Saramago y Del Río, el oficio de amar

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Posted June 29, 2012 by Miss K. in Entrevistas
saramago pilar

Son poco más de las diez de la mañana y José Saramago enfila la estrecha escalera blanca que sube a su escritorio.

Hace horas que amaneció en la isla de Lanzarote, negra y blanca. Tiempo hace que la voz de Pilar del Río, su mujer, amaneció también en las ondas de la radio; previamente: una ojeada a los periódicos en soporte digital. Cuando ella cuelga el teléfono, después de hablar con la emisora, largos minutos después, en la cocina aguarda el desayuno, y la misma prensa, algo caduca ya a esas horas matutinas, que acaba de llegar impresa en su papel, el océano por medio. Tostadas de pan caliente con aceite, azúcar moreno y mermelada, que este año es casera gracias a los naranjos crecidos; yogurt, zumos y té. La cocina, verde y de madera de olivo, se abre frente al mar, como toda la casa, lugar de Tías.

NOTA: bibliografía editada en formato Kindle de José Saramago.

Son las diez de la mañana y José Saramago, Azinhaga, Portugal, 1922, Premio Nobel de Literatura, se sienta en su mesa iluminado a su izquierda por la luz y el mar que cruza entre esta isla y la de Fuerteventura, perfilada a lo lejos en una suave calima. Hundido él en su próxima novela, que sería “Ensayo sobre la lucidez”. Dice Saramago que las novelas se le presentan en forma de visión, una imagen y, detrás, un río de ideas y palabras que acaban siendo pequeñas o grandes obras maestras. “Obviamente”, el escritor no iba a revelarnos cuál era aquélla su última visión, pero sí contaba que la novela estaba en él mucho antes de haberse dado cuenta: “Cuando se me presentó por primera vez no fue para mí ninguna sorpresa, porque el asunto había sido una de mis preocupaciones más recurrentes en los últimos tiempos. Lo insólito fue que una noche me desperté de súbito a las tres de la madrugada, totalmente lúcido y con un pensamiento: que el asunto que andaba buscando ya lo tenía y que era, ni más ni menos, la preocupación que venía acompañándome desde hacía tanto tiempo”. Sus lectores sabrán que el autor no va a traicionarles que, sea como fuere esta imagen, José Saramago hablará siempre del hombre y su humanidad poco a poco perdida, sometida a los designios feroces del poder financiero. Tal es hoy su visión del mundo.
Son las diez de la mañana y en el piso de abajo, justamente bajo los pies del escritor, otros pies más pequeños empiezan a moverse inquietos, casi mecánicos: son los pies o los ojos de Pilar del Río, su mujer y traductora, entregada al orden de su despacho. “Antes de sentarme le doy un repaso a todo”, dice, “porque me cuesta concentrarme si los papeles sobre mi mesa están desorganizados; incluso me molesta el polvo, que en Lanzarote es abundante porque nos llega arena desde África, y también, los cristales sucios”. El despacho impoluto, Pilar del Río, periodista, Sevilla, 1950, se vuelca en la tarea de traducir el último texto que Saramago le ha confiado, escrito hace apenas unos días. “Lo hacemos simultáneamente para que los libros se publiquen al mismo tiempo en portugués y en español, pero también porque es mucho más interesante hacerlo de este modo: yo asumo la tensión de José, sus dudas y sus certezas, y si él cambia, yo cambio, si modifica, yo modifico. De este modo, el proceso es mucho más creativo y más emocionante: un privilegio que todos los traductores quisieran para sí”.
El despacho de Pilar está iluminado por la misma luz y el mismo mar que el de José, pero, como ella dice, sus ventanas (la de ella más pequeña; la de él es una especie de mirador cerrado con una carpintería clara de cuadrícula pequeña) y la visión que ofrecen son como “una metáfora de nuestra vida: yo veo menos mar, pero veo mejor los árboles del jardín, las palmeras y los olivos, porque los tengo más a mano. Quizá la cercanía con lo pequeño sea otra metáfora de la vida”.
