Lo que un escritor esconde tras su seudónimo.

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Posted April 25, 2012 by Miss K. in Entrevistas
ledesma

Descrarga en tu Kindle: Der Tod wohnt nebenan: Kriminalroman / Francisco González Ledesma

Se titula “La ciudad sin tiempo”. Su autor,  español de Barcelona, dio la campanada descubriéndose detrás de un seudónimo que en un solo mes encaramó su novela por la senda de los best-sellers (60.000 ejemplares vendidos): es la última peripecia de Francisco González Ledesma, reconocido y premiado novelista de género más bien negro, al amparo de un nombre desconocido para todos, Enrique Moriel. Para todos, menos para la censura franquista: Moriel es el protagonista de su primera novela (“Sombras viejas”) prohibida y destruida, ganadora en 1948 del premio José Janés y recurrente éxito de ventas en Francia que, vuelta a escribir por tercera vez, Destino publicará próximamente en castellano. Un juego conocido el de Ledesma: muchos son los casos de escritores ocultos tras un seudónimo o que voluntariamente deciden crear heterónimos, apócrifos, complementarios…; como muchas y diferentes son las razones que les conducen a sacrificar esa porción de ego en aras de otro yo (mayormente inexistente).

Yo escribía desde los 12 años, y a los 17 me parecía que podía hacer ya la novela de mi vida”

Siguiendo con el autor de Moriel, se preguntarán qué hizo el prohibido Ledesma durante los 27 años que aún duraría la represión del Régimen. Pues convertirse en el popularísimo Silver Kane, ciudadano de las llanuras del Oeste americano y por ahí, que relató sus peripecias en unas 450 novelas publicadas entonces por el sello Bruguera (existe un auténtico club de coleccionistas siguiendo su pista en ferias del libro usado; entre otros, Alejandro Jodorowsky y ,director del Instituto Cervantes de París). Así pues, Silver Kane (primer alter ego de “el Ledesma”, Poble Sec, Barcelona, 1927), aferrado al contrato editorial que le permitiría salir de la miseria, estudiar Derecho, llegar a ser un brillante abogado, renunciar a ello en pos de la justicia inexistente y escribir otras historias menos “rojas y pornográficas” (sic), durante 32 años entregó aquellas novelitas a razón mínima de cuatro al mes. En el 84 gana el premio Planeta, crea una serie policíaca con Barcelona al fondo, se dedica al periodismo de altura en La Vanguardia, es cronista de la villa, tiene, cría y educa a tres hijos, etcétera.

Hace escasos meses, junto a su editor (Destino), llegó a la conclusión de que una vez más habría de sacrificar su personalidad, puesto que, después de 25 años de gestación y cuatro reescrituras, había parido una novela completamente ajena al registro policíaco por el que popularmente es conocido. ¿Temía acaso el recelo de los lectores alérgicos al género de kiosco? “Es un prejuicio un poco tonto ése, catologar de serie B a autores como Montalbán, Mendoza, etc. Después de haber escrito casi 500 novelas (muchas de ellas reescritas hasta cuatro veces, no sólo la que nos ocupa), si algo tengo es oficio (de escritor). Cuando empecé tuve nombre como escritor de la vida política y social de Barcelona, escribí entre otras cosas una trilogía que relata la vida política de la ciudad desde el año 33 al 82. Pero a raíz del Planeta, que gané con una novela negra (Crónica sentimental en rojo), publiqué bastantes obras de intriga, y esto configuró un nuevo nombre para mí. Entonces, publicar esta novela, de carácter histórico, que plantea asuntos teológicos que hasta ahora nunca había tratado, suponía un problema: la gente iba a clasificarla a priori como novela negra. La idea de publicar bajo seudónimo se me ocurrió a mí, añadiendo la promesa explícita de revelar cuanto antes mi autoría. No hubo intención alguna de engañar ni disfrazar nada. Y además tenía otra razón, sentimental: unir los dos pedazos de mi vida, el último, que es el que vivo, y el primero: Moriel es el personaje de mi primera novela, para mí muy querido”. Protagonista de Sombras viejas, escrita en el 44, premiada (entre otros por Somerset Maugham, en el jurado), prohibida y destruida por el autor, que rescribió para publicar en Francia hace 10 años, y que actualmente escribe por tercera vez. “Yo escribía desde los 12 años, y a los 17 me parecía que podía hacer ya la novela de mi vida (se ríe)”.

