Miss K. en el caserío de los Baroja, Itzea.

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Posted February 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
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Publicaba por entonces un volumen inédito de las memorias de su tío, Pío Baroja: “La guerra civil en la frontera”. Un texto que hasta entonces dormía en los cajones de este estudio donde charlamos, en Itzea, Vera de Bidasoa. La memoria de don Pío le ha servido a don Pío Caro (y también Baroja)para recuperar la suya propia y acometer una nueva novela enmarcada en aquel tiempo fraticida, aquí, tan cerca de la frontera.

Bibliología de Pío Caro Baroja en Amazón

Es mediodía en Itzea y don Pío disfruta como un niño entre figuras y decorados de un belén. El carpintero ha interrumpido la sobremesa familiar trayendo a la casona una especie de teatrillo: un enorme cajón de madera donde, a modo de proscenio, Pío padre e hijo dispondrán el belén que pintó y modeló Julio Caro Baroja, en una de sus mil facetas artístico/curiosas. La próxima semana, pasatorcillos, ovejas y demás figurantes de la escena sagrada viajarán a Madrid en sus artesanos embalajes para quedar expuestos en el Cuartel del Conde-Duque: “Memoria de Julio Caro Baroja” (a partir del 23 de noviembre). Pero no hemos venido hasta Vera de Bidasoa para esto del belenismo, sino para hablar con el sobrino de Pío Baroja de sus inéditas memorias de la guerra: “La guerra civil en la frontera”, publicadas por la editorial familiar, Caro Raggio.

El célebre pesimismo barojiano, el que finalmente pudo con el doctor Andrés Hurtado, trasunto del literato en El árbol de la ciencia, asoma de cuando en vez en los ojos acuosos de don Pío Caro: Madrid, 1928, etnógrafo por contagio de su hermano Julio quien, junto al tío Pío, suplió para el menor la figura paterna; documentalista gráfico además o, como el prefiere decirse, “un perdedor del cine”. Este hombre, bebedor insaciable de las fuentes barojianas, es hoy guardia y custodio de 200 años de cultura familiar. Huele Itzea a piedra húmeda y a papel, mucho papel; sillares de los siglos XV y XVII, y más de 40.000 libros recorriéndolos en anaquel. Don Pío ya no sale de sus muros, porque a veces lo que ve le molesta, y porque tiene miedo de que malas memorias crucen su camino. Aquí vio don Pío marchar al tío a pie hacia la frontera, perseguido por unos y por otros, el sinsentido y la crueldad; aquí le cortaron el pelo al doble cero, verano del 32, y aquí le nació la conciencia. Así que don Pío, intramuros, se sienta y escribe.

-Cuando murió Pío Baroja su hermano Julio y usted decidieron guardar este tomo de sus memorias hasta que se olvidaran o perdonaran las pasiones y rencores que dieron lugar a la contienda. ¿Suficiente el olvido?

Lo creía, pero ahora me extraña y me disgusta la rememoración que se está produciendo, porque no conduce a ningún sitio. Los políticos hablan demasiado sobre la guerra, se desentierran e identifican cadáveres, se hacen actos de memoria… Yo no creo que esto sea bueno: irrita a la gente.

-¿Dónde estuvo guardado el escrito todo este tiempo?

En ese armario de ahí. Y todavía tengo más; el año que viene (50 aniversario de su muerte, 70 de la contienda) sacaremos otro tomo: Las miserias de la guerra, que es una novela sobre memorias de aquel tiempo, pertenece a la trilogía Las saturnales.

-Alude usted a la valentía de su tío a la hora de escribir estas reflexiones, la valentía del murciélago, ni pájaro ni ratón: “cuando uno no es tonto, definirse resulta más difícil”. ¿Con quiénes estaba Pío Baroja?

Con nadie, en ningún lado. Le habían defraudado los republicanos, la única figura que salvaba era Negrín; y con los reaccionarios, apoyados por la Iglesia y el ejército, no podía estar de acuerdo

-Su crítica es especialmente feroz contra la Iglesia.

