STIEG LARSSON, MÁRTIR DE LA LIBERTAD

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Posted April 21, 2012 by Miss K. in Blog K
larsson

Una biografía apócrifa sugiere que el escritor fue asesinado por la trama que revela en Millennium

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No hubo autopsia. Murió camino del hospital en manos de los sanitarios, a bordo de una ambulancia que ululaba. Ningún juez demandó mayores pruebas. Tampoco su mujer lo hizo. Bastó un certificado de defunción, por infarto masivo; de modo que nada impidió ni impide las especulaciones sobre su muerte.
Una biografía apócrifa publicada en Gran Bretaña sostiene que Stieg Larsson fue asesinado. Barry Forshaw se pregunta en The man who left too soon (el hombre que se fue demasiado pronto) si hemos de dar fe a la versión oficial o si acaso no es más creíble que haya muerto a manos de sus numerosos enemigos, “aquellos que tantas veces le dijeron que sus días estaban contados”.
La situación es cuando menos extraña: el escritor murió poco después de entregar los manuscritos de una trilogía que pretendió ante todo desmontar la pulcritud de la sociedad y el Estado suecos, mundialmente asumida y celebrada. ¿Y si los protagonistas reales de su ficción, el trasfondo verídico de lo que en Millennium se cuenta, estuvieran detrás de su tan repentina muerte? “Stieg no estaba enfermo”, me contaba su viuda, Eva Gabrielsson, la primera vez que nos vimos. “No padecía en enfermedad alguna, simplemente su corazón colapsó”. Sin aviso, sin amago previo.
Fue despedido una tarde de noviembre de 2004 en la intimidad de sus seres queridos: su mujer, sus muchos amigos, su padre y su hermano. Para ellos se cerraron los salones y terraza del Södra Teatern. Lisbeth Salander los observaría silente desde su ático en Fiskargatan 9, su privilegiada vista sobre la bahía y este corazón de la burguesía chic de Estocolmo que es la plaza Mosebacke. Tampoco Gabrielsson se pronuncia. Todas estas especulaciones, a su juicio, no hacen sino alimentar una leyenda, “pero Stieg fue un hombre real. Estoy trabajando en una película con una productora danesa de prestigio (Everest), con el propósito de derribar los mitos que se han creado en torno a nuestra vida y a la personalidad de Stieg, del que hablan como si hubiera fuera un llanero solitario, una especie de superman luchando solo en el mundo”. “Este señor (por Barry Forshaw) es un crítico de novela negra”, me escribió Eva la pasada noche. “Ha basado su libro en entrevistas publicadas en diferentes medios; sé por ejemplo que ha utilizado entrevistas que a mí me han hecho, pero nunca se ha puesto en contacto conmigo. Y teniendo en cuenta que los periodistas no suelen enviar sus entrevistas para verificar su exactitud, es de suponer que haya recogido un montón de falsedades”.
Un hombre real, Stieg Larsson, y poco común. Largo había esperado el periodista para dar el salto a la ficción, apegado desde los 18 años a su labor de reportero de guerra, de la guerra que se libra en la sociedad civil para recluir y marginar a los que son diferentes. Fue durante 20 años el corresponsal en Escandinavia de la revista británica Searchlight, un centro de operaciones intelectuales de denuncia y lucha contra el nacionalismo bárbaro y extremo Y había montado su sucursal sueca, la revista Expo, de la que Millennium es trasunto literario, que fue una escuela no sólo de periodismo activista contra la ultra derecha, sino un factor agitador de los derechos de los excluidos. Su rigurosa capacidad de investigación y estudio, sumada a su honestidad infalible, le granjearon un prestigio internacional: fue asesor de la Scotland Yard e impartió su conocimiento sobre grupos y tácticas de la extrema derecha en varios países centroeuropeos. Es decir, Larsson no era un desconocido cuando entregó aquellos manuscritos, cuando cayó abatido aquella tarde del 9 de noviembre sobre el suelo de la redacción de la revista. Muy al contrario, Larsson era un prestigioso periodista en permanente asedio a los grupos neonazis, bajo amenaza permanente de los mismos grupos.