No fue tampoco el miedo escénico del autor que cambia de registro: es ésta una historia bien antigua para “el Ledesma” (así conocido en familia). “Tiene casi 30 años. Mientras escribía aquellas novelas de acción (cuando era el ciudadano Kane de Poble Sec), se me ocurrió lo fascinante que debía de ser la vida de un ser que no muriese nunca y fuese testigo de una historia a lo largo del tiempo. La idea quedó ahí, hasta que La Vanguardia, hace 20 años, me encargó un folletón de verano y entonces se convirtió en “El vampiro del paseo de Gracia”, que es esta historia pero simplificadísima (tanto es así, que un avezado crítico amenazó el pasado mes con acusar al tal Moriel de plagiar el susodicho folletón) y vuelta a escribir tres veces más. Yo rompo muchas cosas” (o “casi todo” según Rosa, su magnífica mujer, el día entero apartándole escritos que en sus manos peligran, ay). Ésta es una novela muy trabajada”. Y tanto.

No es premura ni ambición de ego, ni que se haya visto sorprendido por el éxito de ventas. Habían decidido (autor y editor al alimón) que sería un seudónimo efímero, y se pusieron una fecha capital: el Ledesma no quería faltar a la deliciosa cita con los lectores que es el Día del libro: “es la fiesta más civilizada que conozco: una rosa, un libro y una sonrisa”. Así que emplazaron la revelación para unos días antes, el pasado martes.

¿No temía el autor que le acusaran de juego ilícito, intento de manipulación al estilo anuncio fantasma, engordando la expectativa del consumidor adicto? “No, porque no hay ningún secreto, el único motivo lógico es que no la confundieran con una novela negra”. Se beneficia además Ledesma de una merecida reputación de escritor limpio: “soy un obrero de la pluma; no soy un autor tan famoso como para que se monten tinglados publicitarios a mi alrededor”.

Sí, claro que algunos se dieron cuenta de quién era Moriel: críticos, compañeros antañones de La Vanguardia, lectores aviesos que reconocieron su estilo… Y hasta aquel periodista que le aconsejó al editor que buscara un buen abogado para defenderse de plagio (con el folletón en la mano). Faltaba la certeza, “pero sí, el estilo me traicionó, porque no se puede esconder”, como tampoco esconde su eterno asunto: el alma de Barcelona, mujer o ciudad de la que ha sido relator durante toda la vida: de comentarista de boxeo a cronista de la Alcaldía, pasando sobre todo por la calle, que es su verdadera pasión. “Barcelona es como mi madre: lo sé todo de ella, sin tener que recurrir a hemerotecas. Frente a la idea que tiene la mayoría (la ciudad de la pela), para mí Barcelona es una ciudad que vive de mitos; el nacionalismo es uno de ellos: un mito espiritual”.

-¿Hay, Ledesma, algo esquizoide en esta convivencia con un alter ego?

-Enrique Moriel ha sido un seudónimo que nació con vocación provisional, y he convivido con él guardando silencio cuando escuchaba comentarios. En Silver Kane, sí; él formó parte mí con toda naturalidad, yo intentaba pasar por autor norteamericano y me sorprendía si alguien me hablaba abiertamente de alguna de sus novelas, pero al final lo sabía todo el mundo. El contrato tenía que haber durado unos tres años, para sacarme del hambre, pero como vendía muy bien, aquí y fuera, duró desde el 52 al 84: el editor me iba apretando y confieso que a mí casi me gustaba hacerlo: siempre me ha apasionado escribir, es lo único que he sabido hacer en mi vida.

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