Lleva ocho años escribiendo al norte de este océano, arropado entre volcanes y playas, y ya reconoce que es incapaz de escribir en otro lugar, porque éste ya es el suyo. Su mesa está rodeada de estanterías compartidas por libros, figuras que algo significan para él y piedras de muchos caminos. “Son piedras que José ha recogido con emoción en lugares simbólicos como Acteal (Chiapas), o en Timor, o en una aldea portuguesa, que las ha traído a casa como tesoros de la memoria y del tacto. A veces les pasa la mano por encima y a mí me da la impresión de que está acariciando el mundo”.
Es ya la una del mediodía y Pilar del Río “da de mano”, como ella dice; o sea, que abandona su traducción y sus otros asuntos escritos (cartas, correos, esquemas tal vez de sus parlamentos o sus entrevistas en Canal Sur, la Ser, El Semanal…) y, a mandil puesto, se sumerge en tarteras y sartenes preparando el almuerzo: el oído y la atención pegados a su adorada radio: “es uno de mis más queridos placeres”. La escritura de José se dilata algo más, y si aún el puchero se retrasa, retomará el escritor la lectura de la prensa y su comentario en voz alta, mientras se hacen compañía: “nos condolemos y nos indignamos juntos de las noticias, suele ocurrir, todos los días: es difícil que a uno le guste lo que al otro le disgusta”. Porque más allá de compenetrarse, Pilar y José se comprenden. Así lo explica él: “en el fondo, lo compartimos todo, porque hay modos de compartir incluso lo que material o intelectualmente no se comparte. Y esto se llama comprensión”. Esas cosas que no comparten, pero sí comprenden en el otro, son pocas, “algunos amigos, algunas admiraciones literarias y sobre todo, los gustos culinarios: José es omnívoro y yo, vegetariana; a José le gustan las cosas naturales y yo adoro la sofisticación o el atrevimiento en la cocina. Pero aún así nos entendemos en la mesa, porque él es capaz de respetar el huerto de mi plato y yo, su bicho poco hecho”. Entre otras muchas, Pilar enumera alguna de las cosas que sí comparten “vida, casa, cama, amigos, sueños, iras, trabajo, inquietud, serenidad, impaciencias…”. Y él, a renglón seguido: “impaciencias, serenidad, inquietud, trabajo, iras, sueños, amigos, cama, casa, vida…” Todo es uno.
No se han visto en toda la mañana, pero Pilar guarda seguro un puñado de preguntas sobre lo que el uno escribe y la otra traduce, Ensayo sobre la lucidez: “le pregunto siempre que lo necesito, y discutimos, aunque cada vez menos”, explica ella (que va por la cuarta novela traducida). “A veces las dudas no tienen que ver con la comprensión del texto sino con insuficiencias de conocimiento de mi propio idioma. Como puedes imaginar, Saramago domina mejor su idioma que una tal Del Río el suyo. Ese es el drama de los autores, que a veces tropiezan con gente que no llega al fondo de su propia lengua, aunque conozca muy bien el idioma del que está traduciendo. A mí me produce mucho malestar, mucha desazón, el que pueda empobrecer demasiado el texto de José. Y digo demasiado porque el original siempre pierde ductilidad y riqueza, salvo que sea Valle Inclán quien traduzca a Eça de Queirós, por poner un ejemplo”. ¿Y él, le cuenta?, ¿qué le cuenta de lo que va escribiendo, de lo que está por llegar? “Yo voy sabiendo del texto tanto como José. Suele adelantarme el argumento y el recorrido de la novela, y cada vez que introduce modificaciones me lo cuenta. Y yo escucho, respetuosamente”. Para José Saramago, el gran apoyo de su mujer en el trabajo no se reduce a la traducción, agradece y aprecia mucho “los diálogos que mantenemos sobre lo que estoy haciendo, y sus opiniones. Pilar es muy respetuosa, pero yo siento cuando a ella le parece que no voy por buen camino”.
Se conocieron en el año 86. Fue a través de su literatura, la literatura de José Saramago, autor de Memorial del convento: así descubría Pilar del Río al autor que apenas unos años antes había alcanzado fama mundial con aquélla su tercera novela. “Busqué con ansiedad una segunda novela suya y entonces leí El año de la muerte de Ricardo Reis. Tras su lectura, sentí que tenía que ir a Lisboa, conocer las calles y los lugares de Ricardo Reis” (heterónimo de Fernando Pessoa). Le he preguntado a Pilar de dónde sacó entonces el arrojo suficiente para visitar al autor durante su excursión a la ciudad blanca del Tejo, o si es que tal era su costumbre (o deformación periodística): llamar y conocer a los autores que le fascinaban. Contesta rauda: “no tuve que sacar fuerzas