Un abuelo ex prisionero de los alemanes fue su primerísima escuela por la libertad y la igualdad. A ello le siguieron las protestas contra la Guerra de Vietnam, donde conoció a su inseparable compañera, Eva. Luego vendría el servicio militar durante el que fue testigo de la guerra de Eritrea. Y ahí decidió su destino: luchar contra el fascismo y la intolerancia racial y religiosa.
Corrían en su juventud los tiempos gloriosos de la supremacía blanca, que adoptó las abruptas formas del más británico nihilismo punk Stieg Larsson militaba en la Liga Comunista de los Trabajadores, un grupo de inspiración troskista. “Eran tiempos peligrosos para los reporteros –relata Forshaw en su biografía. Y pese a la imagen de tolerancia y liberalidad de Suecia, la escena musical del white power tenía muchísimos seguidores entre la juventud. Era una tendenciosa y cáustica fusión de la música punk y una lírica cruel basada en la supremacía de la raza blanca. Suecia se colocó a la cabeza de este movimiento, superando incluso al incipiente movimiento neo nazi de Alemania. Todo ello culminó en 1995 con siete asesinatos relacionados con la extrema derecha sueca”. Y en este contexto sitúa el autor del libro la pujante figura de Stieg Larsson, maestro del periodismo de investigación, “que recibió una sucesión de amenazas de muerte, que situaron a Expo en el punto de mira de las campañas de odio de los neo nazis y obligaron a Larsson y Gabrielsson a tomar medidas preventivas de seguridad para el resto de su vida”.
Una tarde anochecida del pasado mes de agosto, paseando por el sendero de arena que rodea la isla de Södermalm, escenario principal de Millennium, Eva Gabrielsson me detallaba la idoneidad del ático que la pareja ocupó en vida y que ella aún habita. Está en la pequeña isla de Reimersholmer, ella misma lo eligió por razones de seguridad cuando decidieron venirse al centro de Estocolmo. Un apartamento con al menos 10 entradas alternativas y dos ventanales vigías sobre el único puente de acceso a la islita. “Hablé con el director de Searchlight y me dijo que le preocupaba que Stieg no se tomara la seguridad en serio. Debes hacerlo tú, me dijo. Así que busqué esta casa”. Puentes y persecuciones, una escena que los personajes de Millennium atraviesan de continuo a lo largo de las casi 3.000 páginas que tantos de nosotros hemos leído (sólo en España, tres millones y medio de lectores).
Parece el guión de uno de sus crímenes imperfectos el que sugiere la biografía del británico. Mientras, y hasta ahora, todos los indicios sobre su tan temprana e (in)oportuna muerte, habían apuntado a una sobrecarga de trabajo (para Larsson, el día no tenía 24 horas sino todas las que él resistiera) y malos hábitos diarios: 2/3 cajetillas de cigarrillos, litros de café, comida basura y cero ejercicio físico. “Stieg era un fumador de toda la vida, bebía muchísimo café y no practicaba ejercicio físico; y cuando yo no estaba para cocinarle, comía de cualquier modo, comida basura y en ese plan”, me contaba Eva. Circunstancias a las que habría que añadir una predisposición genética: la madre de Stieg murió igualmente fulminada, igualmente en su temprana cincuentena, e igualmente murió también su queridísimo abuelo materno, quien le crió mientras vivió, en el frío y lejano Norte, el abuelo Severin.
¿Estaba enfermo Stieg? No. Ni un aviso, ni un amago: directamente un infarto masivo que le arrojó al suelo de la redacción, donde entraba apresurado, como siempre, como siempre con una historia de abusos e injusticia abrasándole las manos, después de ascender siete pisos a la carrera, porque ese día no funcionaba el ascensor. Escaleras al cielo de la gloria póstuma.
-Eva, ¿quién quería matar a Stieg?
Los grupos fascistas. Estaba amenazado de muerte desde los 80, cuando empezó a trabajar como corresponsal de Searchlight: se hizo muy famoso por la calidad de sus artículos y sus investigaciones, y por tanto muy peligroso para los neo nazis. Ésta es una de las razones por las que nunca nos casamos ni hicimos testamento, para proteger su identidad con la mía: Stieg no tenía nada domiciliado.
Pero Eva insiste en que Stieg fue un hombre normal que murió normal aunque repentinamente. Y que el resto es leyenda.


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