Él era un agnóstico total, pero cuenta, y yo lo recuerdo, cómo los curas decían desde el púlpito: hay que dar hijos a la guerra. O sea, alentaban a matar.

-Baroja denosta tanto a fascistas como a bolcheviques, a la República y al sistema democrático; la solución para él era la dictadura de los intelectuales, sic, “que impusiera la paz por la fuerza”, ¿esto no es intrínsecamente un contrasentido: fuerza y paz?

Era una de sus utopías. Hombre, sería una cosa bonita que la fuerza impusiera la paz.

-¿El problema capital, para él, era que dejaran de matar, creer en alguien o algo que no apoyara la muerte?

Es que hubo tantos crímenes de un lado como de otro, en los paseos y en las checas: se mataba de mala manera, eran todos lugares de muerte y exterminio.

-Don Pío, ¿coincidieron en el tiempo y el espacio dos revoluciones contra el poder?

Pues sí, primero el de los generales y reaccionarios, y luego entre la izquierda hubo un golpe comunista y una lucha anarquista, que creían en una utopía que lo iba a resolver todo. Y resolvió mucho, sí, pero es muy difícil crear riqueza de la nada

-Según usted, el momento actual empalma directamente con el 35, ¿qué grandes similitudes encuentra?

Sí, hay una continuidad entre los momentos anteriores a la guerra y la actualidad. El levantamiento nacional, los crímenes, los fusilamientos, las muertes, se podrían haber ahorrado y estaríamos en la misma actualidad; y eso tienen que metérselo los políticos en la cabeza: jugar con fuego es muy peligroso y España es una nación, un pueblo muy violento. La pasión se ve por todas partes. Existe aún la posibilidad de que la violencia prenda. Y estos políticos de ahora son igual de vocingleros que los políticos republicanos.

-¿Y qué aprecia de nuevo?, ¿acaso no ha habido evolución social?

-El momento sociológico y político es distinto, sí, ha habido una gran progresión a favor de la izquierda: se han logrado muchos tantos de tipo social y se ha desmoronado toda la estructura social católica. Y luego está la gran revolución, la que hecho la mujer, con tres armas: el trabajo, la píldora y la negación del pecado. Recuerdo que el general Franco decía que lo dejaría todo atado y bien atado. ¿A quién lo dejó atado?, ¿a la nieta?

-¿Y usted apoya esa revolución femenina?

-A mí me parece muy bien, mi madre era una luchadora feminista. Ahora, añade que yo soy machista, porque admiro a la mujer.

-O sea, porque le conviene. Escribe Baroja que en España el parlamentarismo es una escuela de charlatanes y logreros, gente con anhelo de vivir bien con o sin méritos para ello, ¿sus reflexiones fueron augurio de tiempos peores?

La conquista del voto es una enfermedad social. Cuando un político va a la caza del voto tiene que hacer concesiones de todo tipo: que hay muchos cojos entre el electorado, pues demos gratis zapatos con alza. Entonces extorsionan la justicia y equiparan a los hombres y esto es una tontería: o sea, que resulta que los asilados de Vera cuentan a la hora de votar lo mismo que los académicos de la Historia. El sufragio universal es una estupidez, aunque sea lo menos malo. De ahí nacen las utopías de mi tío.

-“Los diputados alardean de insolencia y grosería”, le cito: ¿diría usted lo mismo de nuestros congresistas?

Estos alardean de tontería. ¡Pero si son unos pobrecitos! Un político tiene que ser primero honesto y luego, saber ejecutar programas y crear cosas útiles para todos. Los discursos, a quién le importan.

-Y el cainismo, don Pío, ¿nos cree aún capaces de tanto cainismo?

