo largo de la mañana. Llegado el mediodía, prefiere irse a casa, porque a partir de entonces empieza la tercera fase, llamémosle así, que son esos prólogos, presentaciones, coloquios, entrevistas, conferencias que constantemente le solicitan.

Decía Josefina Aldecoa en una charla a propósito de la edad y la escritura, que para mantenerse vivo como escritor es fundamental estar comprometido con el tiempo que corre. Le pregunto cómo es hoy su compromiso. “Nunca he querido implicarme en la vida política, porque no tengo vocación: me interesa mucho, como a todo ciudadano consciente, e incluso me apasiona, pero precisamente por eso soy demasiado vulnerable”. Su compromiso va implícito en todo lo que hace, dice y escribe. Quiero saber qué opina sobre el compromiso de los jóvenes de hoy, lo que les separa o diferencia de tantos otros que a lo largo de su vida, desde la atalaya de su experiencia, ha ido conociendo. “Ahora los jóvenes viven en una democracia tranquila, ya no hay tanta pasión política, y se interesan más por sus asuntos personales. Yo esperaría de ellos mucha nobleza, ya que están viviendo una situación privilegiada frente al pasado reciente”. ¿Y la actitud solidaria, es sólo un anuncio? “La solidaridad es un sentimiento, una actitud instintiva que la tienes o no. Yo tengo un instinto innato de ayuda, hasta con el más canalla. Mi filosofía de la vida es puramente existencialista: eso de ser arrojado a un mundo sin haber sido consultado, y verse inmerso en todas sus luchas y dificultades, me lleva a sentir por el ser humano mucho afecto, ternura, compasión: solidaridad”. Aunque tiene un solo nieto, que acaba de cumplir 26 años, hijo de su única hija, con el que mantiene muy buena relación, en todas sus vidas ha estado rodeada de gente joven. “El puro espectáculo de verlos me apasiona, respetando siempre la etapa que viven. Lo que más me preocupa es que sepan descubrir lo que realmente les gusta, que suele ser para lo que sirven, sin dejarse llevar por falsas metas. La manera de ser feliz es estar a gusto con lo que uno hace en cada momento”.

De la juventud, la suya, recuerda sobre todo “aquel Londres destruido por la guerra, entre racionamiento, duelos; era algo maravilloso, lleno de vida, despertándose de las noches en vela bajo los bombardeos”. Año 51, había oído hablar a Emilia Moliner, sobrina de María Moliner, de una residencia para jóvenes posgraduadas de todo el mundo. “Ir a Londres era como ir a la Luna: nadie salía de España”. Crosby Hall, una institución fundada por un lord que fue pionero en darle a una hija la misma educación que a un hijo, en una sociedad británica profundamente puritana. De su vida londinense nacería una novela, La casa gris, que duerme aún en sus cajones, poblada de todos aquellos tipos y personajes que transitaban la residencia. En Londres descubrió además lo que sería el asunto de su tesis doctoral: El arte libre del niño. Lo vio anunciado en el Sunday Pictorial, y se dijo, “¿esto qué es? Aquí en las escuelas los dibujos se copiaban de modelos o del natural”. La exposición le pareció maravillosa, se documentó muchísimo, descubrió a un pintor vienés que en los años 30 había estudiado la pintura del niño equiparándola a la gran pintura y a la pintura primitiva, y sobre ello escribió su tesis. “Además de ser de una gran belleza, un mito, el arte regio les sirve a los niños de desahogo emocional y otras mil cosas. Y aquí, sólo algunos colegios empiezan a dejar pintar y dibujar libremente; pero lo normal es imponerles una manera de hacerlo”. En el colegio Estilo sigue celebrándose una exposición a fin de curso que luego durante el año decora las escaleras, el hall, espacios comunes, de color y fantasía sin límites.

Fue justo a su vuelta de la capital británica cuando conoció a Ignacio Aldecoa, en el café Gijón, donde ella se reunía con lo más granado de la facultad. Amigos como Alfonso Sastre, Jesús Fernández-Santos o Carmen Martín Gaite, quien introdujo a Aldecoa en el grupo, llegado él del primer ciclo universitario en Salamanca. Se conocen, se enamoran y se casan, ya dijimos. Y enseguida tienen a la niña, Susana. Y a los cuatro años, lo de Nueva York. A ella le da una beca La Casa Americana, para visitar escuelas públicas e instituciones de niños con problemas. Y él, mientras, inmerso en la ciudad, el teatro del mundo de sus calles, “descubrimiento sumo” para un hombre que desde joven vivió siempre de su escritura. Año 58, dejaron a la niña con los padres de ella. “Fueron nueve meses carta va y vine, sin teléfono, mediando una distancia real de 16 horas de vuelo”. Josefina nunca se arrepintió (“fue una experiencia incontestable”), pero recuerda, sí, el dolor de la distancia. Y a su regreso, año 59: ¿a qué colegio enviamos a la  niña? Entre Josefina y una compañera de facultad fundaron un jardín de infancia, 20 niños, y con el curso de sus respectivos hijos fueron abriendo brecha, hasta el preuniversitario. Es el colegio que aún hoy dirige. “Era una alternativa al tipo de escuela pública. Era privado e inspirado en la Institución Libre de Enseñanza, aunque no se dijera”. Y así, sin decirlo, consiguieron que respetaran su libertad. “Nunca se metieron con nosotros, porque era un colegio pequeño y privado privado”, repite. “Sólo se conocía en el mundo de la cultura. No tenía trascendencia pública y nunca armamos un escándalo, pero nosotros hacíamos lo que queríamos; la religión, por ejemplo, sólo lo daban los niños que lo pedían”.

La cultura y la educación son para Josefina Aldecoa el gran reto del siglo XXI, pero sabe, porque lo ha vivido, que el denominador común de los gobiernos es  no darles la importancia que se merecen.

¿Asistimos a un cambio o es pura fachada/talante? “Estamos mejor, esto no tiene nada que ver con el país de hace 30 años. España está ya en un momento muy europeo, pero lo habría conseguido mucho antes si el reaccionarismo no hubiera truncado la revolución educativa que pretendía la República. Aquel fervor por la cultura y la educación se tiene ahora a nivel individual, y hay muchos más medios y libertades, y esto va supliendo las carencias; pero nada comparable a aquello”.

Cerca del puerto definitivo que se adivina en la niebla, ¿su vida era esto?, ¿lo había soñado así? “Nunca me imaginé nada sobre mi vida, nada más allá de lo inmediato. Y desde luego, sí me alegro de haber vivido cosas que otros no vivieron porque no se lanzaron”. Mujer de su tiempo, futuro.


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