de ninguna parte: soy periodista y sé cómo localizar a las personas. Y no, no era mi hábito llamar a escritores o personas que estuvieran relacionadas con mi trabajo. Llamé a Saramago como lectora: sentí que tenía la obligación de decirle que su libro estaba acabado porque había sido leído y entendido. Creo que es de bien nacido agradecer las grandes experiencias que se viven, ¿verdad? Lo que vino después no estaba previsto cuando lo llamé, desde Sevilla”. ¿Una suerte de premonición? Tampoco: una certeza. “Tuve una certeza cuando nos conocimos en Lisboa. Supe, sin ansiedad ni impaciencia, que más pronto que tarde José daría un paso buscándome. Y lo dio, varios meses después de la tarde en que nos conocimos”, que no la imaginen estrafalaria o de película, no: “fuimos al cementerio a ver la tumba donde ya no estaba Pessoa, y al Monasterio de los Jerónimos. Y nos tomamos un café y nos despedimos con un apretón de manos”. Un paseo, a penas una hora que cambiaría sus vidas para siempre.
Dice José Saramago que existen momentos de la vida en los que debemos dejarnos llevar por la corriente de lo que sucede. Tal parece ser a menudo la conducta que impulsa a sus personajes. “Yo estaba pasando eso que vosotros (los españoles) llamáis una mala racha; peor que mala, malísima. Trabajaba en La balsa de piedra y me estaba saliendo bastante bien, o sea que por ese lado no había ningún problema, pero mi vida sentimental llevaba ya unos cuantos años en una situación de desastre total, hasta el punto de que había decidido separarme en cuanto terminara de escribir la novela. Pilar me llamó en la mañana del 14 de junio de 1986 y nos citamos para las 4 de la tarde, en la recepción del Hotel Mundial”. ¿Qué fue lo primero que pensó cuando escuchó su voz al otro lado del teléfono? “Nada especial. Era una periodista que me quería conocer, y punto. Pero su voz me había gustado”. ¿Y lo segundo? “Yo estaba en la recepción del hotel, preguntándome cómo sería la periodista sevillana, cuando de repente se me acerca una chica mucho más guapa y elegante que todo lo que habría podido imaginarme. Era ella. Si quieres saber lo que sentí en ese momento, no tienes nada más que leer las páginas 144 y 145 de La balsa de piedra. Ese es además el motivo por el que todos los relojes de nuestra casa están parados a las cuatro de la tarde”. Efectivamente, no era una premonición sino una certeza: aquel encuentro o visión iba a cambiar sus vidas. “Sentí que había llegado a una esquina del tiempo”, dice Saramago, “que del otro lado quizás estuviera lo que durante toda mi vida anduve buscando”. Pilar del Río, el amor verdadero: “el enamoramiento tiene distintos grados”, continúa él, “es como una escalera que sube. Yo sabía que había puesto el pie en el primer peldaño. Creo que hasta ahora no hemos parado de subir la escalera”. Se casaron. Ellos, tan de izquierdas, tan tan románticos, tan al margen de los papeles. “Nos casamos simplemente porque nos dio la gana”: lo dice Pilar; “la idea fue de José y a mí me pareció natural. Tampoco hubiéramos tenido problema alguno si no hubiésemos pasado por el juzgado”. Y él, que nunca antes había estado casado: “quería que aquello fuera diferente; si me casaba, era para siempre”. “Y lo es”, termina Pilar.
Son las cuatro de la tarde en los relojes de la casa Saramago/Del Río y José sigue subiendo escaleras, para escribir y para amar. “Es posible que al principio (de su carrera) escribiera para que me quisieran, ahora pienso que sigo escribiendo porque me quieren. Aunque no me faltan otros motivos; por ejemplo, creer que mis palabras son necesarias para quien me lee”. ¿Y el desasosiego, no es también razón de su escritura? “El desasosiego me viene del mundo, del mundo desastroso en que vivimos”.