Ah, España es peligrosísima. No hay más que ver esos programas que yo llamo de teletontas y teleputas: el torero que vuelve a ser el torero y el que pasa cuatro veces con el coche por encima de su mujer. ¿Te das cuenta de la violencia que hace falta para matar a tu mujer? Y luego: jóvenes, droga y carreteras. Menuda papela, eso sí son temas para los políticos.

-Se refiere usted a la guerra civil soterrada de nuestros días, ¿se refiere a alguna guerra en particular?

Hombre claro, completamente: a la lucha de ETA. La han llamado de muchos modos, pero no es más que una guerra de independencia, soterrada, pero con mil y pico muertos en cada bando, 600 tíos en la cárcel y un partido político detrás. Y hay que resolverlo de alguna forma. Yo comprendo que a las víctimas del terrorismo les revuelve el estómago: pero en todas las guerras se mata gente. También es terrorismo lo que hicieron los americanos en Hiroshima; ah, claro, pero es que así terminaron con otra guerra, ya, ya.

-Es usted partidario de abrir toda clase de diálogos, ¿también con el terrorismo?

Sí, sí, sí; hay que estudiar el terrorismo, y dialogar, porque de dónde viene. Pregúntele usted a los judíos qué es lo que están haciendo, ¿y eso se llama también terrorismo?

-Baroja en ocasiones habla con desprecio de los judíos, ¿usted es antisemita?

No, pero no me trago las bolas del semitismo: el famoso holocausto judío fue una monstruosidad, sí, pero allí murieron miles de polacos, de gitanos, españoles, pueblos que no siguen justificándose con el cuento del holocausto.

-La visión barojiana del País Vasco ha ido variando a lo largo de la Historia, ¿cómo sería hoy?, ¿cómo es la suya?

El País Vasco es una tierra rica, con grandes hombres de empresa y buena mano de obra especializada; su producción es grande, pero ha prendido el veneno del separatismo, que para nosotros es algo nuevo. Mi abuelo Serafín nació en 1840, y hablaba vascuence tan ricamente, pero nunca pensó que este país pudiera disgregarse de España, porque históricamente siempre había estado unido, y la colaboración de los vascos en la Historia española es enorme.

-¿Qué fundamento tiene el separatismo?

Yo creo quien fomentó esto fue la violencia de Franco, con su prohibición del idioma: “no blasfemes, habla castellano”…

-¿Usted habla euskera?

Yo hablo un vascuence rural que aprendí en el colegio del pueblo, siendo niño.

-¿Qué era para Pío Baroja “el país”?

El País Vasco. Pío era muy vascongado, contrario al nacionalismo; sobre todo al nacionalismo católico, que era algo reciente. Hasta entonces, el pueblo tenía su propia mitología, como sucedía en Galicia, por ejemplo. Él decía que el catolicismo venía de tierras estériles y áridas, en referencia a Israel.

-Se refiere con desprecio a “navarros de la Ribera, gallegos, asturianos…”, ¿era algo racista?

Tenía la idea del vasco gipuzcoano fino, elegante y culto, como eran los caballeritos de Azcoitia, un movimiento partidario de la Ilustración francesa.

-Es decir, un elitismo racista.

Sí, él sentía predilección por las razas arias y por los vascos, sí, indudable.

-¿Qué siente ahora al pasear solo por Itzea?

Aquí vivo en mi medio, con los recuerdos, arropado en el pasado y a penas sin salir, me da miedo salir porque siempre encuentro cosas que no me gustan, o recuerdos desagradables. Entonces uno se ha convertido en un topo metido en un agujero con sus cosas alrededor.

-¿Y qué hace usted, intramuros?

Escribo, novelas, itinerarios, biografías de la familia: siempre sobre el recuerdo.

-¿Cómo recuerda mayormente a su tío?

La sitúo en el Madrid de la posguerra: escribiendo sus memorias, del 40 al 53, en que yo me fui a México. Por las tardes había una tertulia en casa y solían venir bastantes escritores jóvenes de entonces, Cela y demás.

-¿Qué siente ahora al pasear solo por Itzea?

