Una historia cargada de cronopios y de famas

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Posted August 27, 2014 by Miss K. in Géneros
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¿Cronopio o fama? He ahí la cuestión
Un recuerdo en los 100 años del nacimiento de Julio Cortázar
A un antiguo enamorado, de mis épocas de estudiante, le debo – además de algunos lindos momentos que suele dejar el amor – el haberme arrojado a los brazos de Cortázar. Una tarde de otoño – aún recuerdo las hojas amarillas de los árboles cayendo sobre la calle – apareció de pronto desde detrás de un árbol, sonrió y extendió un paquete envuelto en papel color lila. Cuando lo abrí, leí “Bestiario” y una ráfaga, mezcla de sorpresa y entusiasmo, me corrió por la espalda. En los días siguientes, mi enamorado me reprochó que ante tan hermoso regalo le hubiese correspondido, de mi parte, la distancia y la indiferencia.
julioCortázar ParisLe asistía la razón. Sucedió que desde ese momento me encerré varias tardes seguidas a leer sin parar. No pude evitar la abstracción. Subí a una vieja buhardilla de mi casa – la trinchera que usaba para leer a solas y lejos de ruidos y personas – munida de varias barras de chocolate y devoré aquel fantástico (en todos los sentidos) libro de Cortázar.
Todavía recuerdo el impacto que me dejó – como a cientos, miles de lectores – “Casa tomada”. De hecho, durante muchos años, cada vez que alguien hacía referencia al genial escritor, me salía, como una reacción espontánea de la memoria, recitar el primer párrafo: “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia…”.
Más adelante, con mis amigas de entonces, sería común decirnos “tú, fama, escucha…” o “amiga cronopio, no comparto lo que dices…”. Hasta ese punto nos cautivó Julio.
En estos días, que tanto se lo vuelve a nombrar, volví a mis atiborrados estantes y recuperé aquel hermoso libro que ha sobrevivido a mis viajes y condición de trotamundos. Lo vuelvo a leer junto a la ventana y, como siempre, me acompaña un té con cáscaras de naranja. Mis manos, que ya no son las mismas y lucen algo más añejas, lo recorren con la misma pasión del primer día. Y resulta una experiencia única leer (o releer) algo que alguna vez nos conmovió. Les sugiero lo hagan. Cortázar conmueve, siempre.


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