“Los desorientados” o el regreso literario de Amin Maalouf

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Posted October 23, 2012 by Miss K. in Avances
León el Africano

Los desorientados, Amin Maalouf

Dicen que es la novela más íntima y emotiva de Amin Maalouf, la más personal y sentida de todas las que haya escrito, Los desorientados, Alianza ed. El escritor libanés relata un regreso literario a su país natal, exponiendo al tiempo una reflexión universal sobre el amor, la amistad, la memoria, el exilio, la identidad y la necesidad de entenderse: el puente entre Oriente y Occidente que siempre ha alumbrado su literatura y su forma de ser. Regresa su personaje, o el propio Maalouf, después del naufragio, a recoger el desahucio, los restos de una civilización que esperaba de él un renacimiento final: “Dicho esto, no me arrepiento de haber emprendido este viaje. Cierto es que vuelvo a descubrir todas las noches por qué me alejé de la patria donde nací; pero también vuelvo a descubrir todas las mañanas por qué nunca me desapegué de ella”.

Amin Maalouf, popularmente conocido por su novela León el Africano, fue premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010. Poco antes de recoger su galardón, nos recibió en su casa de París. Era una tarde oscura y lluviosa de invierno, en los alrededores de L´etoile. Ahora, tras leer los primeros días de ese viaje literario de regreso a su tierra, al recordar la conversación con él, tengo la vívida impresión de que Maalouf, el amable Maalouf que nos ofrecía dátiles y té verde, debía de haber estado toda la mañana sobre las páginas de esta novela.

INTRODUCCIÓN A LA NOVELA

Llevo en el nombre a la humanidad naciente, pero pertenezco a una humanidad que se extingue, escribió Adam en su libreta dos días antes del drama. Nunca supe por qué me llamaron así mis padres. En mi tierra natal no era un nombre frecuente, ni nadie de mi familia se ha­bía llamado así antes que yo. Me acuerdo de que un día se lo pre­gunté a mi padre y se limitó a contestarme: «¡Es nuestro antepasa­do común!», como si yo pudiera no saberlo. Tenía diez años y me conformé con esa explicación. Quizá habría debido preguntarle mientras vivía si había tras esa elección alguna intención, algún sueño.
Me parece que sí. Desde su punto de vista, se suponía que yo pertenecía a la cohorte de los fundadores. Hoy, a los 47 años, no me queda más remedio que admitir que no cumpliré con esa mi­sión. No seré el primero de un linaje, seré el último, el último de todos los míos, el depositario de sus penas acumuladas, de sus des­ilusiones y también de sus vergüenzas. Me incumbe a mí la aborrecible tarea de identificar los rasgos de aquellos a quienes he querido y de asentir luego con la cabeza para que vuelvan a taparlos.

Me ha tocado hacerme cargo de las extinciones. Y, cuando me llegue la vez, caeré como un tronco, sin haberme doblado, y repi­tiéndole a quien quiera oírlo: «¡La razón la tengo yo y la que se equivoca es la historia!».
Ese grito orgulloso y absurdo me retumba constantemente en la cabeza. Por lo demás, podría servir de epígrafe a esta peregrina­ción inútil en la que llevo diez días.
Al volver a mi tierra inundada, pensaba salvar algunos vesti­ gios de mi pasado y del pasado de mi gente. En ese aspecto, no es­ pero ya gran cosa. Quien intenta retrasar un naufragio corre el riesgo de apresurarlo… Dicho esto, no me arrepiento de haber emprendido este viaje. Cierto es que vuelvo a descubrir todas las noches por qué me alejé de la patria donde nací; pero también vuelvo a descubrir todas las mañanas por qué nunca me desape­gué de ella. Mi gran alegría es haber encontrado entre las aguas unos cuantos islotes de delicadeza levantina y de ternura serena. Lo que me proporciona otra vez, al menos de momento, un apeti­to nuevo por la vida, razones nuevas para luchar y quizá, incluso, un estremecimiento de esperanza.
¿Y a más largo plazo? A largo plazo, todos los hijos de Adán y Eva son niños perdi­dos.

Amin Maalouf – Los desorientados


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