Aquí vivo en mi medio, con los recuerdos, arropado en el pasado y a penas sin salir, me da miedo salir porque siempre encuentro cosas que no me gustan, o recuerdos desagradables. Entonces uno se ha convertido en un topo metido en un agujero con sus cosas alrededor.

-¿Y qué hace usted, intramuros?

Escribo, novelas, itinerarios, biografías de la familia: siempre sobre el recuerdo.

-Don Pío, ¿comparte usted el pesimismo barojiano?

No sé si los fisiólogos han estudiado bien esto del pesimismo, que tal vez se deba a la falta de un mineral; prueba de ello es que se quita con unas pastillas.

-¿En el caso de su familia, sería una especie de gen?

La clarividencia mental ante sucesos tan míseros como los que se vivieron  aquí,  no puede dar lugar a r

Perdedor de la historia

Don Pío Caro Baroja le debe a su hermano Julio su pasión por la antropología y la etnografía. Estudió Derecho en Madrid y lo primero que aprendió fue que aquello no iba con él. En el 53 ya estaba en México, ayudando a dirigir documentales, haciendo crítica cinematográfica, dirigiendo al fin. Su gusto por el cine tiene sello neorrealista. Regresó en el 64 y montó con su hermano una productora de documentales folclóricos para la televisión de entonces: qué otra cosa iba a hacer. Julio (13 años mayor) y el tío Pío son los dos grandes referentes de Pío Caro, que quedó sin padre con 14 años. “Mi padre tenía la editorial Caro Raggio y una imprenta, y todo esto se lo bombardearon durante la guerra, además de su casa. Poco después murió, enfermo, con 53 años: tuvo una vida triste. Julio, el tío Pío y yo hemos vivido juntos muchos años, ellos hicieron las veces de padre”. Ahora, al albur del tiempo y el recuerdo, Pío Caro se considera un perdedor del cine, ¿pesimismo a ultranza? “Yo hubiese hecho muchas más cosas y más grandes de las que hice, y no es pesimismo, no. Son muy pocas las películas que se han hecho y que a mí me hubiera gustado hacer: mi cine está sin hacer, además, date cuenta que en aquella época nosotros éramos comunistas y…”

-Don Pío, ¿por qué no sé nada de su padre?, ¿fue su hermano mayor algo así como su segundo padre?

Mi padre tuvo una imprenta, y la editorial Caro Raggio, que le bombardearon durante la guerra, junto a su casa. Tuvo una vida triste, y murió poco después de la guerra, con 53 años, enfermo.

Sí, claro, yo tenía 14 años cuando murió mi padre. Julio, el tío Pío y yo hemos vivido juntos muchos años, también mi tío fue mi segundo padre.

-En cambio de su madre cuenta cómo la recuerda vestida de enfermera en el frente, ¿reclutada?

Sí, claro, voluntaria, para cuidar a los enfermos que venían del frente. Los militares de Franco montaron un hospital de sangre y pidieron mujeres casadas que pudieran ayudar. Mi tía y mi madre se hicieron unos uniformes con sábanas y allí pasaban hasta dos días seguidos, sin descansar. Contaba luego el dolor de los heridos, cómo pedían morfina. Aquí quedaron sepultados muchísimos legionarios extranjeros, detrás del cementerio, junto a la zanja de los fusilados. Este pueblo está lleno de cadáveres, también esta casa fue hospital de sangre en la Guerra de la Independencia. Un año que cavamos en el jardín, encontramos que había muchísimos esqueletos alineados, de soldados ingleses que no pudieron enterrar en el cementerio católico.

-Se considera un perdedor del cine en sentido estricto, ¿por qué?, ¿pesimismo a ultranza?

Yo hubiese hecho muchas más cosas y más grandes de las que hice, y no es pesimismo, no. Son muy pocas las películas que se han hecho y que a mí me hubiera gustado hacer: mi cine está sin hacer, además, date cuenta que en aquella época nosotros éramos comunistas y…


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