Se casaron y vivieron en Lisboa siete años, hasta que el Gobierno portugués vetó su nuevo libro, El evangelio según Jesucristo, elegido aquel año, 1994, para el Premio Europeo de Literatura. Pilar no había dudado un instante a la hora de dejar su ciudad, que entonces era Sevilla, sus costumbres, su vida ya cómoda. “¿Dejar?, yo no dejé nada. Adopté Lisboa y a esa ciudad me llevé a mis amigos, que es lo único que tenía y tengo, y a mi hijo, Juan José, y a mi familia, y a la de mi primer marido, que aunque ya estábamos divorciados seguíamos viéndonos”. Atrás quedaban dos matrimonios y, delante, una familia enorme y unida. El hijo de Pilar vivió con ellos hasta hace unos años, que eligió su propio camino, junto a su novia, diseñadores virtuales los dos, residen en Madrid: son los anfitriones de Pilar y José siempre que visitan la capital. A Violante, la hija de José, bióloga metida en política, ex diputada y concejala por el Partido Socialista, la ven en Lisboa o en su propia casa de Tías. Violante vive en Madeira, hace ya muchos años que hizo abuelo a Saramago: la nieta, ingeniera informática, acaba de abrir una galería de arte en Lisboa; el nieto estudia biología. “La relación entre todos nosotros es estupenda, muy por encima de lo normal entre familias”. Pilar venía de familia numerosa, la mayor de 15 hermanos, Heliópolis, Sevilla; estudió interna con las madres teresianas de Granada, las monjas rojas, que según ella “no son monjas”. Y de ahí tal vez le venga ese carácter austero que ya tenía cuando conoció a Saramago y que es una actitud ante la vida que comparten. “La educación que ellas me dieron me sigue sirviendo hoy. Soy de izquierdas porque no puedo ser de otra forma. Y austera, porque lo contrario me parece obsceno”. Estudió sin acabar Magisterio y Filosofía y acabó, eso sí, en el periodismo, “porque era lo único que realmente me gustaba, aunque las circunstancias (familiares) me impidieron ir a Madrid o a Navarra, que era donde entonces se hacía la carrera. Me gustaba escribir y mi curiosidad no tiene límites: tengo el don de escuchar y ese es uno de mis mayores privilegios”. Pilar forjó su carrera periodística en Madrid, TVE, y luego en Sevilla, Canal Sur.
Pero nada que pueda decirse de Pilar del Río es comparable a lo que de ella dice José Saramago. Adopta el escritor una actitud reflexiva, cruza sobre la butaca sus piernas larguísimas y suelta: “estamos hablando de algo muy serio. Pilar es la única mujer que me ha hecho sentir la cuarta dimensión del amor”. Y anticipándose a mi gesto de evidente curiosidad, añade: “no me preguntes qué es eso de la cuarta dimensión del amor: o la conoces o no vale la pena intentar explicarlo”. Así queda. Algo tendrá que ver la dimensión con esos atributos que él le prodiga: “su integridad, la honradez de su carácter, su vocación de hermana de todo el mundo, su infinita generosidad. Yo no he sido nunca una mala persona, pero Pilar me ha enseñado, sin palabras, que podía ser mejor. Creo haberlo aprendido”.
A Saramago le asusta el simple hecho de imaginar lo que sería hoy de su vida si no llega a haber conocido a su mujer. De la pareja, entre la que median 28 años, “se dicen muchas tonterías”, comenta Saramago en tono displicente, refiriéndose o anticipándose a todos aquellos comentarios que hablan de las bondades de una compañía joven para hacer de la vejez un trago menos amargo. “Es cierto que lo primero que me impresionó de Pilar fue su belleza, pero no tardé en comprender que allí había mucho más que belleza física”. Se dice también que las mujeres jóvenes son el secreto de la longevidad masculina, y no es la primera vez que Pilar responde a esto diciendo que ella es quien rejuvenece cada día con la energía que su marido le comunica. Y él: “si Pilar no pusiera más que su juventud física, podría ocurrir que mi vida espiritual no tuviera la riqueza que tiene. Mira tú como son las cosas: lo que debo a Pilar, sin que ella probablemente se haya dado cuenta, es espiritualmente mucho más importante que todo lo que ella me debe a mí”. Sea como fuere, lo cierto es que José Saramago disfruta a sus 81 años de una salud y una fortaleza física que sorprenden. “Mi salud es un misterio para mí mismo. Seguramente la genética tenga mucho que ver. Y en cuanto a la mente, si le das trabajo ella te compensa con creces”. Dice Pilar que su marido es para ella un modelo que no le importaría estar reproduciendo, y él: “algunos aspectos de mi personalidad, pero no todos, no todos… No querría pasarle a Pilar cosas mías que no me gustan”.
Mucho más conocida es la curiosa biografía de José Saramago. Nacido José de Sousa en el seno de una familia humilde del Alentejo portugués (Saramago es el mote de la familia), pasó por los más variopintos oficios (de cerrajero mecánico a administrativo de un hospital) con una meta siempre por delante: aprender de los libros. Su vocación se la dieron las bibliotecas públicas y así, hasta llegar a dirigir un periódico y convertirse en novelista mundialmente aclamado, Premio Nobel de Literatura en el 98. De él se dice siempre que es una persona muy seria, triste, pesimista, saudosa. Pero tal vez sea su esposa quien mejor pueda desmitificar su personalidad: “José no es unas castañuelas en el sentido sevillano del término. Es una persona seria, algo melancólica, un poco solitaria, pero es un compañero espléndido: quien le conoce sabe de su amabilidad, de su sencillez y su cortesía”. Son muchos los que pueden dar buena fe de ello, sí, y pocos, puede que demasiado pocos, los que lleguen a entender su oscura ironía. “No cuenta chistes, pero disfruta de la vida como pocos. Y hace disfrutar”. Con frecuencia se ha manifestado públicamente entristecido por las enfermedades del mundo, ¿es que nunca abandona esa tristeza?, ¿es vital esa tristeza? “No es la vida lo que entristece a José”, cuenta Pilar, “lo que le indigna es que se time a tanta gente, que tantas personas tengan que vivir y morir en la indigencia. Es una persona cabreada con los poderosos y con los mangantes. ¿Es que a caso una persona lúcida y honesta puede ser de otra manera? Yo creo que sólo las personas superficiales o rematadamente malas pueden estar felices en sus corralitos de oro y mierda”. Él mismo dice de sí que es narcisista, porque así lo es la escritura, en especial la escritura diarística que practica en sus entregas de los Cuadernos de Lanzarote, y Pilar: “no, no es narcisista: es introspectivo. Tiene su mundo propio y desde ahí se comunica con los demás, incluso conmigo”. Añade el escritor que será la vanidad el pecado que ha de llevarle al infierno (en el que, por otra parte, no cree); y ella: “no, tampoco es vanidoso. O sí, como el campesino que ve crecer el trigo que ha sembrado y se llena de orgullo. José sabe que tiene unos libros que merecen la pena, que tiene lectores y gente que le quiere, y de esto se muestra orgulloso. Sólo los necios llaman a esto vanidad. Sobre el infierno, claro, ironizaba”.
Pilar y José viven en una casa blanca y negra como la tierra de Lanzarote, al sur de la isla, municipio de Tías. Aquí llegaron hace ocho años, cuando lo del Evangelio, y aquí se quedan. Una casa que construyeron a su gusto y un jardín que plantaron ayudados del jardinero francés, un nostálgico del 68: “hace crecer los árboles con auténtico mimo”, observa Pilar. Tres olivos, dos algarrobos, higueras, un palo del Hierro, palmeras, unos cuantos cactus, muchas rosas y dos membrillos, “bueno, uno de ellos es un peral, pero sólo lo descubrimos cuando se decidió a dar fruto”, dice ella. Pera o membrillo, la intención era la misma: homenaje al sol. Ah, y están también los naranjos de la mermelada. Y José y Pilar, dos seres reales de la izquierda sentimental y profunda: austeros, honestos, humildes, éticos. Y hasta los perros, Pepe y Camoens, vagabundos recogidos, que llevan en sus ojillos de raza perdida, especie de Fox Terriers, el agradecimiento para siempre, y que comparten caricias con Rita, la Yorkshire, algo más engreída. Y la casa, blanca y negra, más allá de su tierra de lava, su verde y su arquitectura, es para ellos pura esencia, y de ahí no hay quien los saque: como a Baltasar y Blimunda, sus personajes del Memorial del convento: “Mirarse era la casa de ambos”. Así se miran también ellos, en Tías, para siempre. “En Tías tenemos el médico, la librería, el pescadero, la veterinaria, el supermercado y hasta la óptica. También hay un tanatorio y un cementerio. Que ¿si queremos quedarnos para siempre aquí? No sé de mejor sitio para estar después de haber acabado”, dice Pilar; “eso sí, juntos”. Y él asiente, “juntos”.

 


2 Comments


  1.  

    Estuve hace poco en Lisboa y estuve comiendo debajo de la casa de los picos, la estaban arreglando, me comí con mi chica un bacalao en las terrazas de los bares lindantes que todavía me sabe a gloria. Adobado con un vino verde…





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